Capítulo 3

1210 Words
Abrió el Rolls-Royce n***o estacionado en la entrada y le lanzó las llaves. Susan obedeció y se sentó en el asiento del copiloto. Sollozaba en silencio, intentando contener las lágrimas. Luego miró de reojo al hombre a su lado. Una de sus manos descansaba sobre el volante; sus dedos eran largos y elegantes. En su muñeca izquierda llevaba un reloj azul con un diamante incrustado en la corona. Un hombre joven, apuesto, con estatus y riqueza… debía de tener innumerables mujeres a su alrededor. Entonces, ¿por qué importaba que ella hubiera intentado pagarle con su cuerpo? Pero, como él había dicho, no estaba interesado en mujeres casadas. —Sécate las lágrimas —dijo Stefan, entregándole un pañuelo. Susan asintió en señal de agradecimiento. El pañuelo tenía un aroma fresco y limpio; podía imaginar que Stefan era alguien extremadamente pulcro. Cuando se detuvieron en un semáforo, Stefan la miró. —¿Por qué estabas llorando? —No es nada —negó Susan, con voz distante. Stefan continuó conduciendo cuando el semáforo cambió a verde y preguntó de forma abrupta: —¿Te maltrata? —Tyler es amable conmigo —respondió Susan a regañadientes. No quería que nadie supiera lo miserable que era su matrimonio. Stefan volvió a mirarla y gruñó con desdén. —Es un hombre que envía a su esposa a complacer a otros para conseguir un contrato. No veo dónde está la amabilidad. Susan no pudo rebatirlo. Stefan parecía demasiado perspicaz para su edad. Estaba segura de que había deducido su situación con solo observarla. Sin embargo… Ella no era su amiga. Apenas lo había conocido el día anterior y, además, seguía siendo la esposa de Tyler. ¿Quién era Stefan para entrometerse tanto en su vida? El coche se detuvo frente a la casa de Tyler. Stefan apagó el motor y miró por la ventana. —Cámbiate antes de entrar. —No importa —respondió Susan. —¿Cómo que no importa? ¿Qué crees que hará Tyler cuando te vea usando mi camisa? ¿Estás buscando que te abofetee? Stefan tenía razón. Tyler la golpearía sin dudar si la veía así. Susan se sintió incómoda. —Yo… empezaré a cambiarme ahora. —Ajá —respondió Stefan, girando la cabeza hacia la ventana para darle privacidad. Mientras Susan se cambiaba, Stefan sintió cómo su cuerpo reaccionaba involuntariamente. Sus ojos ardían de deseo al escuchar el leve roce de la tela y los movimientos de ella. Susan, por supuesto, no notó nada. Cuando terminó de vestirse, sostuvo la camisa de Stefan entre sus manos. —Señor Novak, ¿quiere que se la devuelva ahora o prefiere que la lave antes? —Dámela —respondió él, tomándola. El leve aroma de Susan aún permanecía en la tela, intensificando un deseo que prefería no reconocer. —Puedo usarla esta noche… —murmuró para sí mismo. —¿Perdón? ¿Dijo algo? —preguntó Susan, sin haberlo escuchado. —Nada. Puedes irte. Susan abrió la puerta. —Señor Novak, gracias por traerme de regreso a casa. Susan se dirigió apresuradamente al conjunto habitacional donde vivía con Tyler. Residían en un condominio en la planta baja, lo cual resultaba conveniente, ya que no necesitaban subir escaleras ni usar el ascensor para llegar a casa. En cuanto entró, arrojó el contrato sobre la mesa frente a Tyler. Tyler no lo revisó de inmediato. En lugar de eso, caminó hacia Susan y le olfateó el cuello. Susan lo empujó y dio un paso atrás. —¿Qué estás haciendo? —¿Te acostaste con Stefan? —preguntó Tyler con frialdad. Susan respondió con el mismo tono: —¿Y qué si lo hice? Tú tienes innumerables amantes, e incluso las traes a esta casa. Tyler levantó la mesa auxiliar y la lanzó contra el suelo. Los vasos se estrellaron en pedazos, haciendo que la adrenalina de Susan se disparara ante la repentina violencia. Antes de que pudiera reaccionar, Tyler la agarró del cabello y tiró de él con fuerza. —¿Con cuántos hombres te has acostado? —No con tantos como las mujeres con las que tú te has acostado —replicó Susan, agarrándolo de las orejas con furia. Ella no era una mujer débil a la que pudiera intimidar para siempre. Todos tenían un límite. El teléfono de Tyler sonó justo a tiempo. Soltó el cabello de Susan, y ella también lo soltó. —¿Hola? Soy Tyler… ¡Oh, presidente Scott! ¡Ja, ja! ¡Por supuesto! ¡Estoy encantado de que también quiera cooperar con mi empresa! —dijo mientras se dirigía a la habitación y cerraba la puerta de un portazo. Susan se dejó caer al suelo y enterró el rostro entre sus brazos. No lloró. No estaba triste. Lo único que sentía era un agotamiento absoluto, físico y mental. De pronto, sonó el timbre. ¿Quién podría ser? pensó mientras se levantaba. Tenía las piernas entumecidas por haber estado en cuclillas tanto tiempo y tropezó ligeramente antes de llegar a la puerta. Creyó que se trataba de un paquete o alguna notificación, así que abrió sin dudar. Para su sorpresa, quien estaba del otro lado era Molly Yard. Molly era una de las amantes de Tyler, y la que había estado con él durante más tiempo. Susan sabía que se habían acostado. Molly había sido estudiante de tercer año en la misma universidad que ellos y comenzó a coquetear abiertamente con Tyler cuando notó que la relación entre Susan y él se deterioraba. —¿Qué haces aquí? —preguntó Susan con frialdad, bloqueándole el paso. Molly, de cabello ondulado y figura provocativa, sonrió con burla. —Vine a ver a Tyler. Quería decirles a los dos que estoy embarazada de su hijo. Sacó el comprobante del embarazo y se lo mostró. Susan sintió que el corazón se le hundía. En ese instante supo que su matrimonio con Tyler estaba condenado. Aun así, no dejó que Molly notara su impacto. —Reúnete con él cuando yo no esté. No vuelvas a aparecer frente a mí jamás. Me das asco —dijo antes de cerrar la puerta de golpe. Molly comenzó a gritar y a golpear la puerta desde afuera, pero Susan no respondió. Al día siguiente, Susan fue a trabajar como de costumbre. Era dueña de una floristería. Aunque el negocio era pequeño, le permitía ganar al menos diez mil al mes. —¿Por qué cerraste la puerta y me dejaste afuera ayer? —gritó Molly detrás de ella. Susan no respondió. En silencio, armó un ramo de flores y lo envolvió con cuidado. —¡Susan! ¡Te estoy hablando! —chilló Molly como una loca. El teléfono de Susan sonó. Era Tyler. —Molly está embarazada. Vuelve ahora mismo. Tengo algo que discutir contigo —ordenó. —Habla con ella. No tengo nada que decirte —respondió Susan con frialdad. —¡Si no vienes ahora mismo, llamaré a tu padre! —la amenazó Tyler. Susan apretó los dientes. Siempre recurría a esa amenaza cuando no podía controlarla. Cuando Susan entró a la casa, Molly la siguió inmediatamente. Se lanzó a los brazos de Tyler y apoyó la mano sobre su pecho. Tyler la abrazó como si Molly fuera su esposa… y Susan, la amante.
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