Días después la situación entre Aarón y yo fue cayendo en picado, discutía con él por todo mientras él insistía en que no me ocultaba nada y eso es lo que más me hacía de rabiar. —Danna tienes visita—dice Matilde. Al bajar a la sala lo primero que perciben mis ojos son a una señora bastante distinguida, con un hermoso rostro, con la piel blanca como la nieve misma, me acerco más a su anatomía para contemplar a la mujer que había llegado a mi casa y que no solo la había reconocido, sino que también estaba a punto de sollozar como niña pequeña y dejarme caer en su regazo. —¿Qué haces aquí? —apenas podía hablar. —Hija mía, mi Danna—añade la mujer que tengo delante. —¿No crees que es tarde para llamarme de ese modo?. —Danna necesitaba salir de las garras de tu padre, pero para eso tuve q

