NARRA LUCIAN ROSENZWEIG Parpadeo y la observo, incrédulo, porque simplemente no puedo creer lo que acabo de escuchar. Sus palabras me han pillado desprevenido. Pensaba que le era indiferente, que, de hecho, le había molestado aquel beso que le había robado en el castillo de Biertan, porque no lo había vuelto a mencionar. Pero, con lo que me está pidiendo, me doy cuenta de que parece que no es así. Sin embargo, necesito que lo repita. Necesito que me confirme que lo desea tanto como yo lo estoy deseando desde hace mucho tiempo. —¿Qué es lo que has dicho? —Qué quiero que me beses —manifiesta—. ¡Ahora mismo! La exigencia explícita en su tono provoca que el deseo comience a retorcerme las entrañas. Deseo por esa mujer, por todo lo que es para mí y el papel que juega en mi vida. Doy un pa

