Mi tío David trata de consolarme, pero no lo logra. Me siento demasiado miserable. Quiero a mi hijo, aquí y ahora. Las lágrimas de desesperación se hacen presentes. Nadie dice nada, y lo agradezco. Porque al salir del despacho, Annie debe verme tranquilo. Suficiente tiene con su dolor y su culpa. Después de unos minutos, limpio mis lágrimas y me pongo de pie. Como si todos estuviéramos de acuerdo, salimos juntos del despacho. No podemos dejar a las mujeres solas. Mi tía Sam y Annie siguen acurrucadas en el sofá. Mi nena ya no debe tener lágrimas. En cuanto me ve, corre hacia mí. —¿Hay alguna novedad? —me pregunta y asiento levemente. —Si, se comunicaron con Albert y con mamá. Quieren dinero. No sabemos cuánto, pero debe ser mucho. –contrario a lo que imaginé, solo me

