Alicia hizo un esfuerzo por ocultar la inquietud que la mirada de Guillermo le provocaba. De verdad, esperaba que ese hombre no fuera el mismo que la rescató. No quería estar en deuda con alguien que le hiciera temblar con solo escuchar su voz.
—El placer es mío, encontrarme con dos mujeres tan hermosas no sucede todos los días —respondió Guillermo tras un largo silencio, sin apartar los ojos de Alicia—. Lastimosamente, tengo que conformarme con sentarme delante de Joaquín y tratar asuntos de negocios —agregó con un tono jovial e informal.
Alicia no tenía una vasta experiencia con los hombres, pero sabía reconocer cuando alguien intentaba flirtear con ella. Además, Guillermo no era nada discreto. Su mirada le recordaba los ojos de un cazador.
—¿No ha llegado aún? —preguntó. Él giró el rostro con elegancia, liberando a Alicia de su penetrante mirada.
—Joaquín se encuentra en la terraza, conversando con mi hermano. Si gusta, puedo guiarlo —se ofreció Alicia con tono cortés, pero profesional. No quería arriesgarse a dar una mala impresión, sobre todo, si el hombre era un cliente importante para la agencia.
—Por favor —murmuró Guillermo, extendiendo la mano para que Alicia fuese delante de él.
Todo estaba saliendo justo como lo quería.
—Con su permiso, señorita Aguirre —se disculpó, despidiéndose de Lorena, yendo detrás de Alicia.
Guillermo no podía apartar la mirada de esas perfectas curvas. Su figura decía mucho de ella, pero nada era suficiente. El magnate del ron quería descubrir todos los secretos de Alicia, añoraba descubrir quién era ella en realidad. Y deseaba hacerlo en su cama.
Se había fijado un objetivo y no iba a echarse atrás hasta tenerla enredada entre sus piernas, haciéndole el amor hasta escuchar a Alicia gritar su nombre, perdida en el éxtasis del placer.
—Lo siento —dijo Alicia, deteniéndose abruptamente, haciendo que Guillermo chocara contra su cuerpo. Pudo evitarlo, pero no quiso hacerlo. Y sentir el temblor de Alicia solo alimentó su deseo.
—¿Pasa algo? —preguntó casi de manera inocente, apartándose de Alicia, sin soltar su cintura.
—He olvidado una carpeta en la mesa. Perdone, enseguida estoy con usted —se apresuró a decir.
Guillermo no se movió, observó a Alicia huir y volver antes siquiera de empezar a extrañarla.
—¿Todo bien? —preguntó él, caminando a su lado hasta llegar al sillón donde Joaquín y Santiago conversaban.
—Señor Urrutia —saludó Joaquín, poniéndose de pie. Liberando a Alicia de responder.
—Señor Torres, es un placer volver a verlo —dijo, estrechando la mano de Joaquín.
—El placer es nuestro —aseguró el empresario, viendo a Alicia—. Supongo que ya ha conocido a la nueva asistente de mi esposa —dijo, señalando a Ali.
—Ha sido un verdadero placer volver a ver a la señorita Vidal —respondió Guillermo.
Las alarmas de Alicia se encendieron cuando Santiago le dedicó una mirada interrogante.
—Ustedes, ¿ya se conocen? —preguntó Joaquín, viendo a Alicia.
Ella no sabía qué responder. Podía desmentirlo, pero sería arriesgarse a llamarlo mentiroso, aunque… no tenía nada de malo. Ella no lo recordaba.
—Lo siento, señor Urrutia, debe de estar confundiéndome. No recuerdo haberlo visto antes —dijo, entregando a Joaquín la carpeta que traía entre las manos. Sentándose en el lado contrario a Guillermo.
Él se limitó a sonreír.
—Debe ser, aunque… no creo que se trate de una confusión. Es imposible olvidar un rostro como el suyo, señorita Vidal —dijo. Su tono era ronco y profundo.
Alicia tragó en seco.
—Si no les importa, yo me retiro. No quiero hacer esperar a Lorena —se disculpó Santiago luego de saludar a Guillermo, rompiendo la tensión en el ambiente.
Alicia, por el contrario, no pudo escapar y estuvo más de una hora bajo el escudriño de Guillermo. Aunque el magnate hablara de negocios y asintiera a las propuestas de Joaquín, no dejó de prestar atención hasta el más mínimo movimiento de Alicia.
—No se diga más. Mañana a primera hora mi esposa y todo el equipo llegarán a la Cúpula de las nubes para dar inicio a las grabaciones —declaró Joaquín, poniéndose de pie, tendiéndole la mano a Guillermo para dar por terminada la conversación.
—Se lo agradezco, señor Torres —expresó Guillermo, asintiendo con la cabeza como despedida.
—Quédate y recibe las instrucciones del señor Guillermo, Ali. Gaby va a necesitarlo.
Alicia sintió un ligero escalofrío en su columna. Podía culpar al viento frío que sopló en ese instante, pero ella sabía que no tenía nada que ver con el clima de la zona.
Era ese hombre con mirada de halcón quien lo provocaba.
—Sí, como digas —respondió. La voz le tembló.
—Gracias, Ali, eres un amor.
Joaquín se alejó con la tranquilidad de saber que hay alguien capaz y competente al lado de su esposa; sin imaginar que, lo último que Alicia quería era quedarse a solas con Guillermo Urrutia.
El silencio que reinó en la terraza solo era roto por el viento de aquella noche fría. El cielo estrellado y la luna llena iluminaban a la pareja, como si estuvieran en una cita romántica.
Guillermo no apartaba la mirada de Alicia.
—¿Va a verme toda la noche, señor? —preguntó ella, haciendo a un lado ese malestar que le provocaba el magnate.
Alicia debía olvidarse de que no era una niña, ni una mujer sin experiencia. Ya había estado casada y con un hombre nada bueno. Así que, de algo, tenía que servirle. ¿Por qué dejar que otro hombre, un recién aparecido, la intimidara con solo una mirada?
—¿Vamos a seguir jugando este juego, Alicia? —preguntó. La manera de pronunciar su nombre hizo que la garganta de Alicia se le secara—. ¿De verdad quieres que finja que no nos conocemos?
Alicia dio un paso atrás cuando él avanzó en su dirección.
—No sé de lo que habla, señor. Y nuestro trato es meramente profesional. Si tiene algún problema, hágaselo saber a mi jefe —pidió ella con el poco valor que le quedaba.
Alicia estaba convencida de que su falta de mundo le hacía tartamudear frente a un hombre como Guillermo.
Él no era un muchacho, era un hombre en todo el sentido de la palabra. Tenía labia y sabía seducir. Alicia admitía que había algo muy atrayente en Guillermo. Era como un imán, y ella el hierro que debía resistir.
—Si es lo que quieres…
—Tú no eres ese hombre —lo interrumpió Alicia.
—¿Prefieres que no lo sea? —preguntó Guillermo, estirando la mano, tocando casi con timidez el rostro de Alicia—. ¿Lo olvidaste, Alicia?
Ella tragó saliva.
—Te juro por mi vida, que no tengo ningún problema en hacerte recordarme —prometió, acercándose lentamente.
Alicia cerró los ojos cuando el aroma de la menta golpeó su nariz. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué le permitía a este hombre llegar tan lejos? Su debate le hizo apartarse o, por lo menos, lo intentó.
Guillermo tomó la cintura de Alicia y la atrajo contra su pecho. El aire entre ellos desapareció y el roce de sus labios se convirtió en un incendio imposible de frenar. El beso, que inició siendo tierno, pronto se tornó voraz, exigente. Con una urgencia que les robaba la respiración.
Alicia intentó apartarse ante la fuerza que la sorprendió, pero Guillermo no la dejó escapar. Presionó sus labios con hambre y necesidad. El sabor de la menta se mezcló con el vino que Alicia bebió minutos atrás. La fusión creó una sensación de vértigo, que la hizo aferrarse con fuerza al cuello del magnate.
Cada caricia de la lengua de Guillermo encendía chispas que recorrían su piel, hasta erizarle los vellos de la espalda, arrancando un suspiro entrecortado. Alicia jamás había sido besada con tanta pasión. El calor de sus cuerpos pegados, el latido acelerado de ese beso ardiente que prometía consumirlos por completo.
Un gemido bastó para que la razón tomara de nuevo el control. Alicia se apartó de Guillermo con tanta violencia que chocó contra el sillón donde antes estuvieron sentados.
Se limpió los labios con la manga de su abrigo, como si de esa manera pudiera borrar el caliente beso que recién experimentó. Su corazón latía acelerado y sus labios hormigueaban. Miró a Guillermo y, sin decir ni media palabra, se marchó de la terraza.
La humedad entre sus piernas hacía que cada paso fuera incómodo, pero no se detuvo hasta llegar a su habitación. Apenas cerró la puerta, se recargó contra la madera. ¿Qué demonios había sido eso? ¿Por qué le permitió a Guillermo llegar tan lejos? ¿Cómo era posible? ¡Aún no era una mujer libre! ¿Cómo pudo ser capaz?
Tantas preguntas atormentaban su cabeza, pero la conciencia solo podía gritarle una respuesta. ¡Le había gustado!
A la mañana siguiente, Alicia fingió que lo de anoche solo había sido un sueño, el resultado de unas copas de vino y nada más. Dejó el hotel en compañía de Gabriela, Lorena y Santiago. El equipo técnico se adelantó tras darles la dirección exacta del lugar a donde tenían que llegar.
La cúpula de las nubes era uno de los lugares más altos de las montañas en Quetzaltenango. Un lugar donde el tiempo parecía detenerse. Quizá era el aire frío y limpio que se mezclaba con la fragancia de la tierra y de los pinos. Los campos se extendían por las laderas y el cielo era de un azul intenso que solo se podía apreciar pocas veces en la vida.
—Estas son las bodegas donde reposamos el ron. —Alicia tembló al escuchar la voz de Guillermo mientras él se limitó a mostrarles el camino hacia las bodegas.
Él actuaba como si nada hubiese pasado, lo que hizo que Alicia se confiara. Tal vez… todo era un sueño. Un producto de su imaginación.
—Hace un poco de frío —susurró Alicia casi sin pensarlo.
—¿Un poco? Se me está congelando hasta el alma —respondió Lorena en el mismo tono cómplice.
Alicia sonrió, un gesto que no pasó desapercibido para Guillermo. Después del beso compartido, decidió darle una tregua. No quería espantar a su presa antes de encajarle los colmillos.
—Por favor, entren —pidió Guillermo, abriendo la puerta. Los cuatro entraron sin dudarlo. La cabaña era pequeña, pero cálida. El olor al café recién hecho golpeó la nariz de Alicia. Ella dejó escapar un suspiro e, instintivamente, cerró los ojos, recordando las mañanas en la hacienda.
Pero la voz de Guillermo la trajo de regreso a la realidad. Lo miró quitarse los guantes de las manos y aproximarse a la cafetera.
—Lo haré yo. —Alicia no tenía ni idea de qué fue lo que le llevó a ofrecerse. Tal vez era el frío o el recuerdo de sus momentos en la hacienda. No sabría decir.
Aun así, no fue eso lo que le sorprendió, sino la sensación de electricidad que sintió cuando su mano chocó contra los dedos de Guillermo.
—Lo siento —murmuró apartándose discretamente.
Guillermo maldijo tener tanto público, de otra manera, no le habría permitido alejarse. Alicia Vidal estaba convirtiéndose en una maldita obsesión. El beso de anoche, solo reforzó lo que ya sabía. La quería para él.