Conociendo al Enemigo

1293 Words
El cielo empezó a pintarse de naranja, la brisa abrió camino al dulce cantar de las tantas aves que cubren el paisaje y los animales que gozaron de paz para descansar están por abrir sus ojos, ella miró todo lo que era suyo y dio gracias a su Padre por darle aquel regalo, por ser su hija consentida recibió una grata sorpresa hace ya tantos siglos que no recuerda, más, sin embargo, tiene marcadas con exactitud las palabras de aquel que le dio la vida —Anabis, posees una pureza casi inexistente en este territorio lleno de ángeles... Ellos, tus hermanos, creo que están perdiendo el sentido de la vida, se les ha olvidado que a los humanos, esos hermanos menores suyos que tanto les he pedido cuiden y protejan pues, por ser tan jóvenes no conocen el significado de la vida aun... Tan sólo por el hecho de cuidarlos creen que ya esta todo resuelto, pero no, ¿Pequeña, como sus hermanos pueden estar bien si su tierra, su mundo no se encuentra en condiciones?-preguntó con tristeza—Por eso, querida mía, he decidido que seas tú, la más pura, la que cuide de aquello que tanto han estado arruinando últimamente, la Tierra, la Madre de todos los humanos—suspiró—Al parecer, olvidan lo que hace tanto les deje dicho: de ella nacieron y a ella volverán el día de su muerte. Su cuerpo es de ella al igual que su alma es del Cielo, y no parece justo deshonrar a la madre de tal manera—sonrió divertido... ¿Quién diría que Dios tenia sentido del humor?—Tú, hija, tú vivirás en la Tierra y cuidarás de ella. —Lo que decidas para mi esta bien, padre, pero, ¿hasta cuando sera esto? —Hasta que tú y yo lo veamos conveniente. Sobrevoló el Amazonas con sus hermosas alas blancas las cuales en las puntas van tomando coloración plateada y rosa pálido, unas alas que despertaron la envidia de más de un ángel al estar en el Cielo pero que un ser como Anabis no notaba porque siempre se encontraba ocupada sonriéndole a otro hermano o ayudando a un necesitado. Llegó a una siembra de naranjas donde, apareciendo una cesta, empezó a recoger una por una, recordaba haber visto a una de las pocas humanas vivientes de la zona queriendo alcanzar algunas pero su edad y estatura no se lo permitían, se la acercaría a su humilde casa en cuanto pudiera. Los pocos humanos de la zona no le temían pues la veían como lo que era: la protectora, guardiana y perfecta Anabis. Tomaban de las infusiones que está les preparaba al estar enfermos y dejaba a los más pequeños peinar su larga melena azabache. Así pasó el día: recogiendo naranjas, reparando un peldaño de un puente que encontró porque quien lo cruzara en ese estado podía caer al río cercano, además curó a una adolescente que se encontraba bañándose en una laguna con unos amigos y fue picada por una serpiente. Así era ella. Al caer la noche y que todos se marcharan, se acerco exhausta —Siendo un ángel también se fatigaba físicamente— a la laguna de donde había rescatado a la chica herida y, quitándose su manto de color amarillo opaco, se hundió dentro del agua, purificando su alma y cuerpo, sintiendo como todo el cansancio quedaba ahí y ella podía librarse de aquello, tal vez se acercara un poco al pueblo, escondiera sus alas y bailara con los demás un rato alrededor de la fogata como antes había hecho, tal vez... Un ruido la distrajo, ciertamente era un ángel y no corría ningún peligro mortal pero de más no estaba prevenirse. Hundiéndose en el agua y escondiendo sus hermosas alas quedó en silencio por unos minutos hasta escuchar un quejido detrás de un árbol de mangos —Maldición—Se quejó quién quiera que estuviese ahí, la voz era gruesa por lo que notó que era un hombre y al sentir que estaba herido no pensó ni por un segundo en que estaba desnuda y flotó a su encuentro rápidamente. —Necesitas ayud..— Su pregunta se cortó al ver ante ella un ángel -por las alas que tenía lo asoció enseguida como un hermano- enfundado en jeans oscuros y una camisa de vestir negra, notó también que sus alas eran del mismo color pesado pero que tenían cierto brillo que la hacía pensar en las suyas, recordó su estado físico y sacudió sus alas para que estas taparan su cuerpo desnudo. Muy tarde. Aquel "ángel" había visto todo de ella y si no fuera por la herida que cruzaba su pecho, la hubiese poseído ahí mismo, no fue hasta que sacudió delante suyo esas hermosas alas que se dio cuenta-como no antes con tanta belleza- que era una de ellas... una hija de aquel. Una mirada molesta se instaló en su semblante y pudo notar que la sexy angelita se incómodo un poco con la situación, además del rubor en sus mejillas, el paso que dio hacía atrás la delató. —¿Qué quieres?—Contestó cortante a la pregunta que ella había dejado inconclusa, sobresaltando a Anabis con aquel tono déspota que desprendía ese hermano. —Hermano, déjame ayudarte, estas herido—En serio pensaba que era uno de esos malditos hipócritas bastardos de allá arriba? Maldición, ¿Qué clase de entrenamiento les daban ahora a esos idiotas? Él rió ponzoñozamente —Cariño créeme, no soy uno de esos hermanos tuyos. De hecho, si uno de ellos estuviera aqui para cuidarte te escondería muy lejos de mí. Anabis podía ser dulce, pura y perfecta. Pero su Padre también le había dado un don para poder con toda la mierda que se le vendría encima y ese don es... Carácter. —Pues bien, desterrado, o te dejas ayudar por mí o abandonas mis tierras inmediatamente y vuelves a tu subsuelo abominable, habla ahora porque no tengo toda la noche. –Fue su respuesta al igual de déspota que la de aquel fulano, además que, por el mismo enojo y orgullo herido, flotó para quedar más arriba que aquel demonio y abrió sus enormes alas para que le quedara claro su lugar en la pirámide, sin importarle un comino que la viera desnuda, al ser un demonio conocía todo tipo de lujuria y perversión y no creía que el ver el cuerpo desnudo de una ángel de su jerarquía haría más daño a su moral. Pero se equivoco. Anael, en sus muchos años sobre la Tierra y en los otros miles de años sobrevolando el Cielo como el predilecto del Señor, nunca había visto tal figura como la de aquella ángel con cara de muñeca y lengua filosa. Le encantó. "Serás mía" fue su único pensamiento al ver el ceño fruncido de la sexy angelita. Sonrió radiante como si la herida en su pecho con veneno angelical no doliera. "¿Así que me viste venir y mandaste a los tuyos no? Tarde, querido Padre... Tu niña sera mía" Se comunicó directamente con aquel ser superior y sintió una corriente por sus terminaciones nerviosas que le daban a entender que Él había recibido su mensaje. Sabía que para que lo quisiera a su lado debía ceder, y ceder sólo ante ella era lo que le pedía su instinto, tanto el angelical como el demoníaco. Aunque era muy pronto para saberlo. —Bien, sexy angelita, quita esa cara y baja ya, debes ayudarme aquí y tenemos mucho de que hablar. Anabis se sorprendió por el cambio de humor de aquel patán y, aunque no quiso obedecerlo, bajó hasta cruzarse de brazos sin desaparecer las líneas fruncidas en su ceño. "Esto será difícil" pensó Anael.
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