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Voy en el bus del colegio hacia mi casa. Los trancones son inmamables porque a los políticos que han dirigido esta ciudad se les olvidó que podían hacer un metro subterráneo, como sí lo tienen las grandes capitales del mundo y las no tan grandes. Pero bueno, el caso es que no sé si inventarme algo para no ir a la cita psicológica de hoy. Le podría decir a mi mamá que me duele hasta el alma pero seguro que no me cree. Es que yo sé que tengo que resolver mis problemas, pero nunca he creído que un tipo que nada que ver, que no me conoce ni conoce a ninguno de mis amigos, ni a mi familia, vaya a ser capaz de resolverme las cosas.
–Wen, ¿con quién te vas a rumbear esta tarde? –la pregunta de un estúpido de décimo grado, con su carota llena de granos, me saca de mis pensamientos.
–Con su papá a ver si engendra un hijo menos idiota que usted –le respondo antes de sacar mi teléfono y ponerme a mirar cosas en Pinterest mientras todo el mundo suelta la carcajada.
Me bajo del bus, camino la cuadra y media hasta mi casa y apenas entro subo a mi cuarto y dejo botado el saco del uniforme sobre mi cama y la maleta en el piso. Mi mamá entra, me saluda con un pico en la mejilla, me pregunta que cómo me fue y me dice que me cambie para ir donde el loquero. Blanqueo los ojos, le digo que listo, y apenas sale del cuarto me quito el resto del uniforme, me pongo un jean, una blusa crema, un saquito rojo, unas baletas y me voy al baño a peinarme y echarme un poquito de labial y pestañina.
Menos mal el consultorio del que va a resolver todos mis problemas no es lejos, inclusive nos hubiéramos podido ir caminando pero mi mamá es de las que saca su camioneta, cuatro por cuatro, para ir a comprar a la tienda de la esquina. Recorremos las cinco cuadras en cuestión de tres minutos y nos demoramos más estacionando la cosa esa que lo que gastamos para llegar aquí. El edificio es puppy, es decir muy clasudo o de mucha clase. Saludamos al portero, nos metemos en el ascensor, subimos hasta el sexto piso y una vez se abren las puertas salimos a un hall donde se ven varias puertas. Voy detrás de mi mamá como una zombi sin conciencia mientras me imagino al loquero sacando un reloj de hace mil años para hipnotizarme y el solo pensamiento me hace cagar de la risa.
–Nena, ¿de qué te ríes? –me pregunta mi mamá cuando llegamos frente a la puerta que dice "Doctor Peña, psicólogo clínico".
–De nada, es que me acordé de un chiste que hoy echaron en el colegio.
Me sonríe de manera condescendiente, lo cual detesto, y pone su dedo en el timbre. No pasan más de diez segundos para que nos abran. Aquí la cosa se pone interesante porque la nena que nos abre está simplemente divina. Puede tener unos veinte años o veintidós máximo y se parece a Stephanie Cayo, esa actriz peruana que vino por aquí alguna vez a actuar en una telenovela. Nos hace seguir mientras exhibe su sonrisa de reina de belleza y nos hace sentar en un sofá súper abullonado. Mi mamá le dice que tenemos cita a las cuatro y media, la mamacita mira la pantalla del compu, mueve el mouse y tres segundos después dice que en breve el doctor me atenderá.
Mi mamá coge una revista de modas y se pone a ojearla mientras yo no paro de mirarle las piernas a la fotocopia de la Cayo, quien lleva puesto uno de esos trajes sastre de tono azul, más típicos de una oficina de abogados de película gringa que de un consultorio médico de un país desordenado como el mío.
No pasan más de cinco minutos antes de que se abra la puerta que, supongo da al consultorio del loquero, para que salga una vieja como de cincuenta años. La doña le sonríe a mi mamá, se despide de la actriz peruana y sale por la puerta que da al corredor de los ascensores.
–Ya puedes pasar –me dice la secre. Yo miro a mi mamá, ella me sonríe y me desea suerte y yo me paro y avanzo lentamente hacia la entrada de la sala de torturas. Apenas paso el umbral, veo a un tipo que está de espaldas a mí, frente a una biblioteca que va desde el piso hasta el techo. Alcanzo a ver que está poniendo un libro en su puesto. El tipo, que debe ser el loquero Peña, a menos que yo esté tan loca y lo esté confundiendo con el man de la basura, se voltea y me mira y es ahí cuando descubro que voy a estar en problemas. Sus pupilas se dilatan de esa manera que nos pasa a todos cuando vemos algo o a alguien que nos gusta demasiado o nos llama mucho la atención. Ya me ha pasado varias veces antes y creo que tengo experiencia en el asunto. Ahora, el problema consiste en que el que me va a sacar de todas mis penas y conflictos mentales es demasiado churro, o sea bien plantado, lindo, guapo. Bueno, por lo menos eso es lo que yo pienso, pero falta escuchar la opinión de Juliana. Tiene como cuarenta años y la pinta que lleva no me la hubiera imaginado en un doctor del cerebro: un jean y una camisa de botones de color azul, sin corbata ni nada de bocelería. Me sonríe antes de hablarme.
–Bienvenida, siéntate –el papito se va hasta la puerta, la cierra y en seguida se sienta en una poltrona frente a mí, que me he acomodado con sentado de niña buena en una especie de diván azul oscuro. El consultorio es súper acogedor. Además de la biblioteca, la poltrona beige y el diván, hay un escritorio, su silla, unos cuadros de castillos medievales y una lámpara de pata que da una iluminación amarillita.
–¿Cómo has estado? –me pregunta el churrito.
–Yo, bien, ¿y usted?
–También muy bien –el tonto sonríe una vez más y me muestra la perfección de sus dientes.
–Perfecto –le digo–, ¿entonces ahora qué hay que hacer?
–Háblame de por qué crees que has venido hoy.
Este tipo tiene una forma suave y amable de hablar; creo que no voy a soportar el estar aquí confesándole mis penas, qué oso.
–Yo vine porque mi mamá dijo que sería bueno que viniera.
–¿Solo vienes porque tú mamá lo dijo?
–Pues claro, si no, estaría en mi casa haciendo tareas o hablando con mis amigas.
–Puedes hablar conmigo…
Otra vez esa sonrisa… Este tipo queriendo que yo le cuente mis problemas y yo queriendo saltar encima de él y llenarlo de besos. Pero por favor no crean que es que a mí siempre me han gustado los hombres mayores, no es así, les confieso que esta es la primera vez que me fijo en alguien mayor.
–Está bien, hablemos. ¿De qué quiere hablar?
–De lo que tú quieras…
–Bueno, entonces cuénteme de usted –le digo y por primera vez le suelto una sonrisa.
–¿Qué quieres saber de mí?
–Todo –le respondo, manteniendo mi sonrisa. Por alguna razón, siento que puedo tratar a este tipo como si fuera alguien de mi edad. No sé si será la ropa que lleva, su sonrisa o su mirada que inspira confianza.
–Bueno, te puedo decir que soy psicólogo desde hace diecisiete años –¡este tipo empezó a ser psicólogo cuando yo apenas era una bebé!- soy de aquí, la que te abrió la puerta es mi hija que a veces viene a ayudarme…
Casi le digo: –¿Ese bombón es su hija? Pero no quiero confesarle mi lesbianismo todavía, no por lo menos en la primera cita.
–¿Qué más quieres saber? –pregunta al darse cuenta de que no digo nada.
–¿Su esposa qué hace?
Se ríe suavecito antes de responderme.
–Ya no es mi esposa, hace mucho tiempo dejó de serlo… Ella vive en España.
¿Pero qué carajos estoy haciendo? Le estoy averiguando a este tipo su vida sentimental…
–¿Y no la extraña?
–Ya no, nos separamos hace más de ocho años.
–¿Y su hija es casada?
–¿Laura? No, creo que es muy joven para estar casada, apenas tiene diecinueve años.
Buen dato, aunque la nena podría tener tres novios y cuarenta tipos detrás. Quisiera preguntarle más sobre ella pero no quiero que sospeche nada.
–¿Y usted vive con ella?
–Sí, claro.
–¿Y tiene más hijos?
–No, solo ella –otra vez esa sonrisa matadora.
–Bueno, supongo que ya sé algunas cosas sobre usted, porque si voy a contarle mi vida, mis problemas, creo que me sentiría mejor si sé con quién es que estoy tratando.
–Me parece justo… ¿Te gustaría contarme sobre el tema que más te ha puesto a pensar en estos días?
–¿Lo que más…? –no tengo ni idea por dónde empezar. Está mi indecisión acerca de lo que quiero estudiar, lo de mi bisexualismo y si lo mejor sería salir del closet, y el problema de mi fama como perra perdida que tengo en el colegio.
–En lo que más te estés sintiendo confundida…
Me quedo mirando el diván y me pregunto si me debería acostar ahí antes de empezar a confesar mis penas. Creo que el tipo se da cuenta porque enseguida me dice:
–Puedes recostarte si quieres.
–¿Cuál es la idea de que la gente se acueste en estas cosas cuando van al psicólogo?
–Es algo que ideó Sigmond Freud. Se supone que al acostarte evitas el contacto visual con el terapeuta, lo cual te puede ayudar a relajarte y soltarte un poco. Además, miras hacia el techo blanco y empiezas a hablar sobre lo primero que se te ocurre.
–Entiendo… ¿Entonces me tengo que hacer ahí?
–Solo si quieres.
Me gustaría, pero si usted me acompaña, es lo que me gustaría decirle.
Me quito las baletas, y me acuesto. Este diván es re suave y si este hombre no me hace hablar o no me habla me voy a echar un foco bien sabroso, es decir, una siesta.
–Cuéntame –escucho que me dice.
Me decido por el tema que me ha venido rondando durante los últimos días y por el que Felipe se ganó una cachetada. Gasto como veinte minutos contándole acerca de mi injusta fama de zorra, de cómo se empezó a dar todo y de que no puedo esperar para graduarme, dejar atrás a toda esa gente y llegar a una universidad donde nadie me conozca. Apenas termino de hablar el loquero me dice:
–¿Crees que hay diferencia entre lo que me cuentas que pasó en el centro comercial y lo que hacen tus compañeros?
Dejo de mirar hacia el techo y me quedo mirando las uñas pintadas de morado de mis pies. Luego me miro las de las manos y me doy cuenta de que me las pinté de diferente color. Bueno, qué importa, no estamos en la playa.
–Mis compañeros son unos perros y mis compañeras unas perras envidiosas. ¿Sabe que creo que soy de las pocas vírgenes de mi curso? Hasta Juliana, mi mejor amiga, ya se lo dio al novio que tuvo el año pasado.
–¿Eso te afecta de alguna manera?
Vuelvo a mirar al techo antes de responderle.
–Me da rabia que yo sea la que tiene fama de zunga cuando son ellas las que se lo han dado a más de uno.
El man se queda callado y eso me fuerza para seguir hablando.
–Es que a veces pienso que si voy a tener esa fama, entonces debería hacerle honor.
–¿Honor?
–Pues hacerla realidad. Convertirme en la más perra de todas, en una verdadera perdida, así, sin miedo, sin agüeros.
–¿Eso te haría sentir mejor?
–No lo sé, pero al menos esa parranda de desgraciados no estarían mintiendo.
–¿Has hablado alguna vez de las relaciones sexuales con tus padres?
Este tipo hace unas preguntas que te ponen a pensar.
–Solo con mi mamá, hace como dos años, cuando me dijo que me tenía que cuidar cuando decidiera hacerlo con alguien, que solo se lo diera a quien realmente amaba, pero no fue mucho lo que hablamos.
–¿Y estás de acuerdo con lo que ella dice?
–Pues supongo que sí. Lógicamente hay que cuidarse, pero no quiero esperar a que sienta que estoy en frente al que va a ser mi amor eterno para conocer lo que es estar con alguien.
–¿Crees que alguno de estos dos jóvenes con quienes filmaste el comercial podría ser ese que tú llamas tu amor eterno?
–Podrían serlo, pero ya no están disponibles. Daniel se fue de intercambio a Canadá y Nicolás resultó más falso que una moneda de cuero. El man se perdió después de lo del centro comercial. Una vez le hablé y me dejó en visto. Es severo falso.
–¿Esperabas que algo así ocurriera? –no le veo la cara, sigo mirando al techo, pero algo me dice que tiene una enorme sonrisa en su carota.
–No me extraña de Nicolás, total, nunca me escribió. Y pues Daniel se fue y ya… Supongo que esos amores apresurados están destinados a que ocurran ese tipo de cosas.
–¿Hay alguien más en tu vida que pudiera no ser un amor apresurado?
No sé si confesarle lo de Felipe. Si se lo digo estaría como perdiendo puntos con este churrito y de paso con su hija. ¿Pero qué cuernos estoy pensando? Este man es mi psicólogo, no es un pretendiente ni alguien a quien le pueda tirar los perros.
–Hay un tipo del colegio, me gusta mucho, pero él dice que tiene novia y fuera de eso anda medio tragado de una compañera. Creo que por ahí no hay caso.
–¿No te gustaría intentar acercarte a él?
–Pues… supongo que sí, pero esta tarde le di una cachetada –me rio un poco antes de continuar confesando mi pecado–. El muy idiota es de los que también piensa que soy una zunga.
–¿Cuánto te afecta el que Felipe piense así?
–Más de lo que debería, total, ese tipo no es nada mío.
–Podría ser hora de que te fijes en gente con la que te sientas más complementada, que tengan formas de ver la vida de una manera similar a como tú la ves.
–Creo que en ese colegio va a ser difícil.
–Debe haber mucha gente allá, y alguna puede ser interesante…
–No lo sé, puede ser.
–Bueno, creo que se nos acabó el tiempo por hoy –dice el loquero papito mientras mira un reloj azul que tiene sobre una mesita–. Podemos seguir en la próxima cita.
Me siento, meto los pies en las baletas, me pongo de pie y le digo:
–Sabe que me gustó esto, creo que usted es un buen psicólogo.
Sonríe de esa manera que me cautiva y que me hace imaginármelo encima de mí mientras me come a besos.
–Eso me alegra, por favor cuadra la próxima cita con Laura antes de irte.
Salgo pensando en que quiero que el tiempo pase muy rápido para volverlo a ver. Mi mamá cuadra la cita para dentro de cuatro días con la doble de la famosa actriz peruana. La nena me mira y me sonríe y me doy cuenta de que su sonrisa es idéntica a la de su papá. Es cuando me pongo a pensar si sería más rico besarla a ella o al papá. Excelente pregunta que sé que nunca voy a poder responder.