CAPITULO CUATRO Illianna limpió el taburete de madera y se sentó. Cruzando el tobillo sobre la rodilla, se frotó el pie dolorido e hinchado. Habría pensado que después de cien años de hacer shows casi todas las noches, sus pies no le dolerían tanto. Sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que los hombres de Lemuel vinieran a buscarla, así que se tomó el tiempo para disfrutar de la tranquilidad. Fue en momentos como estos cuando pudo recargar su fuerza interior, por lo que no se dejó llevar por el espíritu quebrantado que ellos querían. No se le dio mucha libertad, pero usó el poco tiempo que tenía para permanecer atada al cielo tanto como pudo. Necesitaba esa conexión con su hogar ahora más que nunca. Ese breve segundo en que sus ojos se conectaron con un demonio increíblemente hermos

