POV: Chloe.
Me miraba al espejo y la verdad es que yo era el mayor desastre que había visto en mi vida, mi cabello parecía no tomar una decisión, no era rizado ni era liso, solo tenía unas pequeñas ondas en las puntas, mi piel trigueña me resulta un desacierto, mis labios gruesos me causaban inseguridad, sentía que me hacían ver vulgar, mis ojos oscuros no tenían nada de especial y ese brillo en ellos me hacía ver como si todo el tiempo quisiera llorar... quizás era así. Mi teléfono sonó de manera repentina haciendo que me sobresaltara un poco.
—Buenas — dije atendiendo.
—Dios te bendiga, mi amor. ¿ya estás en la fiesta? — preguntaba mamá con emoción.
—Aún me estoy arreglando, nada me queda bien — respondí tratando de no sonar tan pesimista como me sentía.
—Seguro te ves hermosa, apresúrate que se hace tarde. Te amo mucho.
—Yo te amo mucho más, mamá.
Colgué la llamada y me dispuse a alistarme, mi mayor ventaja era lo delgada que era, me iba a tocar lucir ese atributo. Nada más tenía tres vestidos, tomé una de color rojo ceñido al cuerpo que contaba con una abertura en la pierna izquierda, el material era parecido a la seda, me lo había regalado mamá para que me lo pusiera en mi primera exposición, sin embargo me sentí tan insegura en ese entonces que preferí pasar de él, pero hoy, hoy era la noche que finalmente iba a lucirlo.
Me coloqué algo de maquillaje, era fanática de él pero no tenía mucho y me daba un poco de inseguridad salir de mi zona de confort, la gente ya estaba acostumbrada a verme de forma natural y sencilla, no quería que pensaran algo malo de mí si cambiaba mi apariencia. Me acomodé el cabello hacia un lado y me fuí hasta la fiesta. Mi corazón latía a gran velocidad, había pasado apenas una semana desde aquel día en que regalé aquella pintura y había recibido tres invitaciones para una fiesta donde se reunirían figuras importantes de la ciudad, actores, músicos, empresarios y yo, una pintora enclenque
—Buenas noches, señorita. ¿Podría mostrarme su invitación? — preguntó el chico de la entrada.
—¡Claro! — contesté de inmediato, era la única cosa que llevaba conmigo.
—Pase adelante, por favor. Que tenga una linda noche.
—Muchas gracias, eso espero — respondí con una sonrisa.
Al tener un pie en la habitación pude sentir como varias miradas se dirigieron hacia mí, me incomodé tanto que incluso olvidé cómo caminar y comencé a tener la sensación de que mis pasos eran torpes.
—Buenas noches — se acercó un muchacho hacia mí, obviamente lo conocía, una de las invitaciones venía de su parte.
—Buenas noches, joven Esteban — respondí tratando de ser cortés, aunque para ser sincera si hubiese sido él el único anfitrión hubiese preferido pasar.
—Me alegra que haya aceptado mi invitación — dijo con una gran sonrisa, no pude evitar reírme ante su tonta idea.
—No he aceptado su invitación, he recibido dos más aparte de la suya, créame que lo que menos deseo en este mundo es pasar más de diez minutos cerca de usted — mi respuesta fue sincera, causó la mirada confusa de él.
—No sabía que me odiaba tanto — replicó él.
—No lo odio, no se equivoque, no es lo suficientemente importante como para ser merecedor de mi odio — respondí con la naturalidad que la situación lo requería — solo lo aborrezco, me resulta soso, incluso patético.
—Permítame decirle que ese día... — comenzó a decir él, una parte de mí sentía que iba a venirse en vómito por la forma en la que hablaba.
—Buenas noches, señorita Manet — me saludó con entusiasmo una señora de edad un poco avanzada, interrumpiendo el vómito verbal de Esteban.
—Buenas noches, señora ¿la conozco? — pregunté tratando de ser lo más educada posible, no tenía intenciones de hacerla sentir mal, no obstante ella se rió con gran amplitud.
—No, me temo que no me conoce, pero yo a usted sí — respondió ella con gran entusiasmo — mi nombre es Aura Roberts, dueña y directora de la revista, claro que sí, Roberts.
No podía creerlo, la persona que tenía ante mí era nada más y nada menos que la mujer que envió la segunda invitación, yo era una gran admiradora de su trabajo. Siempre la percibí tan fuerte, tan capaz, una líder por naturaleza.
—Soy una gran fan, señora — respondí entusiasmada, olvidando por un momento que estaba tratando de ser educada.
—¿Es fan de mi revista? — preguntó ella con una sonrisa altiva.
—No, claro que no — contesté de forma inmediata — soy fan de usted, de sus palabras, de todo lo que ha logrado como persona y de las causas que representa.
—Es un gran honor para mí — contestó ella, su rostro se veía iluminado, se veía tan en paz consigo misma y con el mundo que la rodeaba, algún día deseaba ser como ella — he de reconocer que últimamente también me he convertido en una gran admiradora de su trabajo, fuí a visitar hace unos días a mi nieto tenía un cuadro peculiar colgado en su pared, lo miré durante un largo tiempo, me tenía hipnotizada. Así que le pregunté el nombre de la pintora y me ha respondido: Es Chloe Manet, esa chica no pinta fantasías, podría jurar que viene de otro mundo y plasma las cosas que ha visto en su realidad. Le rogué que me lo vendiera, pero ha sido firme en su postura y me ha repetido varias veces que no, que el cuadro no está en venta y si lo estuviese no tendría precio.
—Es todo un halago para mí señora, pero solo he logrado vender una pintura en mi vida — dije con cierta confusión.
—Y es para mí todo un honor ser el primero en poseer un Chloe Manet original — se dirigió hacia nosotros Tyler Blake, mi tercera invitación.
Mientras se acercaba hacia mí podría jurar que mi alma quería abandonar mi cuerpo, mis piernas temblaban, mi voz se rehusaba a salir.
—Imagino que ya se conocen, él es el más apuesto de mis nietos — la señora Aura había cambiado, ahora desempeñaba ese rol de abuela tierna que hace galletas los fines de semanas.
—Soy tu único nieto — contestó Tyler.
—Y agradece eso para siempre, hijo. Porque de lo contrario entonces no lo serías — no pude evitar reírme ante el comportamiento de este par, me resultaba lo más tierno del mundo.
—Es un placer volver a encontrarme con usted, Joven Blake — saludé extendiendo tímidamente mi mano.
—El placer es todo mío, señorita Manet — cuando nuestros dedos se tocaron sentí que algo en mí brillaba, su sonrisa en conjunto con la mía parecía un poema, un canto sagrado — me alegra que haya aceptado mi invitación — agregó.
—¿Tú la has invitado también? — interrogó Esteban — ¿Por qué no me has dicho nada?
Ahora solo quería retirarme del incómodo momento, lo que menos necesitaba en un lugar donde prácticamente no conocía a nadie era causar una pelea.