Capítulo 10: Su casa

1287 Words
Iván —¿Vas a volver a Francia? Asentí, terminando de poner los platos sobre la encimera. Todos los años visitaba el país en diferentes épocas. Me gustaba utilizar las flores de Grasse y sus técnicas de producción eran las que más empleaba. Este año los cultivos de la Rose de Mai estaban a punto de florecer y me gustaba formar parte del proceso de recolección. Además, me servía para visitar viejos amigos de la universidad. —Entonces, ¿por qué no llevas contigo a tu secretaria en lugar de a Eric? —Lo que sea que tengas en tu cabeza, olvídalo. —Iván, no tengo nada en mi cabeza. Es lógico que hagas un viaje de negocios con tu secretaria —entrecerré los ojos al mirarla mientras me sentaba en el taburete y esperaba a que terminara de colocar las cosas para comenzar a comer. —Clarita, te conozco demasiado. —Y si así fuera, ¿qué? Tengo derecho a preocuparme por ti. Es mi obligación, mi deber y lo que decidí hacer desde que tu padre se fue. —¿Por cuánto tiempo conoces a Summer? La has visto solo unas pocas horas y ya crees que es la mujer ideal. —El suficiente para saber que tú y ella tienen más en común de lo que crees. Además, al menos a ella la he visto. ¿O qué? ¿Me vas a decir que tiene sentido obsesionarse con una mujer que no conoces? Seis meses, Iván, seis putos meses y aún se niega a revelarte su identidad. Es que no me puedo creer que en todo este tiempo no hayas tenido la oportunidad de ver su rostro completamente, aunque sea “accidental” —hizo comillas con sus manos. —Pensaba invitarla. —¿Estás loco? ¿Qué? ¿Piensas caminar por todo Grasse con una mujer que lleva el rostro cubierto? —no dije nada. Me quedé pensando en que, obviamente, no estaba dispuesto a exhibir una mujer sin rostro mientras empezábamos a comer—. Me gustaría que recapacitaras y te alejaras de esa mujer. Una persona como ella no puede ser buena. —Lo es, algo en ella me dice que lo es. —Yo sigo votando por Summer, me parece tu mejor opción. Mi mejor opción. Sopesé la idea en mi cabeza. El impulso de besarla vino de la nada —o más bien, de esos sueños perversos y sin sentido. Me arrepentí de haberlo hecho en cuanto salí del bar tras ver a Ivy. Ella era todo un volcán en la cama, Summer, en cambio, era… ¿Pasional? O al menos así sentí ese beso. ¿Pasional? ¿Lo dices solo por un beso? La verdad es que no terminaba por conocer a ninguna de las dos. —La besé. —¡Ves! Tengo razón —bajó su tenedor y me miró. La inconfundible mirada de “me cuentas o me cuentas” de Clara Bell. —Hay algo en ella, no sé qué es, pero le noto cierto parecido a Ivy. Aunque en el exterior no lo parezca. —¿Exterior? Espero que no le hayas dicho algo así. La pobre ya tiene suficiente con que su jefe y todos se burlen de ella. —Ella lo sabe todo. Sobre Ivy y yo, lo sabe todo. —¿También sabe que es una mujer sin rostro? Asentí y le conté como Eric y yo, no teníamos reservas al hablar de nuestras vidas delante de ella mientras recogíamos la cocina. Siempre se había comportado de manera inexistente, o tal vez así lo percibíamos; solo la secretaria. Vimos una película y antes de que entrara la tarde noche, se marchó. Pero cuando estábamos esperando el elevador que la llevaría hasta la planta baja, le pregunté sobre aquello que había dicho durante nuestra conversación y estuvo dando vueltas en mi cabeza durante toda la película. —Antes dijiste que Summer y yo teníamos más en común de lo que creía. ¿A qué te referías? —Sus madres, Iván. Tu madre. Summer No lo vi más después de ese beso. Después de dejarme en casa antes de irse a verla a ella. Procuré no pensar en ello, al menos no tanto. Está de más decir que fracasé. ¿Pero quién no lo haría? Pasó una semana fuera de New York en un viaje de negocios y yo me quedé ataviada de trabajo acatando las órdenes de Eric. Agradecí la carga porque la mayoría requería desplazarme por la ciudad y estar lejos de Eric. Este año, Iván viajaría a Francia como todos los demás, y Eric estaba tan enfrascado en el trabajo y en dejar todo en punta para no tener preocupaciones, que casi no fastidió. Mi única preocupación era que cuando ambos se iban —aunque continuaban manejando la empresa a la distancia—, Vladímir era quien daba la cara por la empresa y ese tipo y su secretaria no me caían nada bien. —Adelántate, Summer. Ya subo —dijo, Eric, al dejarme frente a la oficina. Bajé del auto y cerré la puerta, pero casi me quedé sin ropa en plena calle cuando arrancó el coche y la parte baja de la falda se quedó atascada en la puerta. —¡Maldito, Eric! No haces más que traerme mala suerte —murmuré haciendo un puño con mi mano de la parte arruinada. Me encaminé dentro y piqué el botón del elevador. Me resultaba difícil manejarme con una mano tapando el caos de mi saya, y un bulto de carpetas en la otra. Por suerte, no tenía que compartirlo, así que dejé esa mano libre para ayudarme con las carpetas y en el espejo evalué el desastre. Un verdadero desastre. Al menos, no se había rajado completamente. —¿Nueva moda? Su voz me tomó por sorpresa. Me quedé mirándole, parecía un jefe relajado en su camisa de seda negra a juego, con su pantalón de vestir y el cabello castaño, todo húmedo y revuelto. Se recostó contra la pared del ascensor y sacó su móvil para ver algo allí. —¿Cómo van las cosas aquí? ¿Está todo listo para mañana? Mañana. Era el quinto aniversario de la empresa y los preparativos para la celebración fue una de las tareas que más me hizo moverme. —Sí. El salón ya está listo. —Cancélalo. He pensado en algo diferente, así que tendrás que mover todo. Esta tarde. No puede estar hablando en serio. —¿Y, hacia dónde se supone que tengo que mover todo? —pregunté cuando se abrieron las puertas del ascensor y salimos. Quería cortarle la reproducción por hacerme trabajar de más. —A mi casa —soltó, e inmediatamente se detuvo, haciendo que chocara contra su espalda y todas las carpetas cayeran al suelo. Me agaché para recogerlas, pero me las arrebató de las manos—. Cúbrete. Cúbrete —me burlé en mi mente. Lo seguí hasta mi buró, dejó las carpetas sobre el, y antes de perderse en su oficina dijo: —Avisa a todos que la celebración será mañana en casa. En la piscina. Estuve más de medio día ocupándome del asunto. Emití un comunicado a toda la empresa con la información del cambio de hora y el lugar de la fiesta. Muchos se quedaron pasmados al enterarse de que sería en la casa de uno de los jefes. No, del CEO de la empresa. ¡No, pues hasta yo! Su casa. Eso no era una casa. Yo vivía en una casa. Él vivía en un palacio del siglo XXI —un Penthouse, vamos. Nunca había estado allí, pero tenía entrevistas publicadas en revistas mostrando parte de su… casa.
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