04. ¿Qué demonios crees que haces?

2530 Words
Alicia sirvió seis tazas de café y las entregó una por una, preguntándose: ¿qué diablos hacía? ¿Por qué insistió tanto en ayudar? Ella no trabajaba para él y era Guillermo el anfitrión. Su deber era atenderlos o tener a alguien disponible para hacerlo. Además, era mejor si se mantenía alejada de ese hombre, no le agradaba lo que le hacía sentir cada vez que la miraba. Esa sensación de cosquilleo en su columna le incomodaba. —¿No bebes café? —La voz de Guillermo parecía tener un maldito imán para atraer la atención de Alicia. Incluso para hablar cuando todo lo que tenía que hacer era quedarse al margen. —Perdóname, Lorena, se me ha olvidado que el médico te ha prohibido la cafeína —dijo, dándose cuenta de su error cuando Guillermo interrogó a Lorena. Su cuñada la miró. —¡No! No está enferma, pero ha tenido algunos problemas para conciliar el sueño en estos días. Deben de ser los nervios. Este proyecto no es un juego para ninguno de nosotros, señor. Alicia se mordió el interior de la mejilla. ¿Por qué hablaba tanto? Parecía una perica parlanchina cuando Guillermo estaba cerca. ¿Eran nervios? ¡Dios! ¿Qué demonios le pasaba? Guillermo le regaló una mirada ardiente antes de responder: —Entiendo, también tengo té si lo prefiere. Alicia no se movió, esta vez no cayó en el juego y dejó que Guillermo resolviera. Pero el tiempo que transcurrió entre café, té y pláticas mientras esperaban por Mauricio. Ella sintió la mirada penetrante del magnate. Su nuca hormigueaba y cuando discretamente buscó su mirada, lo encontró observándola con esos ojos de halcón que le… ¿Gustaba? Alicia negó y agradeció la llegada de Mauricio. Fue la excusa perfecta para alejarse de Guillermo. Se concentró en el trabajo, estando todo el tiempo junto a Gabriela. —Ali, ¿estás bien? —preguntó Gaby mientras esperaban a que Lorena y Santiago terminaran de vestirse para dar inicio a la sesión de fotos de esa mañana. —Sí, ¿por qué lo preguntas? —cuestionó Alicia, evitando su mirada. Fingiendo hacer algunas anotaciones en la tableta. —Te noto un poco alterada. ¿Siguen los problemas con Simón? —preguntó. Alicia negó. —Estoy a nada de recuperar mi libertad. Supongo que eso debe de ser. Luego de tantos años… —dijo, haciendo una pausa—. Es extraño. —No pienses en lo que perdiste, Alicia, sino en lo mucho que ganarás. Eres dueña de tu vida y de tus decisiones. Pero si aceptas un consejo, no dejes de sonreír. No sabes quién puede enamorarse de tu sonrisa. Alicia tragó y discretamente buscó a Guillermo, parado bajo la sombra de un pino. Él no la miraba, concentrado en la escenografía que se montaba fuera de las bodegas. Aprovechando su distracción, Alicia lo estudió con calma. Era alto, un metro noventa, quizá, y su complexión era atlética. Era un hombre que sabía cuidarse. Tenía una barba ligeramente blanca, ¿cuántos años tenía? La curiosidad le hizo apartarse de Gaby, se sentó sobre una pequeña roca y buscó información sobre Guillermo Urrutia. —Si hay algo que quieras saber, puedo contártelo todo —dijo él, susurrándole al oído. La sorpresa y la cercanía de Guillermo hizo que Alicia diera un pequeño brinco y resbalara de la roca. No cayó al suelo, sencillamente porque él no se lo permitió. La sostuvo de la cintura. El calor de las manos de Guillermo quemó la piel de Alicia sobre la ropa. Ella se sonrojó visiblemente no solo por ser descubierta buscando información sobre él, sino por la cercanía entre ellos y por el cálido aliento que rozaba su mentón. ¿Iba a besarla? —¿Te gustaría que lo hiciera? —preguntó Guillermo con una sonrisa torcida. Alicia tragó en seco. —¿Piensa acosarme todo el tiempo, señor Urrutia? —cuestionó en su lugar. Él volvió a sonreír y las bragas de Alicia casi cayeron al suelo. Ella se pasó la lengua por los labios secos. —No hagas eso —murmuró Guillermo, acariciando el labio de Alicia. Ella se quedó de piedra—. Es mejor un mentol, el aire frío solo hará que los labios se te agrieten y entonces, será doloroso si te beso. Alicia dio un paso atrás, alejándose de él. —No, no sonrías, Lorena —la voz de Mauricio hizo consciente a Alicia que era hora de trabajar. No dijo nada, se alejó de Guillermo en silencio. Alicia miró a Gabriela, absorta en el paisaje y en la sesión de fotos, no pareció darse cuenta del intercambio que tuvo con Guillermo. Lo cual, agradeció. —Levanta un poco el mentón y acomódate mejor sobre la roca —el tono profesional de Mauricio hizo que prestara atención. Había llegado para trabajar, no para conversar. Alicia se concentró en el trabajo e ignoró la sensación ardiente que sentía en la espalda. Apostaba una yegua a que Guillermo la observaba. —El ron no se bebe. Se conquista —dijo Mauricio, y allí estaba ella, buscando la reacción de Guillermo a esas palabras. Él se limitó a sonreír, no era para ella. Lo hizo, en general, complacido del trabajo. Horas más tarde, se trasladaron hacia las bodegas. El ambiente era más cálido de lo que Alicia se hubiese imaginado. Las barricas eran hileras alineadas perfectamente y se alzaban como columnas hasta el techo. El aire era una mezcla de madera y alcohol envejecido por los años. Cuando se tomaba un ron, Alicia no tenía ni ideas del proceso que llevaba ni de los años que pasaba en la barrica para tener ese exquisito y tentador sabor. Ahora podía darse una idea. Entre más viejo, más añejo. El pensamiento la sobresaltó, aunque… ella hablaba del ron. —Es tu turno, Santiago —indicó Mauricio, listo con el lente. El hombre de chocolate, estaba deseoso de terminar el trabajo y correr al hotel. Había recibido un mensaje de su amor y odiaba hacerlo esperar. Aunque Daniel entendía que trabajo era trabajo y que la responsabilidad estaba primero. Mauricio aprovechaba al máximo el tiempo que pasaban juntos en la ciudad. —Arremanga las mangas de tu camisa —pidió Alicia al notar que algo faltaba luego de desabotonarse los primeros botones de la camisa. —Aprendes muy rápido —murmuró Mauricio solo para ella. Alicia le dio un ligero asentimiento, marcando en la tableta la guía planificada para ese día. Estaban a nada de terminar y dejar la cúpula de las nubes para volver al hotel. A poco tiempo de alejarse de Guillermo Urrutia. —Muy bien, ahora camina hasta detrás de la última fila de barricas y corres lentamente por el pasillo, acariciando la madera, como si quisieras hacerle el amor. Alicia se apartó dando varios pasos, alejándose de Santiago para no estorbar. Los disparos de la cámara fueron captando uno a uno la escena deseada. Santiago no era profesional en el modelaje, pero lo estaba haciendo muy bien. Alicia no podía sentirse más orgullosa de su hermano. Además, se veía realmente feliz, como no recordaba haberlo visto jamás. Lorena le hacía tanto bien, que esperaba que ese amor sí fuera para toda la vida. —Aquí es donde el ron se vuelve pasión —murmuró Guillermo detrás de Alicia, viendo a Santiago. Mientras otra imagen era inmortalizada. El susurro hizo que la piel de Alicia se erizara, se apartó antes de llamar la atención sobre ellos y se alejó. Alicia solo esperaba terminar con ese trabajo y volver a la ciudad para olvidarse de ese hombre que amenazaba la poca estabilidad y libertad que apenas empezaba a recuperar. Por suerte, el resto de las grabaciones pasaron con prisa y sin la presencia de Guillermo, todo fue más fácil. El sábado, cuando el equipo volvió a la ciudad, Alicia se despidió de todos para volver a La Escondida. Llevaba prisa para encontrarse con su hija. Una semana era una eternidad y durante el día, evitaba pensar en ella hasta por las noches cuando la llamaba. No quería extrañarla hasta el punto de volver y correr a su lado. No quería fallarle dos veces, no cuando Diana la había impulsado a ir a la ciudad. Si su hija podía hacer ese gran sacrificio, ¿por qué iba a arruinarlo? Alicia hizo una parada en el centro comercial para comprarle algunos regalos. No sabía qué comprarle. Diana amaba el campo y a los caballos. Lo pensó durante varios minutos mientras caminaba por el centro comercial. Se detuvo frente a una tienda de estilo western. Sonrió, claro, que podía encontrar el regalo perfecto para su hija. Cuando salió, lo hizo con cuatro bolsas en las manos y una sonrisa en el rostro. Tenía la seguridad de que Diana iba a amar sus regalos. Alicia dejó las bolsas en el asiento de atrás de su auto justo cuando el teléfono sonó. —¡Hola, mami! ¿Recuerdas qué día es hoy? —preguntó Diana, apenas la llamada conectó. Alicia se mordió el labio. —¿Sábado? —respondió ella con otra pregunta. —¡Síiii! Estoy esperando verte para contarte mis nuevas hazañas. ¡El abuelo Marcelo me ha regalado una nueva yegua, mamita! Y acaba de nacer. El corazón de Alicia se estremeció. —Estoy ansiosa por conocerla, cariño —dijo, sosteniendo el teléfono con el hombro para buscar las llaves en su bolso. —Te vas a enamorar, es preciosa. —Estoy segura de eso, cariño. Te veo en unas horas, mi cielo. Te amo. —También te amo, mamita, te estaré esperando. No demores —el corazón de Alicia se estrujó con fuerza dentro de su pecho. Con su divorcio, Diana era la más afectada; sin embargo, no era su culpa. Simón nunca se detuvo a pensar que sus infidelidades iban a terminar en separación. Él había dado por hecho que siempre estarían juntos. Un maldito seguro de vida. Así era como ese miserable la había visto siempre. ¡Inclusive pidió prestado a escondidas! Y la que tenía que sufrir era Diana. Con enojo guardó el teléfono y abrió la puerta del coche para darse prisa, pero no llegó a subirse. Una fuerte mano le impidió entrar. Ella se giró para enfrentarse a su atacante, quedando frente a frente con Simón Arteaga. —Por fin te encuentro, Alicia —dijo Simón, apretando el brazo de Alicia con tanta fuerza que la hizo gemir de dolor. —Suéltame —le pidió ella, intentando liberar su brazo, pero su acción solo consiguió que Simón la apretara más fuerte. —No. Tú y yo tenemos que hablar. —¿Hablar? —se burló Alicia, cerrando la puerta del coche—. Tú y yo no tenemos nada más que decirnos, Simón. Y si necesitas saber del proceso de nuestro divorcio, llama a mi abogado. —¡No quiero divorciarme, Alicia! Estás siendo egoísta con Diana. —¿Egoísta? —preguntó Alicia, empujándolo lejos de ella—. ¿Quién demonios crees que eres para llamarme egoísta, Simón? ¡Fuiste tú quien arruinó lo nuestro! —gritó furiosa. Alicia apretó los puños y sonrió. —Ni siquiera hubo un "lo nuestro", Simón. Diana, mi familia y yo, solo representamos beneficios para ti. Todo fue planeado, ¿verdad? ¿Desde qué nos conocimos, solo fingiste quererme? Simón la miró y negó. —No fue así, Alicia, pero luego tú saliste embarazada y mi vida cambió. —¡¿Y qué hay de mí?! —gritó—. Mi vida también cambió, Simón, pero a diferencia de ti, yo dejé de vivir para dedicarme a Diana y a ti. —Alicia. —Hice mucho por ti, renuncié a muchas cosas para beneficiarte y mira cómo me pagaste. —Soy hombre, Alicia. —¿Y eso te dio derecho a engañarme? —Entiende, Alicia. Eres mujer, no puedes soñar con que alguien más te quiera. Tienes una hija, ¿de veras eres tan tonta como para pensar que un hombre va a interesarse en ti? —Simón… —Nadie, escúchame bien, Alicia. Nadie te hará sentir como yo —dijo, acariciando el mentón de Alicia. —Tienes razón, estar contigo es lo mismo que estar sola. ¡Tuve más placer en la ducha que contigo en la cama! Los ojos de Simón brillaron con peligro, levantó el puño con toda la intención de golpear a Alicia. No era la primera vez que lo hacía, en los últimos meses de su matrimonio. La violencia de Simón crecía cada vez que se veían. Sin embargo, esta vez no tuvo ninguna oportunidad de tocar a Alicia. El puño de Simón fue atrapado por una mano fuerte y el gruñido animal que se escuchó hizo que Alicia abriera los ojos que, por instinto, había cerrado. —¿Qué demonios crees que haces? —gruñó Guillermo con los dientes apretados y los ojos encendidos de furia. Retorciendo el puño de Simón. —Suéltame —pidió Simón con el rostro desfigurado por el dolor—. Este no es tu maldito asunto —gimió. —Todo lo que tenga que ver con Alicia me importa —respondió, doblando más la muñeca hasta dejarla en una posición lamentable. —¡Ella es mi esposa! —gritó. Simón estaba seguro de que su muñeca iba a romperse, de continuar bajo la presión del hombre. Miró a Alicia, esperando a que ella interviniera. —Tu exesposa, querrás decir —respondió Guillermo, dedicándole una seria mirada a Alicia. —Señor… —Sube al lado del copiloto, Alicia —le ordenó Guillermo. Su tono no dio lugar a réplicas y Alicia no lo hizo. Obedeció. Su cuerpo temblaba como una hoja, no de miedo, sino de indignación por la osadía de Simón y de nervios al ver a Guillermo ahí, defendiéndola. ¡¿La estaba siguiendo?! Ella lo miró a través del oscuro cristal de la ventanilla. —Si aprecias tu vida un poco, aléjate de Alicia o, la próxima vez, te aseguro que nadie encontrará tu cuerpo —prometió. La amenaza hizo que Simón casi se meara en los pantalones. Se soltó del agarre de Guillermo, solo porque el magnate se lo permitió. Él subió al coche y miró a Alicia. —¿Estás bien? —preguntó. Ella asintió. —¿Qué haces aquí? ¿Me estás siguiendo? —preguntó Alicia. Su corazón latió acelerado, miró a Guillermo, esperando una respuesta. —Me gustaría mentirte, pero odio las mentiras, Alicia. —Entonces, ¿por qué estabas aquí? Guillermo puso el motor en marcha, sus dedos se cerraron sobre el volante, pero no escapó de la pregunta. —Vine con Isaac, tendré que darle las gracias por traerme al centro comercial —dijo, mirando de reojo a la joven. —¿Isaac? ¿Quién es Isaac? —preguntó Alicia, sintiéndose incómoda por la escena que Guillermo acababa de presenciar por culpa de Simón. Hablar de cualquier cosa era mejor que explicarle lo que vio. —Ah, Isaac es mi hijo… Inesperadamente, la decepción golpeó el corazón de Alicia. Guillermo estaba casado, tenía un hijo. ¿Y aun así la perseguía? ¡No era muy distinto de Simón!
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