La vaina se ponía cada vez más fea, me sentía encarcelada en La Sabanera, aunque se encuentre toda la familia, desde que me dio el yeyo mi abuelo se fue de cotorro con mi mamá y ella de una puyó el burro pa’ acá. Han pasado ocho días desde mi llegada aquí. Betty lo hacía hoy, también vendrá una enfermera para que la ayude con todo.
—¡Manita!
Sonreí al escuchar a José Luis llamarme, nos estamos llenando de pelaos. En una semana cumpliré los cinco meses, tenía la ecografía para ver a mi bebita, aún no se ha movido, ¡era una floja! Estaba en la hamaca, me siento… ¡Ay, no sé! La aburrición en pasta me queda chiquita.
» Manita, ¿quieres fugar?
Le sonríe a la carita preciosa que se asomó, por un lado, de la hamaca.
—¿Qué quieres jugar?
—Maloloto.
—Mmmm —¿qué carajo era eso?, piensa Catalina.
—Shi, maloloto ¿shi?
Le pelé los dientes, aun sin saber que quería jugar mi hermanito, y era mejor tratar de seguirle el cuento hasta ver que me quería decir.
—Bien, llévame.
De la mano de José Luis caminamos hasta su habitación y me señaló su caja de juguetes que estaba en la parte de arriba.
—Ahí, mila maloloto.
Bajé la caja y era su arma todo, uno de miles de fichas que el exagerado de su padre le compró. Me eché a reír.
—Arma todo.
—¿Shi fugamos?
Arrastré la caja, la llevamos al kiosco que era más fresco, el calor era apabullante y estaba que me alboleo en el piso para estar más fresca.
—¡José Luis! —Lo llamó mamá.
—¡Sheñola, mamá aquí toy!
—¿Aquí donde?
—¡Con manita fuegando maloloto!
Solté la carcajada, en definitiva, me estaba amargando porque me daba la gana. Yo decidí no verlo, pues me aguanto, así que en las noches lo lloro, lo extraño, hasta me hace falta su mano en mi trasero, gesto que parece que le daba somnífero porque quedaba foqueado enseguida. Aun así, no debía amargarme, no tenía que alejarme de mi núcleo de felicidad.
—Hija ¿estás bien?
Mi mamá venía arrastrando una mecedora con una mano y en la otra cargaba a Viviana, le traía el vaso de alimentos a José Luis. También buscando algo de fresco en el kiosco, le dio un vaso al niño con su chocolisto frío.
» Este calor va a sancocharnos. Menos mal los palos que tenemos al lado de este lugar dan frescura.
—La verdad es que sí. Sale uno al sol y se chamusca, queda uno achicharrado de modo instantáneo. Y sí, me encuentro bien, ahora lo estoy, me sentía aburrida, pero este caballerito mandó lejos el aburrimiento. —Viviana sudaba.
—Los calores es solo consecuencias de nosotros mismo, estamos matando a la Tierra. ¡Qué Barbaridad! Rafa ya viene con Betty, y Maggie le arregló la habitación, debe mantenerse en silla de ruedas por algunos meses, Cadie, Ricky y Mary se quedarán aquí. Hija… —La señalé.
—Estás advertida.
—¡No mija! No seré yo quien te diga lo que se encuentra haciendo Dylan. Por cierto, sale en todos los canales, tú verás a ver, después no me vas a venir como perro arrepentido con el hocico entre el rabo a pedir cacao.
—¡Erdaaaa, te salió con verso la retahíla! —Le dije irónica.
—Todos van a venir hoy en la noche, incluyéndolo a él que llega de viaje. —¿estuvo de viaje? — El motivo es el reintegro de Betty a la familia.
—¿Por eso es todo el revuelo de la cocina?
—Sí, así que tú decides, si estás con nosotros o te encierras como el armadillo.
—Mientras no se acerque que haga lo que se le da la gana, espero no traiga a su prometida.
—Catalina, Catalina.
Me había puesto un vestido blanco con flores chiquiticas rojas, una balaca roja, con mi cabello suelto, los labios pintados de rojo, apliqué el perfume nuevo, regalo de Megan. Me miré en el espejo, mi barriguita se veía hermosa. Cada uno fue llegando y saludando, yo había invitado a Richard, cuando llegó, mi madre me miró con ganas de darme una palera, pero me resbaló.
…***…
¡Por fin iba a verla! Estaba reventado con los compromisos, además de las muchas entrevistas, en todas hablé de mi matrimonio con Catalina. El mundo de la industria se encontraba interesado en la boda «del gran Dylan Miller». No alcanzo a ir a La Arbolada, del aeropuerto me voy directo a La Sabanera, Lucas me vino a buscar con Cecilia.
—Hola, viejo. Te ves terrible. —sonreí de mala gana.
—Gracias, qué gran recibimiento. —Cecilia sonrió y me abrazó—. ¿Cómo te fue? Nosotros estamos agotados también con la adecuación de Las Reinas, va a quedar hermosa la boda.
—Bien, agotado, espero que tantas entrevistas hablando de Catalina haya servido para algo. —Cecilia negó.
—Sigue negada Dylan, es una cosa impresionante, no quiere saber nada. Jamás la había visto en ese plan de candado cerrado, ¡óyeme!, ha sido muy pesada. Con decirte que ha permanecido encerrada en la finca sin salir y se muere de la curiosidad. Por qué todos estos días me ha llamado y yo no más que la dejo. Se le nota que quiere hablar, pero se contiene, se le debe estar reventando las tripas para no preguntar. El orgullo anda haciendo estragos. Todos hacemos lo mismo.
—A ella la curiosidad la mata, ya faltan cuatro días.
—Ahora no es solo Megan quien se come las uñas. Todas estamos igual.
—Todo saldrá bien.
Había pensado mucho, por eso decidí entregarle la carta, espero hacerlo esta noche.
—Mis padres llegan mañana al igual que el amigo de Rafael.
—¿El doctor que mi mamá le echó el café encima?
Preguntó Cecilia a Lucas, ya íbamos en camino a Ciénaga de Oro.
—Sí.
—Lo cierto es que todo va muy bien. La recepción quedará preciosa.
Llegamos a La Sabanera, todos estaban… hasta el imbécil del tal Richard, ¿ese qué mierda hacia aquí? De entrada, voy mal. Todos me miraron menos ella quien solo tenía ojos para mirarlo a él.
Era evidente lo tensionada que se encontraba, Catalina quería llevarme al límite, no le daré el gusto, todo estará perfecto si ese tipito no se acerca a mi mujer, para colmo estaba ¡preciosa!, el rojo le sienta. Los saludé a todos menos, a ella y al susodicho chicle.
—Catalina lo invitó. —Me dijo apenada la señora Samanta, saludé a mi abuela.
—Solo es un amigo y han pasado hablando, deja esa cara, en cuatro días será tu esposa.
—Gracias, por el ánimo abuela.
—Venía con la intención de entregarle la carta, entonces que siga pensando que me caso con otra. —La señora Samanta me miró.
—Ven vamos a comer.
Todo transcurría muy bien, José Luis siempre me buscaba para jugar, Betty en la silla de ruedas cargaba a Arturo que también lo dieron de alta, ya estaba más grande y obteniendo peso, Cadie era su enfermera estrella. Mi cuñado se durmió en mis brazos.
—Me llevo a este muchachote.
Comentó Rafa. No pusieron música por respeto a Cecilia, solo era una cena. Se estaban despidiendo el sapo metido. Le di la mano y la susodicha tan condescendiente se fue a acompañarlo hasta su carro, me levanté de la mecedora donde pasé sentado después de la cena, mirando a Catalina, alimentando los celos de que otro se le acerque.
Me la vas a pagar Catalina cuando ya sepas todo y seamos esposos. La verdad los celos pasaban facturas, además ella no dejaba de coquetearle, el tipo va a creer que quiere que la bese, si eso pasa, mando todo a la mierda.
—Cálmate. —dijo Lucían que llegó a mi lado.
—Ese tipo la llega a tocar o la intenta besar y lo muelo a golpes.
No se dieron cuenta de que me había acercado tanto. Ella daba la espalda, Lucían temía por mi reacción, de todas maneras, la fama de no controlar la ira siempre me seguirá. Apreté las manos cuando el hijo de puta se atrevió a tocarle el cabello.
—Cálmate.
Ya no era solo Lucían quien se encontraban a mi lado, Lucas y Ricky también se acercaron. Todo fue tan rápido, él se le acercó con la intención de besarla al momento que Catalina se echa para atrás evitando el beso, y yo lo alejé de ella, lo tomé por el cuello, le estampé un puño en la cara, lo tiré al piso.
—¡Bueno!, pero ¿qué carajo te pasa?
Se levantó y me dio la pelea, el imbécil me dio un puño en la cara, los años de ira fueron volviendo, esos días en que solo don Luis logró que canalizara en el boxeo y las artes marciales mi ira. Le di otro, otro y otro. Catalina gritaba, fueron mis amigos los que me separaron, le había partido la ceja, el labio y la nariz al tal Richard.
—¡En tu vida la intentas besar! —Me llevaba el diablo.
—¡Estás loco Dylan!
Catalina se iba a acercar a él. La tomé de la mano, la llevé contra el carro sin importar nada.
—¡Qué parte de nadie puede tocarte, no has entendido!