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Estoy en mi cuarto mirando las r************* . No falta el "chistoso" que escribe algo que considera gracioso en contra mía, lo mismo de siempre, ya me acostumbré y no presto atención. Decido buscar en Carelibro, o sea, en f*******:, a ver si encuentro algo más acerca del doctor Peña y su hija. Aunque en el letrero de la puerta no estaba su nombre, solo su apellido, recuerdo que en un diploma que estaba colgado en la pared de la recepción decía Dr. Augusto Peña, psicólogo. Encuentro más de diez tipos con ese nombre pero el quinto parece ser él. Amplío su foto de perfil y confirmo que ya tengo ubicado al churrito. Comparte resto de vainas de psicología pero lo interesante está en las fotos, como siempre. Empiezo a pasar y lo que veo, aparte de tomas hechas en lo que parecen ser reuniones de amigos mostrando un poco de panzones desconocidos y viejas arrugadas, son fotos de él con la hija. Esa vieja es un bombón, reconfirmado. Sale mejor que nadie, sobre todo en una foto en alguna playa, donde está solita y se muestra en un bikini verde bastante reducido. Tiene la piel bronceada y creo que la foto es bastante reciente porque se ve igualita a como la vi esta tarde en el consultorio. Me quedo detallándola durante un resto de tiempo mientras me hago fantasías acerca de lo que podría ser una noche, una tarde o una mañana de pasión con ella. Luego pienso que si mi papá usara alguna red social y subiera una foto mía en bikini, simplemente sería la boleta más grande de mundo o como dicen algunos, "mucho visaje", creo que no lo volvería a hablar. Afortunadamente mi papá se quedó en el siglo pasado y no usa nada de esto.
Sigo pasando fotos hasta que me llama la atención una en que sale mi loquero bajando la escalera de un avión. No tiene nada de especial pero se ve súper bien. Por la pinta, se nota que acaba de aterrizar en tierra caliente. El problema de la foto es que termina de confundirme. Ahora las fantasías son con él y no con ella. Pero entonces me pregunto si no sería más fácil conquistar a una vieja que es solo dos años mayor que yo y no a un tipo que me lleva más de veinte. ¿Y qué pasa si la tontarrona es totalmente straight? El triple de difícil, aunque una nunca sabe.
Sigo husmeándole el Carelibro a ver qué más le encuentro. Me interesa averiguar si sale al lado de alguna vieja bien chusca o por lo menos de alguna que parezca la novia, la amiga, la compañera, la moza, la amante o lo que sea. Después de pasar varias fotos encuentro una en que sale de traje de corbata pasándole el brazo a una vieja que lleva un vestido de gala rojo. Están como en un salón de fiestas y la nena es como de treinta años, churra y de buen cuerpo aunque el vestido es medio lobo, o sea, escotado, llamativo, sin clase y de un rojo horrible. Me pongo a mirar de hace cuánto es la foto y descubro que la subió hace dos años. Sigo mirando a ver si hay más, bien sea con la lobita o con alguien más pero no encuentro nada, lo que me hace creer que podría tener un chance. Sé que me estoy haciendo ilusiones porque ese tipo es muy lindo y estoy segura de que debe tener un jurgo de mujeres; además quien sabe si le gusten las sardinas o peladas jóvenes como yo. Sigo chismoseándole y caigo en la cuenta de que de pronto este man no sube nada hace rato. Me voy a mirar de cuando es su última publicación y descubro que apenas ayer compartió un aviso de un congreso de psicología. Tal vez es de los que no les gusta compartir mucho acerca de su vida privada. Decido buscar el de la hija, y aunque hay varias viejas con ese nombre, después de mirar más de ocho Lauras Peña la encuentro. Lo malo es que lo tiene en privado y toca ser amiga para poder entrar y chismosearle. Estando en esas me llega un w******p de Felipe; mínimo me va a insultar por lo de la cachetada de esta tarde. Lo leo y el tonto hermoso dice: "Si me vuelves a hacer eso voy a acabar contigo". No pues, qué susto, pienso sarcásticamente. Yo sé que ese pobre imbécil no se atrevería a hacerme nada. Me dan ganas de dejarlo en visto pero se me ocurre amenazarlo de una manera más efectiva: "Si sigues escribiendo bobadas le cuento a todos que te dejaste cascar por una mujer". El imbécil no vuelve a escribir y yo me pongo a chatear con Juliana. Después de rajar de todo el mundo me decido a confesarle la verdad; es que es muy duro guardarse la información de la existencia de ese par de bombones. Le cuento que no estuve donde el odontólogo sino donde el psicólogo, que se trata de una orientación profesional que me van a hacer a ver qué carajos estudio, que el tipo es divino y que me tiene loca. No le cuento de Laura, ni loca que estuviera, sería como salir del closet. Me dice que a ella no le gustan los tipos grandes, que máximo se fijaría en uno de veinticinco. Dice que el tipo podría ser mi papá, pero que en el fondo me entiende. Aconseja entre risas que me vista bien sexy para la próxima cita y que me lo conquiste. Nos cagamos de la risa inventando situaciones de conquista y después de una hora nos despedimos. Apago la luz de la lámpara y me duermo pensando en cómo sería haber sido hija de ese tipo tan churro.
Han pasado cuatro días desde cuando tuve la cita con mi loquero divino y esta tarde me toca regresar. El día de colegio transcurre súper despacio, yo sé que es por las ganas tan inmensas que tengo de ver al man y a su hija divina. Felipe no me habla desde que lo amenacé y me la paso en los recesos y en la hora del almuerzo hablando con Juliana y con Paola, una nena toda integrada que apenas entró este año al colegio porque la echaron del colegio en el que estaba, todo porque la pillaron fumando marihuanera con unos compañeros. La vieja es bacana y no está fea, pero me mama que siempre quiere hablar de ropa de marca, de la que compró en Gringolandia, de la que compró en la boutique más play de esta ciudad o de la que le trajo su mamá de Europa. Detesto la gente que solo piensa en ese tipo de cosas; me parecen todos materialistas o metalizados, como decía un exnovio de Juliana. Pero a Paola me la aguanto porque es de las pocas que no me mira como lo hacen los demás. Si dejara de hablar tanta bobada hasta podría clasificar como amiga.
Llego a mi casa y encuentro una nota de mi mamá. No entiendo por qué no me manda un mensaje por w******p o así sea de texto. Me dice que me tengo que ir sola donde el psicólogo porque ella está tomado onces donde una amiga y llega antecito de las siete. Menos mal el loquero es cerca, es lo primero que pienso, y no me toca coger ninguna clase de transporte público porque me puedo ir caminando. Me quito el uniforme y me pongo a meditar sobre lo que me podría poner. Ahí mismo me acuerdo de lo que dijo Juliana acerca de irme bien sexy. Me rio sola mientras empiezo a repasar lo que hay colgado en mi closet. No me puedo ir sexy, sería una ridiculez, ¿pero qué pasaría si me fuera con algo que me haga ver más grande? Podría ponerme un pantalón serio, una blusa elegantica, hasta zapatos de tacón… Si mi mamá se diera cuenta quien sabe qué pensaría. Pero no me estreso por eso, yo voy a regresar a más tardar a las seis, entonces no hay problema porque ella no va a llegar antes de las siete y a esa hora ya me habré podido cambiar de ropa nuevamente. Por mi papá no hay problema, siempre llega del trabajo después de las ocho y aunque llegara antes no se daría cuenta así yo estuviera en topless.
Decido ponerme un pantalón n***o y una blusa de manga larga de un verde bastante claro. Es esa clase de ropa que uno tiene para cuando lo invitan a la velación de un muerto o al bautizo de un bebé chillón. Me paro frente al espejo del baño y me maquillo como si fuera a salir a rumbear al sitio más híper mega play. Me pongo una chaqueta del mismo color del pantalón y por último los tacones negros. Crezco cinco centímetros en menos de diez segundos y creo que estoy perfecta para conquistarme al psicólogo y a la doble de la actriz peruana. Doy un último retoque a mi peinado, bajo las escaleras y salgo a la calle. Empiezo a caminar sintiendo el acelere de mi corazón. ¿Será que voy a hacer el oso con esta pinta? No importa, si me miran raro les puedo decir que después de la cita voy para una reunión de mis papás en algún lado.
Me voy despacio para no llegar con la cara roja; total, tengo tiempo suficiente para llegar antes de la cita, cosa que me gusta porque voy a tener un rato para sentarme frente a Laura y embobarme mirándole la cara y las piernas. Por cada cuadra que avanzo el corazón me late más rápido y si esto continúa así creo que se me va a salir del pecho. Finalmente llego al edificio puppy, le digo al celador para donde voy, cojo el ascensor y me toca compartirlo con un man de corbata que se hace el guevón pero que sé que me está mirando con el rabillo del ojo. El man se baja un piso antes y me sonríe antes de que se cierre la puerta. Ya estoy acostumbrada a eso. Pero si el universo dice que soy bonita, ¿por qué será que no me va bien con los hombres ni con las mujeres? Es la pregunta del millón. No sé si sea un tema que le pueda confesar a mi loquero. De pronto el tipo me diría algo así como: "conmigo y con mi hija no te iría mal, solo es que escojas con cuál de los dos quieres perder tu virginidad". Me cago de la risa por las bobadas que pienso en el momento justo que se abren las puertas del ascensor y me encuentro a Laura de frente. Salgo y me fijo en su pinta, la cual no tiene nada que ver con la del otro día: ahora parece una nena de mi edad con sus jeans rotos, los tenis blancos y una blusa azul de manga corta.
–Hola –me saluda como si hubiera visto a su mejor amiga, mejor dicho, súper querida–, ¿vas para donde mi papá?
Me provoca decirle: "No, voy para un concierto de Calle 13 pero me equivoqué de piso". Pues claro que voy para donde su papá, vieja tonta. Pero mis modales de niña bien salen a flote y le contesto:
–Hola, sí, es que tengo cita con él a las cuatro y media.
El ascensor se cierra y me dice:
–Está retrasado como veinte minutos, un señor que llegó tarde a la cita… ¿Pero quieres acompañarme a la tienda? Voy por un capuchino, si quieres te invito…
Esta nena es súper buena gente. Yo, ni corta ni perezosa, le acepto la invitación y un minuto más tarde estamos las dos solitas en ese ascensor descendiendo hacia el paraíso del pecado, no mentiras, hacia el primer piso del edificio. No se me ocurre qué decirle y es ella quien decide abrir primero la boca.
–Estás toda churra, ¿vas a verte después con alguien especial?
Me mata su sonrisa. Ahora que me fijo bien, es mejor, más sensual y más conquistadora que la del papá. Además, la nena se comporta toda dulce, toda tierna.
–Sí, una reunión de mis papás y me rogaron que fuera, pero me da pereza porque me toca vestirme así.
–Pero eso te queda súper –dice la nena justo cuando se abren las puertas en el primer piso. Le sonrío, le agradezco sus halagos y atravesamos la recepción. Al salir a la calle me habla de nuevo.
–¿Sí te gustó la primara cita con mi papá?
Me dan ganas de decirle: "Claro, buenísima, pero teniendo en cuanta que ya nos conocemos, espero que hoy termine al lado mío en el diván", pero en lugar de eso le digo:
–Me gustó mucho, creo que es un buen psicólogo.
–Me alegra, porque es que hay gente que solo va la primera vez y después no vuelven.
Pienso que en ese grupo de huidizos no deben estar ni los homosexuales ni las mujeres, a menos que sean totalmente lesbianas.
–¿En serio? Bueno, supongo que ellos se lo pierden.
–A veces pienso que es por lo caras que son las sesiones, pero qué se puede hacer…
–¿O no será que creen que con una sola cita es suficiente? Así como cuando una va a un médico, te recetan cualquier cosa y después nunca vuelves.
–Puede ser, no sería raro, es que la gente a veces es tan rara…
Me mira y me sonríe al tiempo que niega con la cabeza.
–¿Es ahí donde vamos? –le señalo un sito relativamente nuevo donde venden varias clases de café, resto de clases de panes y galletas, de sanduchitos y de jugos.
–Sí, es lo más cercano y venden un capuchino que es muy rico –la nena se lleva los dedos a los labios y los besa mientras yo pienso: "Ojalá yo fuera dedos".
Entramos al sitio mientras pienso que me hubiera divertido más viéndola de falda, pero me gusta verla así, como si fuera una compañera mía, con mayores posibilidades de conquistarla. Laura pide dos capuchinos, me pregunta si quiero algo de comer, le digo que no, le agradezco y después de pagar salimos del sitio, cada una con su capuchino en la mano. Regresamos al consultorio mientras trato de averiguar acerca de su vida y obra.
–Me gradué el año pasado del colegio –me dice–, y estoy estudiando lo mismo que mi papá, voy en segundo semestre.
–¡Genial! ¿Pero trabajas todos los días con él?
–Sí, siempre que salgo de clase me vengo para acá a ayudarle, no es mucho lo que hay que hacer. Antes él tenía una secretaria permanente, pero la vieja renunció y no se ha contratado a nadie más.
–¿Te gusta venir aquí?
–No es que me mate, pero tengo una deuda con mi papá. Le estrellé el carro hace como dos meses, no fue mucho el daño, pero entonces paila, me toca venir para reponer por lo que le costó el arreglo.
Estamos entrando al consultorio y le suena el celular.
–Dame un segundo, es mi novio y si no le contesto me mata.
No tengo por qué sorprenderme, es más que obvio que una nena tan linda tenga novio. ¿Pero quién dijo que lo bueno no es costoso? En todo caso, así estuviese advertida, siento como una pequeña puñalada en mi corazón. La verdad es que durante el ratico que he podido compartir con ella me ha convencido que definitivamente es la clase de persona que necesito a mi lado. La veo sentarse detrás de su escritorio. Yo me siento en el sofá, agarro una revista pero no la leo, ni siquiera la miro o mejor dicho, disimulo que la estoy mirando, pero la verdad es que estoy parando oreja a ver qué cosas le dice al novio. Le habla súper suave, toda tierna y dulce. Mala cosa, se nota que está tragada. Parece que quedan para verse más tarde, como que van a ir a cine. Le cuelga mandándole un beso y enseguida me mira y sonríe.
–Qué pena contigo, Mauricio a veces es todo intenso –otra vez esa sonrisa que mata.
–Tranquila, ¿y llevas mucho con él? –mínimo me va a responder que toda la vida y que se van a casar la semana entrante.
–No tanto, este fin de semana cumplimos tres meses, aunque se han sentido como si fueran cinco minutos…pero debajo del agua –se ríe de su propio chiste y yo hago lo mismo–. No, mentiras, él es muy chévere, aunque a veces siento que…
Justo en ese momento se corta todo porque el papá sale del consultorio en compañía de su paciente, un gordo medio calvo y cincuentón. Lo despide con un apretón de manos, el gordo le dice que regresará la próxima semana, le manda una sonrisa morbosa a Laura y conmigo hace lo mismo. Siento asco de solo pensar lo que sería ver a ese tipo en calzoncillos. Me rio para mis adentros y mi loquero se da cuenta.
–Hola, veo que hoy estás de buen humor –me dice y con la mano me indica que puedo pasar al consultorio. Lo veo igual de atractivo que la vez pasada. Esta vez lleva un jean n***o y una camisa beige de esas de corbata pero sin corbata. Le sonrió a Laura antes de entrar, sintiéndome cada vez más confundida acerca de si debería irme por el padre o debería irme por la hija.