Susan consiguió la dirección y tomó un taxi. De camino a la casa de Stefan, recibió una llamada de su padre.
—Su, ven a cenar a casa este fin de semana con Tyler. Compré algunos ingredientes para preparar algo bueno para ustedes —dijo con entusiasmo.
Susan sintió ganas de llorar al escuchar la voz amable de su padre.
—Papá… —saludó con suavidad.
—Sí, querida. ¿Qué ocurre?
—Nada… solo te extraño.
—Entonces ven este fin de semana. Yo también te extraño, querida —respondió Hendrix, el padre de Susan, antes de colgar tras hablar un rato con ella.
Finalmente, Susan llegó a la casa de Stefan.
Descubrió que vivía en Atlantic Edge, el exclusivo complejo de villas más lujoso de Ciudad Imperial.
Confirmó la dirección y presionó el timbre. Lo hizo varias veces, pero nadie respondió. Al parecer, no había nadie en casa.
Se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas, pensando que esperaría una hora y luego se iría si nadie abría.
Después de un rato, empezó a sentir sueño. Entonces, escuchó pasos.
Stefan apareció, vestido con una camisa blanca y pantalón n***o, sosteniendo una canasta de verduras.
Susan se puso de pie de inmediato.
—Presidente Novak.
—¿Señora Brook? —su voz sonó fría—. ¿Qué hace en mi puerta?
—El contrato de mi esposo. Espero que pueda darme la otra mitad, presidente Novak —respondió ella.
Stefan frunció el ceño.
—¿Por qué te envió a ti? Dile que venga a verme personalmente.
—Él… está ocupado —respondió Susan.
En ese momento, su estómago gruñó de manera inoportuna.
Fue incómodo.
Tyler la había sacado de la casa sin permitirle almorzar, y ya era de noche.
Susan sonrió con torpeza.
—Discúlpeme por la… interrupción.
—¿Tienes hambre? —preguntó Stefan.
—Algo así…
—¿Quieres que te dé de comer? —Stefan enarcó una ceja, medio en broma.
Susan quedó desconcertada.
—¿Eh?
—Adelante —dijo Stefan mientras sacaba la llave y abría la puerta.
—Gracias, señor Novak.
—Vivo solo y nunca he tenido a una mujer viviendo aquí, así que no tengo cosas de mujer —aclaró.
—Oh… —Susan volvió a frotarse la nariz, incómoda.
En realidad, Stefan no necesitaba explicárselo.
—Adelante, siéntate en el sofá.
Dicho eso, se fue a la cocina.
Susan se sentó rígidamente en la sala de estar, observando a su alrededor. La casa estaba decorada en tonos n***o, blanco y gris, con pocos muebles, pero todo estaba perfectamente ordenado. Sobre una mesa auxiliar había un tablero de ajedrez. A Susan le gustaba jugar ajedrez; no esperaba que Stefan compartiera ese interés.
Pronto, la comida estuvo lista.
Stefan tres platillos: carne a la brasa, carne al vapor y vegetales salteados.
Susan se sorprendió al ver sus platillos favoritos sobre la mesa del comedor.
—Señor Novak, ¿estos también son sus platillos favoritos?
—Señora Brook, parece que usted y yo tenemos el mismo gusto para la comida.
Susan no podía ver con claridad el rostro de Stefan desde su ángulo, pero notó un destello de deleite cruzar por sus ojos. Creyó ver una leve sonrisa formarse en sus labios. No era evidente, pero resultaba cálida y seductora.
Susan bajó la cabeza con rapidez, avergonzada. Era una mujer, y los hombres guapos podían atraerla. Su corazón latía con fuerza y su rostro se sonrojó al recordar aquella sonrisa fugaz. No tenía nada que ver con amor ni sentimientos profundos; simplemente había sido atraída por algo encantador.
Después de la cena, Susan agradeció a Stefan y se levantó para lavar los platos.
Stefan frunció el ceño.
—¿Tu esposo te pide a menudo que laves los platos?
Susan se sorprendió por la pregunta.
—¿No es normal que la mujer lave los platos?
—No necesitas hacerlo en mi casa.
Le indicó que se sentara y se relajara mientras él se encargaba de lavar.
El teléfono de Susan vibró.
Era un mensaje de Tyler.
—¿Ya conseguiste el contrato?
—Todavía no.
—¿Entonces qué estás haciendo?
—Cenando —respondió Susan con sinceridad.
—¡Ja! Debí haberte arruinado el ambiente, ¿verdad? ¿Cena con velas y vino? ¿Y qué sigue después? ¿Dormir con él?
Lunático, pensó Susan, sintiendo cómo la frustración la invadía. Sin dudarlo, lo bloqueó en w******p.
Estaba cansada de sus palabras hirientes. ¿Por qué tenía que soportar todo eso? ¿Por qué debía aguantar sarcasmo y humillaciones solo por la salud de su padre?
Había perdido su virginidad con un chico cualquiera la noche de su fiesta de cumpleaños número dieciocho.
Cuando salía con Tyler, él la trataba bien. La atesoraba y le decía que solo se acostaría con ella después del matrimonio.
Ella nunca imaginó que Tyler la humillaría cuando el chequeo prematrimonial reveló que ya no era virgen. ¡Nunca se había acostado con ella! Sin embargo, él llevaba diferentes mujeres a su casa y dormía con ellas en su propio dormitorio.
Susan sabía que lo hacía a propósito para avergonzarla y provocarla. Pero temía que su padre sufriera un infarto si se enteraba de que ella había roto con Tyler.
Esa era la única razón por la que soportaba toda esa humillación.
Pero ¿por qué debía mantenerse “pura” para Tyler? ¿Por qué no podía acostarse con otros hombres, si a él se le permitía dormir con tantas amantes?
Stefan terminó de lavar los platos y salió de la cocina.
Los ojos de Susan estaban ligeramente enrojecidos y su voz sonó suave.
—Señor Novak…
Lo llamó y luego se puso de pie, comenzando a desvestirse de forma abrupta.
Estaba segura de que un hombre como él querría algo a cambio de su amabilidad. Después de todo, le había preparado una comida, y ella no tenía nada que ofrecer salvo su cuerpo.
—Señor Novak, considere entregarme la otra mitad del contrato entre el Grupo Novak y mi esposo —dijo, mirando al suelo.
—¿Has pagado a otros hombres con tu cuerpo?
Susan levantó la cabeza. La expresión de Stefan era severa; su mirada estaba cargada de irritación y desagrado.
Susan se mordió el labio inferior, nerviosa.
—Señor Novak… la única forma en que puedo pagarle es con mi cuerpo.
—Señora Brook, ¿cree que soy ese tipo de hombre?
Stefan se desabotonó la camisa y se la arrojó.
—Cúbrase. No me interesa una mujer casada. Dígale a Tyler que el Grupo Novak cumplirá el contrato. Y asegúrese de decirle que no necesita pagar nada con su cuerpo. Eso es todo. Váyase, ahora.
Susan se cubrió con la camisa de Stefan antes de recoger su ropa del suelo. Luego salió corriendo de la villa.
Apenas cruzó la puerta, las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo había podido pensar que todos los hombres del mundo eran tan lujuriosos como Tyler?
Sin duda, se había comportado como una completa idiota allí atrás. La vergüenza y la humillación la consumían al recordar la mirada aguda y severa de Stefan clavada en ella.
Un movimiento la sacó de sus pensamientos mientras se alejaba de la casa.
Susan se giró y vio el apuesto rostro de Stefan justo detrás de ella. Pensó que debía rondar los veintitantos años, tan joven y elegante como se veía. Sin duda, había crecido en una familia adinerada.
Su porte era el de un noble príncipe observando a sus súbditos: elegante, distante e indiferente.
Stefan bajó la mirada hacia los pies descalzos de Susan y luego volvió a mirarla a los ojos enrojecidos por el llanto. Frunció el ceño.
—Te llevaré a casa.
Después de todo, Susan no llevaba nada debajo de la camisa con la que se había cubierto. Aunque era larga, apenas le llegaba a los muslos.
Susan negó con la cabeza.
—Está bien, señor Novak. Lamento haber irrumpido en su casa y haberlo molestado hoy. Lo siento.
—¡Suficiente! —la interrumpió—. Deja de disculparte una y otra vez. Sube a mi coche.