NARRA DEIAN ROSENZWEIG Desplomado en el suelo, sintiéndome muy herido y con el rostro hundido en el hueco de su cuello, lloro amargamente, pero no me tomo mucho tiempo en ello, porque hay demasiadas preguntas e incógnitas, y yo necesito respuestas ya. «¿Qué diablos fue lo que pasó aquí?» Suelto su cuerpo, aspiro profundamente y exhalo el aire lentamente, mientras enfrío mi mente para poder pensar con claridad. Una cabeza fría piensa mucho mejor. Observo detenidamente toda la escena y lo primero que llama mi atención es el arma en su mano. Mi ceño se frunce y corto de tajo la suposición que he hecho. «Zsófia jamás acabaría con su vida. ¿O sí?». —¡No! ¡Por supuesto que no! —rujo y golpeo con mi puño el borde de la tina, enojado conmigo mismo, solo por pensarlo—. ¿Por qué haría eso? ¡No

