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1947 Words
6 Como la vez pasada, mi loquero cierra la puerta y me indica que me siente, pero apenas él se hunde en su poltrona me dice: –Puedes recostarte si prefieres –me recuerda estar escuchando a un tío muy buena gente que vive en otro país, de los pocos que me caen bien; pensándolo bien, los dos tienen un tono de voz bastante similar. Me agacho para quitarme los tacones y me dice que tranquila, que no importa, que me acueste con ellos puestos. –Prefiero quitármelos, no se imagina la cantidad de cosas feas que se pueden pisar en la calle –es que es verdad. En una ciudad del tercer mundo se camina sobre calles donde perros, gatos, caballos y hasta gente han hecho sus necesidades. La gente no cae en la cuenta de eso y le van pisando a uno la alfombra nueva y peluda, de un millón de pesos, directamente después de haber salido de las caballerizas donde guardan el caballo–. Me sentiría tenaz de ensuciarle su diván. –Tienes razón –me muestra una sonrisa superior a la de la cita anterior–, lo digo porque mucha gente se siente incómoda cuando se quitan los zapatos. –Eso puede ser por dos motivos: porque les huelen mal o porque no llevan medias, como en mi caso, y les da pena mostrar los pies. Pero le aseguro, doctor, que conmigo no se tiene que preocupar por ninguna de las dos cosas–es que yo tengo unos pies muy lindos, modestia aparte. Pero es en serio, ya me lo han dicho varias veces. Además, yo soy de las que piensa que si uno tiene algo bonito no tiene por qué darle pena cuando lo muestra. –¿Cómo has estado? –me pregunta. Yo me acomodo en el diván, miro al techo y empiezo a hablar. –Yo he estado bien, ¿y usted? –Muy bien, gracias. –Oiga, ¿le puedo preguntar algo? –dejo de mirar hacia el techo y lo mira a la cara. Él también me mira. –Es que si voy a seguir confesándole mis pecados, me gustaría saber más cosas sobre usted –vuelvo a mirar al techo, no quiero verle la cara cuando me empiece a confesar que está profundamente enamorado de mí. –¿Algo en particular? –No sé… ¿Qué le gusta hacer en sus ratos libres? –Leo mucho, escucho música, me veo con mis amigos, monto bicicleta, juego tenis… –¿Y no sale de rumba? Escucho cómo se ríe. Es una risa suave y dura poco. –Por ahí una vez cada seis meses, creo que esa etapa ya la quemé. –¿Y no sale con amigas por ahí a divertirse? –como dice un amigo: "ya entrados en gastos…". Es que si no aprovecho ahora, me voy a quedar sufriendo hasta la próxima cita. Ya sé que su hija tiene quien la bese, pero ahora me falta él. –Muy de vez en cuando, no tengo a nadie especial. No puedo creer lo que me está diciendo este hombre. Un tipo con esa pinta y que ande solo por el mundo, eso es como ciencia ficción. Ahora solo falta saber si se metería con una nena más de veinte años menor. Pero eso no lo puedo averiguar ahora, sería boletarse demasiado. Tengo que pensar a ver cómo consigo esa información… –Ya, lo entiendo, a veces es mejor estar solo. –Creo que en nuestra pasada sesión pensabas todo lo contario. Pues sí, marica, pero lo bueno es que usted anda solo, es lo que me gustaría decirle, pero ni modos. –Es que yo llevo mucho tiempo sola, entonces ahora sí tengo ganas de andar con alguien, en cambio usted tiene cara de que no lleva más de dos meses en el asfalto. –¿Y cómo es esa cara? Volteo a mirarlo antes de hablar. –De tristeza, desolación, soledad, de que lo echaron hace poco… –me cago de la risa antes de terminar y veo que él también se ríe. –No pensé que estuviera tan grave –otra vez esa sonrisa que me mata. –Viéndolo bien, le recomiendo que se consiga a alguien, pero una que valga la pena, no cualquier líchiga. Miro cómo se ríe y me hace reír a mí también. –En serio, mire que usted está muy churro como para que ande con cualquiera –no me la creo ni yo misma: esa fue como muy directa, qué oso. –Gracias, pero ahora hablemos de ti. No soy capaz de seguir echándole los perros. Se supone que vine aquí a contarle a este tipo que no me merezco la fama de zunga que tengo, pero con lo que digo le estoy demostrando lo contrario. –¿Qué quiere saber de mí? –Cuéntame lo que quieras, Wendy. –Yo no sé qué estaba pensando mi papá cuando me puso ese nombre… ¿Es que quién carajos se llama Wendy en este país? –Veo que no te gusta tu nombre. –Seamos sinceros, ¿usted conoce a alguna otra Wendy? –En este momento no recuerdo, tal vez no, pero me parece un nombre muy bonito, no es típico de aquí. –A mí se me hace medio lobo… Creo que cuando cumpla dieciocho me voy para la registraduría y me lo cambio. –¿Y qué nombre te pondrías? Sigo mirando al techo mientras le respondo: –No estoy segura, algo normal, como Camila, Daniela, Sofía… –¿Crees que eso te ayudaría de alguna manera? –Puede ser. Es que cuando llegas al colegio y por montártela te llaman Wendy Shirley, eso es complicado. –¿Cuánto tiempo llevas en ese colegio? –Dos años. Bueno, este es mi segundo año ahí. Antes estaba en el Femenino, pero cacé pelea con la profesora de inglés, yo sabía más que ella y eso no le gustó. Entonces me la montó y me tocó evadirme. –¿Te dio duro salir de ese colegio? –Sabe que no, ya estaba como aburrida y tenía ganas de cambiar. ¿Es que sabe una cosa? Cuando llegas a cierta edad como que te aburres de ver solo mujeres el día entero. Los únicos hombres que veía en ese colegio eran los jardineros y los conductores de los buses, de resto eran solo viejas y un poco de profesoras solteronas y amargadas. –Regresando un poquito, cuando me cuentas lo de la profesora de inglés, ¿cómo te sentiste cuando te diste cuenta de que sabías más que ella? –Sensacional, pensé que yo debía estar dando la clase. –¿Qué tan importante es para ti que los demás reconozcan tus cualidades? Me pone a pensar con esa pregunta. –No lo sé, nunca lo había meditado… Supongo que es importante, ¿pero no lo es para todo el mundo? –Sí, claro, aunque para alguna gente es más importante que para otra. –Es que yo no me siento del montón, soy diferente y quiero que la gente lo sepa. –¿Qué crees que te hace diferente? Ahora mismo podría confesarle lo de mi bisexualismo, creo que ese solo detalle me hace diferente, sin contar lo de mi rebeldía, mi forma de hablar, mi físico; pero me da miedo espantarlo o que le prohíba a su hija a que se hable conmigo. –Mis papás dicen que soy rebelde, que no me expreso como las viejas de mi edad…, que no soy la típica peladita bien de estrato alto. Pero aparte de eso, pues que soy la dura en inglés, en matemáticas, me escogen para salir en comerciales de televisión, y pues por algunas cosas que pienso, de mis ideas y todo eso… –¿Qué ideas? –Me gusta criticar al gobierno, a los políticos, a todos esos ineptos ladrones que no hacen más que robarse este país. –Mucha gente critica al gobierno. –Claro, es más que lógico, pero no lo hace la gente de mi edad, ¿si me entiende? Si usted se pone a hablar con mis compañeros de colegio lo único que le van a hablar es de tragas, de novios, novias, modas, carros último modelo, rumba, drogas, licor, pero no de cómo se maneja este país. –¿Crees que los políticos podrían cambiar o afectar tu vida de alguna manera? –Lógico, ¿o es que usted cree que el adolescente promedio de Cuba o de Estados Unidos no se ven afectados por la forma como los políticos manejas sus países? Siento que me estoy metiendo en un tema que no viene al caso. Pero es que este tipo es el que me lleva a hablar de eso. Bueno, al menos le estoy demostrando que no soy del montón, que soy diferente, bien sea para bien o para mal. –Son casos más extremos, ¿pero en un país como el nuestro? –¿Usted cree que si no se robaran todo lo que se roban, no estaríamos mucho mejor? Es que mire, yo puedo ser de estrato alto, tener plata para viajar fuera del país, para venir acá, para ir a la universidad y pagar millones para estudiar lo que sea, pero todo eso no hace que no sea consciente de que la mayoría de gente de mi edad en este país no tiene esa oportunidad. –Eso es verdad. Me gasto lo queda de la sesión hablando de ese tema. El tipo parece estar de acuerdo conmigo aunque no es mucho lo que dice. No es que yo sea una fanática del tema, pero sí soy consciente de lo que está pasando en mi país y me gusta expresarlo cuando tengo oportunidad de hacerlo. Cuando mira su reloj azul y me dice que nos vemos la próxima vez, me incorporo, me pongo los tacones y le digo algo que me parece un poco audaz: –¿Le puedo preguntar algo? –me mira como si acabara de decir que soy una marciana. –Claro, dime. –¿No podríamos hablar un día pero en otro lado? –¿Quieres hacer la sesión en un sitio que no sea este consultorio? –otra vez la sonrisa matadora. –No la sesión psicológica, sino hablar así no más, por ahí tomándose un café o algo así, es que usted habla muy divertido. –No sería normal, se supone que el terapista no debe tener una amistad con el paciente. –Tiene razón, supongo… No me haga caso –acabo de hacer tremendo oso, tanto así, que siento como mis mejillas se ponen rojas. Me despido antes de seguir proponiendo ridiculeces, salgo del consultorio y veo a una vieja que podría ser mi abuela levantarse del sofá. Me sonríe pasa a mi lado y entra al consultorio. Me quedo solamente con la compañía de Laura. Estoy decidida a no hacer más el ridículo; es obvio que la respuesta de mi loquero me ha quitado, espero que de momento, la seguridad en mí misma. Desde la puerta le digo a la nena: –Chao, nos vemos, gracias por el capuchino –pero Laura se levanta del escritorio, se me acerca y dice: –¿Te puedo seguir en i********: o Tik Tok? Tienes Face? No lo puedo creer. La nena quiere ser mi amiga. –Claro, dale –le doy los datos de mis r************* , incluyo mi número de w******p, me despido nuevamente, tratando de disimular mi emoción y salgo del consultorio pensando en que, por ahora, la hija le va ganando la carrera al papá.
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