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Es la hora de salida. Durante las clases de la tarde el tonto hermoso del Felipe no hizo más que mirarme. Parece que no le contó a nadie lo que pasó cuando estaba fumando. Menos mal; no quiero pasar por abusiva, salvaje, histérica y todo lo que podrían inventar sus amigotes. Lo malo es que me imagino que los dos tipos que estaban ahí, a pesar de que no son de nuestro curso, más temprano que tarde regarán el chisme. Si lo hacen, aparte de lo que puedan decir de mí, Felipe quedará como un imbécil, creo que sería peor para él.
Ahora me dirijo al patio donde nos toca formar antes de subir cada uno a su respectivo bus. Todo el mundo va de afán como si estuvieran en el aeropuerto corriendo para no perder el vuelo que los llevará al matrimonio de la mamá. Yo sé que es una dicha partir a casa, pero tampoco tienen que correr como si se fuera a acabar el mundo y nunca hubiesen besado al primer novio. Esa formación de la salida sirve para que nos devuelvan los celulares. Lo que pasa es que están prohibidos en el colegio y por la mañana al llegar nos los quitan, y al que no lo entregue y lo descubran por ahí usándolo se lo decomisan por un mes entero.
Me paro en la fila, la cual siempre se forma por orden de estatura. La "pitufa Guzmán" es la primera, algunos también la llaman "tachuela" y otros le dicen "medio metro". El último es Borda, el mejor del equipo de fútbol; no se cansa de hacer goles en los partidos contra los otros colegios, debe medir más de un metro ochenta y cinco. Yo voy por la mitad de la fila; soy promedio en el curso, pero alta para ser mujer, con mi uno setenta de estatura. Alguna vez me dijeron que podría ser modelo. Inclusive, mi mamá me llevó a una agencia de casting. Me hicieron un video y unas fotos muy lindas. Como a los quince días me llamaron y me dijeron que había quedado escogida para salir en un comercial de televisión, que me iban a pagar ocho cientos mil pesos. Eso en mi país alcanza para comprarse un celular decente, no el más poderoso pero tampoco el más malo. El día del tal comercial tocó madrugar resto. Llegamos con mi mamá a una bodega gigantesca pintada con un fondo blanco igual de gigantesco. Esto se los cuento porque tiene mucho que ver con la fama de zorra que me gasto. Bueno, volvamos al cuento: eran las siete de la mañana y había un jurgo de gente trabajando en eso, la mayoría vestidos de n***o. Me recibió una vieja, esa sí medio marimacha, y me dijo que era la de producción y que me iban a maquillar y a peinar. Me llevaron a un cuarto con aspecto de camerino de artistas famosos. Tenía espejos con bombillos alrededor, sillas de salón de belleza, todo tipo de utensilios de peluquería y en la parte de atrás montones de ropa colgada. Me senté en la silla que me indicaron y un tipo con voz de gay me empezó a peinar. Yo me sentí como la más diva de todas. Al rato, cuando quedé con un peinado que le gustó al director, un gordo de barba con acento argentino, me empezó a maquillar una pelada flaca y buena gente. Al terminar el proceso me miré al espejo y me vi tres años mayor pero súper hembra. Si pudiera siempre lucir así, sin duda podría conquistar a Keira Knightley o a Zac Efron, no les quepa la menor duda. Pero el rodaje de ese comercial, como les decía, terminó siendo el primer paso para que todos los de mi curso empezaran a pensar que su compañera era la más zorra de las zorras.
Se trataba de un comercial de un desodorante. En la primera escena yo tenía que salir vistiendo únicamente una toalla, poner cara de placer s****l y mirar al espejo mientras me aplicaba el tal desodorante. Lo malo es que en las otras escenas salía con unos vestidos de aquellos que parecen decir "aquí debajo hay un bombón para tu placer", y tenía que besar en la boca a tres tipos. ¿Se imaginan? ¡A tres tipos! La idea de esa publicidad consistía en convencer al público televidente de que si una vieja, o tía, o nena, o chica, o muchacha, usaba ese desodorante, podría levantarse a cualquiera. Mi mamá pegó el grito cuando se enteró de lo que yo debía hacer y no faltó nada para que me sacara de las mechas de ese lugar. Pero entre el director argentino, la marimacha, y un tipo de gafas que dijo ser el publicista creativo la convencieron para que me desordenara en frente de las cámaras. "Mirá, cheee, es solo publicidad, un mundo de fantasía, una ilusión, Hollywood", recuerdo que le dijo el director a mi mamá.
No les voy a mentir acerca de todo esto: yo también sentí toda clase de cosas apenas me enteré de lo que me tocaría hacer. Además porque en ese momento todavía no habían llegado mis supuestos amantes al estudio. Total, salimos de ese lugar como a las ocho de la noche, después de haber probado los labios y hasta las lenguas de los tres tipos. Afortunadamente no estaban nada mal y hasta dos de ellos guardaron mi número telefónico. Iba contenta porque estaba empezando mi carrera de modelo, ganando plata por primera vez en mi vida, mi propia plata. Yendo a casa, hasta llegué a pensar que sería interesante tener algo con uno de los tipos con que me había besado. Se trataba de un man como de veinte años, universitario, de apellido extranjero pero hablaba español sin acento. Era nacido aquí pero sus abuelos eran suizos. La pinta, o sea, la forma como lucía, me recordó a Felipe, era como un Felipe pero mayor. El problema fue que el tipo no me llamó ni me escribió en esos días. El otro tipo me escribió al celular y chateamos como durante cuatro días. Todo iba bien y yo estaba esperando a que me invitara a algo. Era un mono, mejor dicho un rubio de ojos grises, como de dieciocho años. Pero pasaban los días y el tipo nunca se pronunciaba acerca de salir. Yo empecé a pensar que el tipo era un guevón, un tonto. Pero es que estaba muy pinta, muy churro, muy bonito, muy guapo, y esa oportunidad no se podía dejar pasar. Finalmente me atreví a ser yo la que tomara la iniciativa. "Si Mahoma no va a la Montaña, la Montaña va a Mahoma", como dice el profesor de química. Aproveché un día que me habló para decirle que sería bueno que parcháramos, es decir que nos viéramos un rato. Me dijo que sí, que nos encontráramos al otro día en un centro comercial cerca a mi casa, que me iba a invitar a almorzar en un sitio de hamburguesas. Me emocioné resto pensando en que finalmente iba a salir con alguien que en verdad creía que me gustaba, y no como tantas veces que me había visto casi que obligada a salir con cualquiera, solo para no quedarme aburrida en casa chateando con alguna amiga igual de desparchada a mí o mirando maricadas en alguna red social. Ese día me acordé del tonto hermoso de Felipe y de Andrea, mis dos tragas. Hubiera preferido salir con cualquiera de los dos pero bien sabía que nunca iba a tener la oportunidad de hacerlo: Andrea, por ser una nena straight, y Felipe porque nunca me había parado bolas; siempre me veía y me trataba como a una simple amiga.
Llegué al centro comercial súper puntual o como dice Juliana "más puntual que novio feo". El mansito, que se llama Daniel, llegó como a los cinco minutos. Traía severa sonrisa pintada en la cara aparte de sus jeans y un hoodie n***o, pinta totalmente diferente a la que había vestido para el comercial del desodorante. Yo iba con mis jeans, unos converse negros y mi chaqueta verde.
Daniel resultó ser súper buena gente, pero para no hacer este cuento tan largo, solo les puedo decir que la tal cita fue un ingrediente más para que todos los del curso reforzaran la idea que empezaban a tener de mí. Miren les explico cómo fue que todo sucedió: el comercial del desodorante había empezado a salir en los principales canales de televisión la noche anterior. No demoraron en empezar a criticarme por todas las r************* o por lo menos por las más usadas. No me bajaban de coqueta, loca de la vida alegre, zunga y todo lo que se les pueda ocurrir. Solo Juliana se atrevió a defenderme y afortunadamente Felipe y Andrea no dijeron nada. Yo cometí el error de escribir diciendo que no tenía ni novio ni a nadie especial y que lo del comercial simplemente había sido un trabajo publicitario. Además, yo sabía que era solo envidia de los del colegio porque la verdad sea dicha, me veía espectacular en ese video y me había ganado toda esa plata. Igual, el matoneo o ciberbullying me afectó esa noche y lo único que quería era desaparecer de este planeta. Afortunadamente, tenía algo que me alegraba y eso era que me iba a ver con Daniel al otro día. Juliana me dio ánimo y me dijo que no le parara bolas a esa gente envidiosa. Afortunadamente, a pesar de todo, yo siempre he sido una persona muy segura de mí misma y creo que eso me ayudó para que no soltara más que un par de lágrimas antes de quedarme dormida.
Al otro día, después de haber almorzado las tales hamburguesas con Daniel, nos fuimos a jugar bolos, algo que yo no hacía desde que tenía diez como trece años. Y en ese lugar, en la bolera, fue donde todo ocurrió. Mientras yo hacía el oso mandando la bola por la canal en cada uno de mis turnos y Daniel no paraba de hacer moñonas, nos tomamos cada uno tres cervezas. Les digo que yo no soy buena para el chorro, es decir, para tomar trago. El efecto del jugo de repollo, como le llama mi papá a la cerveza, no tardó en hacer efecto. Empecé a sentirme más contenta de lo que debería, más suelta, más espontánea y cuando menos me doy cuenta es que me estoy rumbeando, o sea, me estoy besando con ese man. Yo sentí que la estaba pasando re bien, y era la verdad, pero lo que no sabía era que "la pitufa Guzmán" y otra tontarrona del salón me estaban viendo. Parece ser que entraron a la bolera y preciso me vieron ahí en plena acción. Pero eso no es todo. Resulta que a Daniel le entró una llamada diciéndole que se tenía que ir ya para la casa; parece que el papá se había caído y se había fracturado una pierna y tenían que llevarlo a urgencias. El hombre salió disparado, como alma que lleva el diablo, y yo como un hongo en ese centro comercial, o sea que ahí sola y desparchada. Pero cualquiera diría que los milagros existen: yo que voy enfilando hacia la salida, cuando me voy topando de frente con el otro tipo que había estado en el comercial del desodorante, el que se parece a Felipe y que nunca fue capaz de llamarme. El tipo me saludó efusivamente y de una nos pusimos a hablar. Me dijo que no me había llamado, ni escrito, ni mandado señales de humo, ni nada porque había tenido que viajar a resolver unos asuntos familiares. Una disculpa medio cula, pero yo no me iba a poner a discutirle, ni boba que fuera. Yo como si nada, y como todavía tenía el efecto de los chorros en mi cabeza me seguí comportando súper espontánea. Total, terminamos en un restaurantico de fondue en el segundo piso del centro comercial tomando más cerveza. Y ahí sí que, después de la segunda cerveza, yo como que ya no sabía lo que hacía. Terminé haciendo lo mismo que había hecho con Daniel, o sea, rumbeándome con ese man. Y claro, las dos nerdas de mi salón, por desparchadas, por chismosas o por envidiosas me habían estado siguiendo desde que salí de los bolos y terminaron pillándose toda la escena del restaurante de fondue.
Esa noche, cuando Nicolás me dejó en la casa, porque así se llamaba el tipo, me puse a mirar el celular y ya estaba ahí la noticia, recorriendo las redes de este a oeste y de norte a sur. Yo soy consciente de que fue mi culpa por haberme puesto a tomar cerveza, pero eso no da para que me calificaran como la más zunga de todas. Pero así es la vida: una inocente tarde de goce en un centro comercial y ahora todos los tipos del salón dicen que solo quieren salir conmigo para que nos rumbeemos y para que nos vayamos a la cama.