Capítulo 4: Pequeña venganza

1903 Words
Summer Finalmente, habíamos logrado nuestro objetivo. Ese por el cual mi amiga había decidido adelantar su pase de un fin de semana en el hotel donde trabajaba. Sí, lograr que dejara de pensar en el trabajo, mi jefe y el imbécil de su amigo le había costado un poco; sobre todo después del encuentro en la piscina. Me rehusé a salir de la habitación con tal de no encontrarme al descerebrado de Eric rondando por ahí, mientras ella planeaba disfrutar de una noche de sábado en la piscina, la disco o cualquier rincón del hotel donde encontrase un barullo. No logró convencerme hasta que un par de colegas suyos llegaron a la habitación pidiendo salir, y con los ánimos, escalando el cielo. Me adentré tanto en la noche, la fiesta y la compañía que olvidé todo lo que me atormentaba. Saqué la parte de mí que se mostraba solo cuando estaba con amigos —lo que se reducía al minúsculo círculo de Hanna y… ¿Hanna? —Estás disfrutando, ¿cierto? Dime que lo he logrado Sum, por favor, por favor —pidió Nana con las manos en rezo y haciendo pucheros. —¿Acaso no se nota? —grité por encima de la música. Ella asintió más feliz que yo misma y cuando planeaba pedirle que fuéramos por algo para refrescar, una mano lo suficientemente grande apretó mi trasero. En milésimas de segundo me pregunté si se trataba de algún borracho, o simplemente otro de los idiotas de hormonas revueltas que nos encontramos al entrar. En cualquiera de los dos casos, podía asegurar que se llevaría un buen premio cortesía de mi mano. Sin embargo, el dueño de esa mano dispersó mis dudas situándose delante de mí. Haciendo que mi ira fuese in crescendo con su mera presencia. —De haber sabido que bailabas así te habría follado ese culito pomposo desde que entraste a la oficina, mi Sum. Eric y su boca sucia me tenían hasta los cojones. Bueno, yo no tenía cojones, pero… Su intento por mostrar una sonrisa seductora me hervía la sangre y entonces, algo hizo clic en mi cerebro. Estoy en un bar, sábado en la noche, lejos de Iván Harper. Mi mano contenta y agradecida voló hasta su rostro bonito de niño mimado, propinándole aquel golpe que llevaba deseando estamparle desde el momento en que abrió su boca en mi dirección. No contenta con uno, lancé otro, y otro, hasta que, de un momento a otro, estuvo tendido en el suelo conmigo a horcajadas sobre su regazo, golpeando su estúpida cara, su pecho. La inconfundible risa de Nana hacía eco desde algún punto que era incapaz de reconocer, la ira me nublaba y tal parecía que había tomado a este idiota por sorpresa. Alzó sus brazos para defenderse, deteniendo mis puños en el aire mientras yo, intentaba recuperar el oxígeno que había perdido. Lo observé con odio y el muy cabrón parecía excitado cuando me dedicó una sonrisa de medio lado. Su mano viajó a mi nuca y su boca a la mía. Intentó invadirme la boca con su lengua mientras presionaba mi cabeza para que no me saliera de su agarre. Se me ocurrió entonces permitirle el acceso. De no ser porque era un imbécil al que detestaba y porque mi corazón ya estaba tomado —aunque todo era unilateral— habría caído con ese beso. Era un odioso que resultó besar mejor de lo que creía, pero cuando creyó que ya me tenía ejecuté mi plan. El sabor metálico se hizo presente cuando, sin intención de ser delicada, clavé los dientes en su labio inferior. Lo único que conseguí fue una risa desde el fondo de su garganta mientras me besaba. ¡Maldito cabrón! Eric había decidido iniciar una guerra que había declarado con antelación en el peor de los lugares. Iba a marcarlo para que no le quedaran ganas de poner sus manos sobre mí nuevamente. Descendí mis manos por sus costados, clavando mis uñas en su piel mientras descendían hacia la bragueta de su pantalón. Gimió por lo bajo cuando bajé el cierre y alcancé una erección que apenas y comenzaba a cobrar vida a través de su bóxer. Lo tenía en mis manos. Y con ellas le haría gritar. Apreté. Cada nanosegundo que pasaba mi agarre se hacía más fuerte y el suyo, débil. Su boca y su mano me habían dejado libre mientras maldecía mi nombre para el deleite de todos en el bar. Pero mi mano seguía allí, ejerciendo presión y con cada grito que salía de su boca mi placer aumentaba. — ¡Maldita Summer Lennox! ¡Suéltame perra! Reí. En ese momento no me detuve a pensar siquiera por qué los de seguridad no se habían acercado aún. No es que estuviésemos en el bar de la esquina del barrio ni mucho menos. Pero estaba feliz cobrando mi pequeña venganza que por más de dos años había pospuesto. Feliz de que Harper no estuviese alrededor. —Tú nunca te detuviste cuando te pedí que me dejaras en paz, Eric. Ahora compórtate… Mi cuerpo fue propulsado en el aire y arrojado sobre el hombro de alguien que me trataba como si fuese una pluma. ¿Era tan liviana así? — ¡Suéltame! —Grité mientras me conducía fuera del bar. La cara de Nana revelaba diversión y, alzando una mano, me dijo adiós mientras era tomada por un desconocido —o al menos para mí— y llevada a través del largo pasillo hasta las instalaciones del exterior, cerca de la piscina. Poco le importaba a aquel tipo que le hubiese propinado un codazo en medio de la espalda, lo que, al parecer, terminó doliéndome más a mí que a él. Mi cabello volvía a ser el desastre de siempre, caía hacia el suelo acariciando su trasero y reprimí una risilla ante la imagen. Su trasero, joder. Era como un par de pelotas de yoga —no es cierto, estoy exagerando—. De igual modo, me provocó, y terminé azotando ese culo al tiempo que advertí: —No sé quién seas, pero más te vale soltarme en este instante, o si no… —Se me escapó un chillido cuando abrió mis piernas para colocarse entre ellas, mientras me arrinconaba contra uno de los pilares del pasillo. Mis ojos divagaban entre sus ojos cafés y su boca sonrojada y tentadora mientras me escudriñaba con su mirada. El cálido aliento de Iván Harper acariciaba la piel de mi mejilla y de mi cuello. Acercó su nariz y aspiró el aroma que emanaba de allí. Sus manos abrazaron mi piel, colándose por la parte baja del mi vestido. Cerré los ojos, había perdido los espejuelos y me resultaba trabajoso poder enfocar, aunque no era necesario. Sentir es una agudizada virtud de la que gozamos los de escasa visión y para este punto de la noche, yo solo sentía el aroma a cedro golpeando mis fosas nasales, el retumbar de mi corazón en respuesta a su contacto y la punta de su nariz rozar mi mejilla. —¿Si no qué? Señorita Lennox. ¿Se va a apoderar de mis pelotas como lo hizo con Eric, si la beso, si la toco? ¿No era consciente de que lo estaba haciendo ya, de que su aliento erizaba mi piel mientras continuaba hablándome en susurros? Claro que no, Iván no se percataría jamás de los estragos que su presencia causaba en mí. Nunca lo había hecho, nunca descubriría a Summer Lennox porque era demasiado ciego para hacerlo. Esta noche no sería la excepción. —¿A mí, señor Harper? ¿A la secretaria sin gracia y sosa? No sé si es consciente de que ya tiene sus manos poseyendo mi culo —intenté ser sarcástica, aunque no estaba segura de haberlo logrado. Pareció reflexionar mis más recientes palabras, mientras su ceño se fruncía y negaba. Perdí el calor de su aliento en mi piel, el agarre de sus manos se hizo inexistente y sus ojos nunca más me miraron, por lo que quedó de noche. Quería sacar aguja e hilo y castigar mis malditos labios, pero su cuerpo se desvanecía ante mi escasa visión, en una dirección totalmente opuesta a la que habíamos tomado para llegar hasta aquí. Ya era demasiado tarde. **** El lunes tocó nuestra puerta. Sé que esto es un problema internacional. Los lunes son los días más agotadores en todo el año, el trabajo de oficina se vuelve un caos y si es cuando trabajas con tu amor platónico como jefe… jefe —suspiré. Intenté olvidar todo lo relacionado con el fin de semana. Decidí no abandonar la positividad que me caracterizaba y así dejar de pensar en que, Eric, convencería a Iván de despedirme ese mismo día. Junté mis manos en rezo en cuanto las puertas del elevador se cerraron y oré al Altísimo por un poco de compasión hacia mi persona, porque en mi cabeza ya visualizaba la imagen de un ogro Harper echándome de la empresa. Para mi sorpresa, lo que recibí en cuanto abrí la puerta de su oficina fue todo lo contrario. Me sorprendió que no me corriera por el asunto con Eric. Más increíble fue que no lo mencionara en toda la mañana mientras entraba y salía de su oficina, y cruzaba delante de mi buró sin siquiera mirarme. Cuando entré por primera vez en el día a su oficina (a primera hora de la tarde) temí que hubiese tomado la decisión. Pero en su lugar dijo: —Acércate. Me acerqué un poco reticente. No podía confiar en sus expresiones, aunque las más relajadas nunca estuvieron dirigidas hacia mí. —No lo pude evitar. Él lo provocó todo. Estaba en el lugar ideal, lejos de la empresa, de ti… de usted —corregí—. No es justo que lo sucedido fuera perjudique mi empleo. Hizo una fina línea de sus labios, claramente en un intento por contener una sonrisa y me relajé, pero solo un poco. —¿Crees que te despediré por lo que le hiciste a Eric? —Sé que lo hará si se lo pide. —¿Eres consciente de que él es socio y dueño de esta empresa? —Y usted el presidente ejecutivo —murmuré. Mi destino ya estaba echado junto a mi suerte, mi mala suerte. Sin embargo, si era preciso rogarle, lo haría. —Por favor, señor Harper. No puedo perder este empleo. —¿Por qué? —Tengo alguien que depende de mí. Volteó el rostro e hizo una pausa, una muy larga. —¿Te arrepientes? —Lo volvería a hacer. —¿Te gusta Eric? —¡Ni de coña! —llevé mis manos a la boca al percatarme de lo que había dicho, y él solo movió sus cejas arriba y abajo un par de veces. —Relájate, Lennox. No te he llamado para eso. Desconcierto, felicidad, asombro… La verdad no estoy segura de que fue lo que vio en mi cara, pero lo que haya sido hizo que Iván Harper pusiera sus manos otra vez sobre mí. Sin embargo, nada comparado a como lo hizo la última vez. Me tomó de los hombros y con un simple giro me situó delante de un enorme bulto de archivos. —Arregla esos. ¡Ah! Léete algunos, a ver si así aprendes algo del mundo para el que trabajas de una vez.
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