El precio del oro .
Narrador omnisciente
El sudor frío se adhería a su frente, pero por dentro sentía que la sangre le hervía. La fiebre la consumía, un fuego silencioso que amenazaba con reducirla a cenizas en la penumbra de su inmensa y helada habitación. Sin embargo, en el palacio del Emperador, la enfermedad era un lujo que las "muñecas" no tenían permitido disfrutar.
La pesada puerta de caoba se abrió de golpe, golpeando la pared sin previo aviso. Era él. El heredero del imperio. Su supuesto "hermano".
—Levántate, Aurelia —ordenó, con esa voz arrogante y cargada de veneno que a ella le revolvía el estómago—. Los invitados ya están en el gran salón y mi padre exige lucir a su trofeo ante los nobles.
Ella intentó retroceder, aferrándose a las sábanas de seda como si fueran un escudo.
—No puedo... —su voz fue apenas un susurro roto—. Me quema el cuerpo. Por favor, hoy no.
Pero la piedad no existía en aquel lugar podrido de poder. Él cruzó la habitación con pasos de depredador, hundió sus dedos en el espeso cabello n***o azabache de la chica y tiró de ella sin la más mínima contemplación. El dolor le atravesó el cuero cabelludo, obligándola a ahogar un grito ahogado mientras caía de rodillas sobre el mármol frío.
—A nadie le importa si puedes o no —le siseó al oído, apretando el agarre mientras su otra mano se posaba con fuerza bruta sobre las costillas de la chica, justo donde ya florecían oscuros moretones de la noche anterior—. Te vas a poner el vestido blanco. Te vas a maquillar para tapar esa palidez de muerta. Y vas a salir ahí a sonreír. ¿Entendido?.
Horas después, el reflejo en el espejo de cuerpo entero le devolvía la imagen de una deidad intocable, la perfecta fachada para su condena. El vestido blanco, adornado con hilos de oro y perlas, ceñía su cintura y caía en cascadas de tela carísima, ocultando a la perfección las marcas de la violencia. Su piel, blanca como la nieve, contrastaba drásticamente con el abismo oscuro de su cabello lacio que caía, largo y perfectamente peinado, más allá de su cintura.
Era hermosa. Una belleza abrumadora que quitaba el aliento. Pero al fijar la vista en su propio rostro, la ilusión de la princesa perfecta se resquebrajaba.
Sus ojos, de un dorado intenso y precioso, no podían mentir. Estaban enmarcados por pestañas largas y gruesas, pero el cristal de su mirada reflejaba un dolor tan asfixiante que dolía de solo observarlo. Eran los ojos de un ser divino atrapado en el infierno. Respiró hondo, reprimiendo el escozor de las lágrimas que amenazaban con arruinar su maquillaje, y forzó a sus labios a curvarse en la mentira más grande de todas: su cálida sonrisa imperial.
La música del salón principal vibraba en las paredes cuando las puertas dobles se abrieron ante ella. El murmullo de los nobles, muchos de ellos con el alma vendida a diablos invisibles, se apagó al instante. Todos los rostros, cubiertos de codicia, se giraron para devorarla visualmente. Nadie notaba sus manos temblorosas. Nadie veía la fiebre que le nublaba la vista ni el terror que le paralizaba el pecho.
Para ellos, ella era solo un deleite visual. No sabían que esa noche, la crueldad de ese palacio la empujaría tan cerca del abismo que su única salvación sería correr hacia las profundidades de un bosque prohibido... directo a los brazos del ser más letal de la creación.
Aurelia :
«Camino y el mundo parece balancearse bajo mis pies. La fiebre me grita que me desplome, pero el miedo a las manos de mi "hermano" es más fuerte que mi propio cuerpo.
Siento sus miradas. Esas miradas nobles que se sienten como insectos caminando por mi piel blanca. Me miran como si fuera una estatua de mármol, algo hermoso que puedes comprar, usar y luego desechar. No ven la sangre que golpea mis sienes, ni el ardor en mis costillas cada vez que intento tomar aire para mantener esa sonrisa fingida.
—*Mírenla* —susurra una marquesa a mi paso—, parece una deidad bajada del cielo con esos ojos de oro.
Si tan solo supieran que esta "deidad" está deseando que el techo de este palacio se hunda sobre todos nosotros. Me obligan a vestir de blanco, el color de la pureza, en este nido de víboras que me ha manchado de todas las formas posibles. Cada risa, cada brindis con vino caro, es un recordatorio de que mi vida no me pertenece. Soy una ofrenda en un altar de egoísmo. Y mientras el Emperador presume mi belleza, yo solo puedo pensar en cuánto tiempo más podré soportar el peso de esta corona de espinas antes de que mi alma termine de romperse».
—Es un placer veros aquí reunidos hoy bajo mi mando en este humilde banquete debido a la celebración al próximo noveno décimo cumpleaños de mi querida y admirable princesa Aurelia.
Las palabras del Emperador me obligan a forzar una sonrisa , haciendo ignorancia de la impotencia que llevo por dentro de esta cáscara frágil construida de mentiras . Mis pensamientos quedan a medias mientras las palabras pronunciadas por el Emperador me calan hasta los huesos haciéndome entrar en un pánico que grita por desgarrarme el cuerpo atrapado detras de mi fachada tranquila .
—Por lo que decido hoy anunciarles su compromiso con el honorable Marqués Kyle de Grace' , un paso al frente los prometidos por favor.— Me dirige una mirada fija , sonriente que puede que para otros sea algo paternal , pero que yo más que nadie se perfectamente que es un susurro silencioso prometedor de miles de amenazas que a la vez me demuestra lo hambriento de oro que se encuentra el Emperador al obligarme a casarme con este deplorable demonio vestido de sedas caras .
La curva de mi sonrisa fingida decae del todo con el golpe de realidad , pero a pesar de ello saco fuerzas de donde ya claramente no me quedan para recomponerme y volver a colocarme la máscara de la deidad perfecta del imperio . Mis pies , temblorosos y maltratados comienzan a moverse hacia el altar de mi muerte mientras siento que el suelo tiembla y el tiempo se detiene para mi a la vez que los ojos lujuriosos del Marqués me examinan sin pudor desde mi último cabello hasta la punta de mi frágil y cansado pié.
Me posiciono a un lado de mi supuesto futuro esposo y sin darme cuenta , lágrimas de ayuda acarician la comisura de mis labios en una protesta callada por arrancarme mi libertad, y es hipócrita de mi parte tan siquiera pensar en que en algún momento la tuve cuando la verdad es que nunca he conocido el significado de tal palabra .
—Levanta esa barbilla y muestra lo contenta que está la princesa por su matrimonio Aurelia , o es que quieres dejar en ridículo a la familia imperial.— Son las palabras que salen de la sucia boca de mi prometido .
— Gozo de plena felicidad al saber que mi petición fue aceptada mi Emperador, no sabe cuanto le agradezco por concederme tal placer.— Vuelve a decir .
—Soy consciente de ello Kyle , solo espero que tengas presente que para el imperio Aurelia es muy importante, por lo que deberás complacerla y cuidarla como siempre lo hemos hecho hasta ahora.
—Para mi es todo un honor su majestad.
—Espero no ser defraudado por usted , tan solo mire como mi hija derrama lágrimas de felicidad , no me gustaría que las convirtiera en lo contrario .
Después de dos largas horas donde mi voz y voto eran mas que innecesarias frente al emperador que no se cansaba de alegar descarada e hipócritamente lo mucho que debía cuidarme el Marqués, la fiebre y el cansancio comenzó a pasarme factura y antes de caer desplomada al suelo salí a paso apresurado hacia mi "acogedora habitación" desfalleciendo en la amplia y fría cama sin haberme desecho del ostentoso atuendo qué adornaba mi piel amoratada .
Por un momento sentí que podría disfrutar de la tranquilidad que me brindaban las sábanas pero supe que no era mas que una ilusión cuando las amplias puertas decoradas en oro se abrieron dando paso a mi mayor pesadilla de cada puesta de sol , mi "hermano".
Escucho el eco de sus botas sobre el mármol y el sonido me produce náuseas. No necesita hablar para que yo sepa que viene a cobrar la humillación de mis lágrimas en el salón. Se acerca a la cama con esa parsimonia aterradora, disfrutando del miedo que emana de mis poros.
—¿Creíste que podías llorar frente a todos y salir ilesa, hermanita? —Su voz es un látigo—. El Marqués pagó una fortuna por ti. No eres más que una moneda de cambio, y las monedas no lloran.
Siento su mano cerrarse sobre mi brazo, justo encima de un hematoma viejo, y algo dentro de mí finalmente se rompe. No es tristeza, no es fiebre. Es el instinto de una presa que prefiere saltar al vacío antes que ser devorada. Con una fuerza que no sabía que poseía, le propino un empujón que lo toma por sorpresa y corro.
Corro por los pasillos que conozco como una celda, esquivando guardias, con el vestido blanco rasgándose en cada esquina. Salgo al aire gélido de la noche, hacia el único lugar donde nadie se atrevería a seguirme: el Bosque de las Runas de Sangre.