Iván
Era más fácil para mí decidir qué familia olfativa utilizaría en el siguiente perfume que sacaría al mercado, que analizar mis propios sentimientos. Pasé días ahondando en mi situación, poniendo en una balanza mi relación con ambas y me di cuenta de que todos tenían razón; una relación con Ivy no me llevaría a ningún lado. Miré mi reflejo en las baldosas mientras dejaba la espuma del champú correr por todo mi cuerpo.
Pensando, lógicamente, Ivy tenía mucho que perder, pero tenía claro que lo que sentía por ella, no desaparecería de la noche a la mañana. Llámese locura, amor u obsesión. Y, a pesar de todo lo sucedido, continuaba allí la incógnita de su identidad.
Ivy Fuentes. Su nombre no me decía nada, no me sentí aliviado de saberlo.
Salí de la ducha todo empapado, me sequé y coloqué un chándal y una camisa antes de subir al laboratorio. Abrí los estantes de materia prima y comencé a olfatear. Recorrí tantos países durante mis 33 años —tampoco el mundo entero—, al menos, los suficientes para contar con la amplia gama de ingredientes disponibles. Todo lo que necesitaba para formular la esencia que viniera a mi mente estaba en estos estantes o en los de la fábrica, excepto la esencia de rosa de mayo, de la cual solo me quedaba un frasco.
Armado con papel y lápiz, comencé a anotar fórmulas químicas.
En la perfumería no existe el ingrediente perfecto, y siempre que tomaba un componente en mis manos no reparaba en sí, combinaría o no, sino más bien en lo que quería transmitir.
Benjuí del Styrax —lo extraje yo mismo—, calone y pimienta negra. Sensual, lujoso y picante, con ese toque a brisa de mar que brinda el calone. Me acerqué al estante y tomé el último frasquito de aceite de la rosa de mayo que había guardado, cuando sonó el interfono con la noticia de que el señor Sanovan estaba abajo.
Seguramente, estaba allí, hacía ya mucho rato. La chica de recepción le tenía respeto, sobre todo sus bragas, cosa que su esposo no sabía, aunque también trabajaba allí.
—¿Terminaste de divertirte? —Se divertirá hasta el momento en que su esposo se entere. Es ex-militar.
—No la he tocado hoy —dijo alzando las manos—. El tipo estaba allí. ¿Qué tal el viaje?
—Todo listo.
—¿En serio me vas a dejar aquí para llevarte a la sosa? —No dije nada de inmediato, me rasqué la nuca con el bolígrafo mientras analizaba la formulación que acababa de anotar.
Acerqué el frasco con la esencia de calone a mi nariz y cerré los ojos para percibir el olor a brisa marina. Tan fresca como su olor.
—¿Iván, me estás escuchando?
Asentí.
—¿Te refieres a Summer?
—¿Summer? —Masculló, frunciendo el entrecejo.
—No tiene nada de sosa.
Comencé a mezclar todos los ingredientes que formarían la fragancia, tan concentrado que apenas y le prestaba atención a las cosas que decía Eric.
—Mejor te ayudo, no me haces ni puto caso.
—¿En qué piensas cuando la invitas a tu cama?
Taché y volví a elaborar la formulación. La pregunta llevaba dando vueltas en mi cabeza desde el aniversario de la empresa. Eric y yo no teníamos reservas al hablar de nuestras cosas; sin embargo, me estaba costando hablarle de lo que estaba sucediendo entre Summer y yo. Tanto como creer que sus intenciones con ella fuesen serias.
—¿Seguimos hablando de Summer? —Preguntó tomando las notas que había escrito para revisarlas. Asentí—. Nada. Sum luce como una niña de trece, atrapada en una mujer de veinticuatro.
—Veinticinco —corregí.
—¡Cómo sea! Es solo para un revolcón de una noche y nada más. Ni siquiera para presumirla una noche de fiesta.
Me quedé a medio camino de otro tachón cuando le oí. Yo ya lo había hecho. Sonreí ante el recuerdo de su rostro enojado cuando le hice poner aquel vestido, y su expresión de triunfo al dejarme sin habla. Continué en lo que estaba.
—Deja de hacerlo.
—¿Qué cosa?
—Summer, deja de invitarla a tu cama.
—¿Qué te pasa, Iván? —Tampoco le contesté esta vez—. Mejor me voy abajo a por un par de cervezas. A ver si refrescas que estás superraro, amigo. ¡Ah! Deberías sustituir el calone por bergamota.
—Sabes que no utilizo bergamota en los perfumes de verano —le recordé mientras salía del laboratorio.
No utilizaba bergamota en estos perfumes porque la idea era utilizarlos en verano. Algunos hacen que la piel se vuelva sensible a los rayos del sol provocando reacciones indeseables y eso, arruina por completo el concepto del producto.
Regresó al rato, con dos botellas de cerveza en una mano y mi teléfono en la otra.
—¿Te la llevaste a la cama? —Inquirió con burla al abrir una de las botellas y pasármela. Le di un trago, sintiendo el líquido helado hidratar mi seca garganta. Di una vuelta en el taburete antes de levantarme y caminar hacia él.
—¿De qué hablas?
Movió mi teléfono en su mano.
— “¿Buenas noches, Harper?” ¿Desde cuándo la sosa te envía mensajes de buenas noches?
—¿Quieres dejar de llamarla sosa? No seas infantil —dije al arrebatarle mi teléfono de las manos.
Revisé y efectivamente, el mensaje estaba allí. Dejé el teléfono sobre la encimera, agarré su cerveza y lo tomé del brazo para sacarlo de allí.
—¿Qué haces idiota?
—Sacarte de mi casa, ¿no lo ves?
—Pero, ¿por qué?
—Es tarde y mañana viajo. Recuerda mantener los ojos sobre, Vlad —dije alzando la mano para decirle adiós y dejarlo del otro lado de la puerta.
Agarré el teléfono y la llamé.
—Aló —contestó con voz somnolienta del otro lado.
—Es una videollamada. ¿Quieres sacarte el teléfono de la oreja?
Imágenes muy poco nítidas aparecieron en la pantalla debido a lo tenue de la luz en la habitación hasta que, al parecer, encendió la lamparilla de noche. Restregó sus ojos, bostezó y se colocó los espejuelos.
—Perdona, no esperaba tu llamada.
—¿Me mandas un mensaje de buenas noches, y no esperas que te llame? —Dije reparando en su nueva bata de dormir de seda azul.
—Podrías responder con un mensaje.
—Tenía que comprobar si debía envolverte en sábanas, pero veo que compraste ropa.
—Me gané un hada madrina —dijo moviendo su cabeza de un lado a otro como una niña. Enarqué una ceja. Tal vez, Eric no estaba del todo lejos de la realidad al decir que era una niña de 13 encerrada en un cuerpo de mujer.
“Bien que te gustó lo que te hizo la niña” —me recordó mi voz interna.
Todavía no entendía cómo ella podía… ¿Había tenido relaciones anteriores?
“¿De qué otra manera si no?”
—¡Shhh! —La acallé. Preferiría no preguntar.
—¿Qué pasa?
—Nada. ¿Todo listo para mañana? —Asintió—. En serio me preocupaba que no hubieses comprado ropa.
—No te preocupes, Harper. Mis maletas están bien, llenas de ropa. No estoy del todo loca. ¿Qué haces? —Preguntó al ver cómo me movía de un lado a otro para dejar todo en su sitio.
—Estaba trabajando un poco en un nuevo proyecto. Ahora debo dejarlo todo en orden, si no quiero perder el avance, o los de limpieza podrían dañarme la fórmula.
—¡Ah! ¿Es ese mi perfume? —Arrugó la nariz y me reí de su mueca.
—No.
Era una mentira un poco cierta, si es que eso tiene sentido. El camino a recorrer era un poco largo, a prueba y verdad. No sería suyo hasta obtener la fórmula definitiva, hasta que estuviese envasado y listo para ser rociado en su piel. Nos quedamos en silencio por unos minutos. La vi parpadear y bostezar un par de veces. Su cabello seguía siendo un caos sobre la almohada y ya no me molestaba mirarla. Ya no estaba viendo a la chica que solo era la secretaria y era un desorden consigo misma.
—Summer Lennox.
—¿Mmm?
—¿Cuántas veces has conocido el amor?
Mi pregunta la tomó por sorpresa. Sonrió vagamente y luego dijo:
—Es tarde. Buenas noches, Iván.
Evasivas —pensé.
—Buenas noches, Summer.
Me acerqué al estante de perfumes y tomé de allí Bewitch, una mezcla de pimienta, flor de loto y ámbar. Este estaría bien de momento.