05. Mejor sola que mal acompañada
La ira se encendió en el corazón de Alicia. ¿Qué se pensaba Guillermo que, por ser guapo y rico, ella iba a rebajarse a convertirse en su amante? ¡Estaba completamente loco! Ella valía demasiado para aceptar ser la otra en la vida de alguien.
De cualquier manera, tampoco estaba necesitando de un hombre. Era mejor sola que mal acompañada. Esa lección la tenía muy bien aprendida gracias a Simón.
—Detén el auto y bájate —le pidió, sin verlo.
—¿Qué? —preguntó Guillermo sin hacerle caso.
—¡Dije que detuvieras el auto! —gritó apretando los dientes.
Guillermo obedeció, detuvo el auto antes de salir del estacionamiento del centro comercial; sin embargo, no se bajó.
—¿Qué te pasa?
—¿Qué me pasa? ¿Crees que por ser joven soy estúpida? —preguntó indignada.
Guillermo tuvo la osadía de reírse y eso solo encendió la cólera de Alicia.
—¡Puedes besar como un puto dios, pero no me convertiré en tu amante! ¡Ahora, sal del auto! —gritó, enfrentándolo.
—¿Amante? —preguntó sin borrar esa sonrisa que Alicia empezaba a odiar. ¡Sí, odiar! Odiaba que le hiciera sentir cosas que no quería, ¡qué no necesitaba!
—Tienes un hijo, Guillermo…
—En realidad, son dos —confesó y eso fue como un balde de agua fría para Alicia. Tal vez no tanto la noticia, sino la maldita sinceridad con la que habló.
—¿Dos?
—Sí. Hasta donde sé, no es pecado tener hijos, Alicia. ¿Tú no tienes hijos? —preguntó, adoptando un tono serio.
Ella tragó saliva.
—Sí, una —dijo.
—¿Ahora comprendes? —preguntó y sin permitirle responder, continuó—: tener hijos no es lo mismo que tener esposa. Tú te divorcias de la madre o del padre, no de los hijos. Ellos son tuyos para el resto de la vida, ¿o me equivoco, Alicia? —preguntó con ese maldito tono seductor.
Alicia se sintió estúpida. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la posibilidad de que Guillermo fuera un hombre divorciado o incluso viudo. Solo se dejó llevar, le gritó cuando debería estar agradecida por haberla salvado.
—Lo siento, yo…
—Está bien, no te preocupes. Supongo que puedo dejarte ir ahora —dijo, abriendo la puerta del coche con dignidad.
—¡Espera! —pidió Alicia, sosteniendo su muñeca. No se había fijado que no traía saco o abrigo. Traía un conjunto informal que lo hacía ver muy bien.
—¿Sí? —Alicia tragó ante el tono ronco de Guillermo.
—Yo… —ella se mordió el labio, no sabía qué decir. La había regado en grande.
—Te dije que no me gustan las mentiras, Alicia. Soy un hombre divorciado con una hija de veinte, su nombre es Amelia e Isaac de quince. Estoy soltero y con un profundo interés en ti —dijo sin rodeos.
Guillermo no era un hombre que se fuera por las ramas y menos, cuando estaba interesado en alguien y quería a Alicia Vidal.
Ella tragó el nudo en su garganta. ¿Por qué tenía que ser tan malditamente directo? Lo agradecía, pero tanta información junta…
—Mi hija se llama Diana, tiene casi nueve años y estoy divorciándome de…
—¿Del intento de hombre que te atacó hace un momento? —le interrumpió Guillermo, tratando de esconder el enojo en su voz.
Solo de recordar el puño de Simón Arteaga a punto de golpear a Alicia, le hervía la sangre.
—Eso que viste… —Alicia no tenía ninguna excusa. Guillermo posiblemente había escuchado cada palabra que salió de la boca de Simón—. Sí —admitió finalmente.
—No creo que se atreva a buscarte, no por ahora. Me agradó verte, Alicia —dijo Guillermo, soltándose del agarre de Alicia, le sonrió ligeramente antes de dejar el auto y cerrar la puerta—. Ten un buen viaje.
Alicia se quedó quieta como una estatua en el sillón del copiloto, viendo cómo Guillermo se alejaba con las manos metidas en sus bolsillos mientras ella se lamentaba por el espectáculo que había presenciado y la manera en la que lo trató cuando solo la había ayudado.
—Guillermo —susurró, saliendo de sus lamentaciones. Alicia se bajó del auto e intentó ir detrás de él, pero era tarde. Lo vio subir a una lujosa camioneta y dejar el estacionamiento sin mirar atrás una sola vez.
Guillermo vigiló a Alicia por el retrovisor hasta donde le fue posible. Quería bajarse y acompañarla, pero era mejor poner un poco de distancia. Lo último que deseaba era discutir con ella y abrir una brecha entre ellos.
—¿A qué miras tanto, papá? —preguntó Isaac, estirando la cabeza hacia atrás, tratando de averiguar quién se robaba la atención de su padre.
El adolescente esperó a que Guillermo le respondiera, pero él se limitó a ladrar un par de órdenes al chofer para que estacionara a un lado de la carretera. Lo que hizo que Isaac frunciera el ceño.
—¿Vas a ignorarme?
—No.
—Entonces…
—Calma, Isaac, solo quiero vigilar a tu futura mamá —soltó.
—¿Mamá? —preguntó, viendo hacia atrás con más curiosidad que enojo. Para él, tener a sus padres divorciados no era ningún problema.
Isaac no tenía recuerdos de sus padres juntos gracias a que se divorciaron cuando él apenas tenía dos años, así que… no echaba de menos lo que no había tenido.
—Sí.
—¿Hablas en serio?
—Claro. —Guillermo podía hablar con su hijo de todo y de nada. El muchacho era muy maduro para su edad, tanto que finalmente había decidido mudarse y quedarse a vivir con él.
—Y, ¿es guapa? —preguntó Isaac.
Guillermo sonrió.
—Es una mujer hermosa, creo que la más hermosa que he visto en mi vida.
Isaac miró a su padre como si le hubieran salido dos cabezas.
—¿Aún te acuerdas de la primera que viste? —preguntó con humor.
Guillermo le dio un pequeño golpe en la cabeza, haciendo que Isaac sonriera.
—Vamos a casa —ordenó Guillermo al ver el coche de Alicia pasar—. Recuérdame que te debo una —agregó, mirando a Isaac.
El chico ni se molestó en preguntar qué es lo que había hecho para hacerlo merecedor de tener a su padre en deuda. Sencillamente, lo aceptó; ya llegaría el momento de cobrar. Por algo era hijo de su padre y sabía aprovechar las ventajas.
⤝⤞
Alicia llegó a La Escondida más tarde de lo planeado. Sus nervios por el encuentro con Simón la dejaron mal y la conversación con Guillermo no ayudó en lo más mínimo y terminó haciendo varias paradas.
«Estoy soltero y con un profundo interés en ti»
El recuerdo de las palabras de Guillermo y la manera en la que las pronunció hicieron que las piernas de Alicia temblaran al bajar del auto. Respiró profundo, debía olvidarse de lo que había vivido recientemente y pensar en pasar un excelente fin de semana al lado de su hija. Ella era la única que merecía toda su atención.
Con decisión, abrió la puerta y sacó los regalos para Diana, pero antes de dar un paso. Los cascos de un caballo aproximándose le hicieron girarse. Su hija venía sobre el lomo de su yegua favorita y Marcelo venía detrás de ella.
—¡Mamita! —gritó la niña, lanzándose del lomo de la yegua poco antes de detenerse.
El corazón de Alicia recuperó la tranquilidad, la sonrisa de Diana borraba todo lo demás. No existía nada más importante en su vida que su hija. Ella era lo único bueno que había quedado de su matrimonio.
Simón no había resultado ser el hombre y el padre que imaginó, pero sin él, no tendría a Diana.
—Mi niña hermosa —susurró Alicia, estrechando a su hija. Daría lo que fuera por tomarla y abrazarla como cuando era niña, pero Diana crecía cada vez más.
Marcelo desmontó, tomando las riendas de Catrina, la llevó al establo, dándole a su hija y nieta un poco de privacidad. Ya tendría tiempo para saludarla.
—¿Cómo estuvo todo? —preguntó Diana, tomando la mano de su madre y ayudándola con un par de bolsas.
—Cansado, pero tu tío y Lorena hicieron un gran trabajo.
—¿De verdad?
Alicia asintió.
—Me gustaría verlo —dijo Diana, caminando de la mano hacia el interior de la casa.
—Me temo que eso no será posible, cariño. No es publicidad apta para niños —dijo, sonriéndole.
Diana se encogió de hombros.
—En la televisión eso es muy posible, mamá. Estás viendo tu caricatura favorita y cuando van a anuncios. Hay de todo un poco —respondió la niña.
Alicia le dio un punto.
—¡Alicia! —Paloma se puso de pie, tan pronto escuchó la voz de su hija. Marcelo entró por la puerta lateral del jardín para unirse a ellas.
—Hola, mamá, papá —dijo, sintiéndose mal por no saludar antes a su padre, pero tampoco es que le diera tiempo. Había desaparecido tan pronto como bajó del caballo.
—Hola, cariño. ¿Cómo estuvo el viaje? —preguntó Marcelo, sentándose en el sillón junto a Paloma.
Alicia respondió y les contó todo lo que hicieron en la semana. Omitió a Guillermo y también a Simón. Ya no quería que su familia se involucrara más con ese tipo; aunque era imposible romper todos los lazos con los Arteaga, gracias a las visitas inesperadas como en ese momento.
—Los señores Arteaga quieren ver a Diana —dijo la empleada, visiblemente nerviosa.
Alicia sintió la bilis subirle a la garganta, pero Diana se puso de pie tan pronto escuchó de la llegada de sus abuelos. Sus ojos brillaron con emoción y Alicia no tuvo más opciones que aceptar.
—Llévalos al porche —dijo Alicia, no iba a dejarlos entrar a casa de sus padres. Eso sería demasiado.
—Sí, señora —respondió la muchacha.
—¿En el porche? —preguntó Paloma mirando a Alicia—. ¿No es muy tarde para que Diana esté afuera y con este clima?
Alicia se mordió el labio.
—Pásalos a la sala y ofréceles algo de beber —ordenó Paloma, viendo a su hija—. Qué no se diga que la familia Vidal no es cortés —añadió.
Alicia no rebatió la orden de su madre, entendía que la preocupación de Paloma era Diana.
—Los dejaremos solos, hija —dijo, como una advertencia silenciosa.
—Gracias, mamá.
Alicia miró a Agustín y Dulce entrar, traían regalos y no pudo evitar mirar a Diana. La reacción de su hija valía más que mil palabras. Ella amaba a sus abuelos, eso era evidente y el corazón le dolió.
—Alicia —dijo Dulce, saludando.
—Buenas noches, señora Arteaga —respondió ella con formalidad.
—¡Oh!, ¡por favor, Ali! Nos conocemos desde hace casi diez años, no me llames, señora. Se siente extraño —se quejó.
Alicia la invitó a sentarse, observó a Agustín entregarle los regalos a la niña. Diana miró a su madre primero, esperando a que ella le autorizara recibirlos. Sin otra opción, Alicia asintió.
—¿Cómo has estado? —preguntó Dulce, haciéndole conversación.
—Muy bien, gracias, pero supongo que no vino aquí para hablar conmigo sino con Diana. Siéntase libre de hacerlo, si puede ignorar mi presencia, mejor —respondió Alicia, sentándose en el sillón.
Dulce le hizo una seña a Agustín, fue tan evidente, pero Alicia no dijo nada. Se limitó a observar lo que harían a continuación.
—Querida, ¿no crees que estás llevando esto demasiado lejos? Entiendo que Simón se equivocó, pero es joven y la carne es débil —expresó Dulce casi con ternura.
Alicia lo tomó como una burla.
—Además, ninguno de ellos disfrutó su juventud. No es excusa, pero quizá Simón solo quiso experimentar.
—Por mí puede seguir experimentando todo lo que quiera y siendo soltero. No tendrá ningún problema en continuar con su vida y disfrutar de su juventud. Pero lo hará sin el dinero de mi familia.
Dulce se indignó, era fingido. Lo sabía.
—¿Cómo puedes decir tal cosa, Alicia? Mi hijo te ama, fue por eso que no le importó sacrificar su juventud para casarse.
—Le sacó muy buen provecho a su sacrificio. Tanto, que hipotecó tu casa con mi padre y fue capaz de robarle a su propia hija para quedar bien con una de las mujeres con quien salía —respondió.
El rostro de Dulce cambió color y automáticamente Alicia supo que no estaba enterada de nada.
—Tendrán que dejar la casa y sus tierras en el momento en que mi padre lo decida —anunció Alicia sin ningún remordimiento.