Mi corazón late de prisa, caminó por el pasillo, y detengo mi caminar por un momento, no soy capaz de siquiera mirar al hombre que ha pagado por mí, el silencio se apodera del espacio, si a pesar de la música de fondo, todo se torna incómodo.
—Disculpe señor, ya no tenemos privados, están todos ocupados —dice Tizan, giro mi cuerpo y trato de asimilar, esta fortuna, quizá después de todo sea lo mejor. Debe haber otras opciones, algo más que yo pueda hacer, para no seguir adelante con esto.
—Está bromeando, esta es mi última noche, busca algo —dice el tipo, solo veo su espalda, pero su voz retumba en mis entrañas, es como si el sonido de su voz, estuviera por encima de cualquier silencio, o de cualquier ruido.
Levantó la mirada y puedo ver los ojos de Tizan, son oscuros, y su expresión es la de alguien dispuesto a todo.
Me mira fijamente, y con un gesto casi imperceptible, me hace saber que todo depende de mí, aunque no estoy segura de lo que eso signifique. Aprieto los labios y bajó levemente la mirada, de forma involuntaria, le digo, si.
—Tenemos una opción en el tercer piso pero tiene un costo extra de quinientos dólares —responde Tizan. Bueno esto es todo, el tipo no creo que quiera pagar un extra.
—No le pregunté cuánto cuesta —dice y en su voz puedo percibir, no solo arrogancia, hay algo más que no se como explicar, saca su tarjeta y la pone en el pecho de Tizan, este la toma con un par de dedos y aunque quisiera decir algo las palabras están atrapadas dentro de mi boca, Tizan me mira por un segundo y puedo ver que las palabras del hombre de cabello claro, hacen sentir inferior a Tizan.
—Cobra lo correspondiente, y agrega treinta por ciento extra, ahora me indicas por dónde debemos ir —dice el tipo del cual sólo soy capaz de ver su cabello claro, de ondas prominentes, no puedo evitar notar el brillo de cada hebra.
—Por aquí —Tizan levanta una mano y camino delante de ambos. Un paso a la vez Gia, un paso a la vez.
Entre más nos acercamos, mis nervios incrementan, no se si el tipo que me ha comprado, sabe para qué sirve el tercer piso, se que yo puedo elegir, pero eso no hace que esto sea más sencillo.
Tizan abre la puerta, el tipo entra primero, me acerco hasta el marco, y Tizan me detiene.
—Estaré afuera, solo debes llamar si no te sientes cómoda —asiento con la cabeza y al fin doy un paso dentro del lugar, la habitación no es la más elegante, pero parece ser adecuada para el propósito que fue hecha.
—Mi socio se quedó con las botellas, agrega una botella de whisky y tú, ¿qué tomas? —pregunta, yo tengo la mirada sobre el suelo, tan fija que comienzo a notar, las grietas, que se forman en la duela.
—Vodka —musito, con dificultad.
—Ya escuchó —dice el hombre de voz inquietante, grave y algo intimidante.
Pasa cerca de mí, y percibo su aroma. Tabaco dulce, no, es algo más cítrico.
Cierra la puerta, y el sonido me hace brincar, muy sutilmente pero mi cuerpo lo resiente.
—Bien, por fin estamos a solas —su voz es acelerada, pero dentro de sí misma hay calma, como si cada palabra que producen sus labios, tuviera algo de dulzura.
—Date la vuelta, déjame verte —ordena, quisiera salir corriendo, no puedo negarlo, y no es que intente fingir ser la mujer más valiente, pero algo carcome mi mente, mis deudas, mis problemas, mi mala fortuna.
Me doy la vuelta apoyando uno de los tacones rojos sobre el suelo, el rechinido de la fricción, parece fastidiarme más a mi, que al hombre que ahora mis ojos observan.
Tiene los ojos tan claros, las cejas adornan a la perfección sus grandes y brillantes ojos, su fina barba, solo es un elemento más al atractivo de sus afiladas mandíbulas, sus labios son sensuales, tienen un ligero color rojizo, y las líneas que los definen son tan sutiles, pero solo los suficiente, para que cualquiera que aprecie la belleza, se arrepentiría de negar que son tan sexys, como el resto de su rostro, su piel blanca es tan tersa, que no soy capaz de encontrar poros abiertos en su piel brillante. Es el tipo más atractivo que alguna vez mis ojos han visto tan de cerca.
—¿Por qué me miras de esa forma? —pregunta. Que estupida, se dio cuenta, por fortuna no lee la mente, eso espero. Bajó la mirada.
—No bajes la mirada, no me disgusta que me mires, mejor quitate el antifaz, sabes desde lejos, no es tan fácil admirar tú belleza, aunque debo decir que a pesar de la distancia, mientras bailabas, pude ver que tu rostro es el más bello de este lugar —cada palabra suya, alimenta aquella nube de incertidumbre, esa que se formó en mi cabeza, al tomar está decisión.
Llevo ambas manos, a mi rostro tomó el antifaz, y él levanta la mano, me advierte que me detenga, con firmeza, como si nos conociéramos de toda la vida y yo supiera exactamente qué significa cada uno de sus ademanes. El aire se espesa y vuelvo a respirar.
—Servicio —dicen detrás de la puerta y dejó caer mis manos, el tipo abre la puerta y Tina está de frente con una charola, dos botellas y dos copas, hielos y un par de servilletas, lo sé, es evidente que este tipo pertenece a la clase más elevada en la cadena de hombres de este lugar. Tina entra, y yo camino hasta el fondo de la habitación, una ventana con cortinas negras bloquea las luces de fuera y aún con el antifaz en mi rostro, levanto la tela de la cortina, miró a través de esta, y puedo ver la calle, es solitaria y por lo húmedo de los árboles, estoy segura del frío qué hace afuera.
—Señor, tengo el lector debe cancelar la cuenta —dice Tina, y trato de ignorar su presencia, quizá muero de vergüenza, su mirada es tan profunda que no resisto, sentirme juzgada.
Escucho un pequeño tono, y como Tina recorta el papel, aprieto la cortina entre mis dedos, escucho la puerta cerrarse y comprendo que esta vez si no hay vuelta atrás.
El tipo sirve una copa de whisky para él, y una de vodka para mí. He escuchado algunas reglas en estos dos meses, pero esta noche necesito ese maldito trago.
Porque estoy tan nerviosa, después de todo, hago esto todos los fines de semana, me quedo en ropa interior, acepto las miradas de cientos de hombres, mientras me lanzan esos malditos dólares, debo ser más astuta, más fría, más indolente con mis propios prejuicios.
—Ven acércate —ordena él, y tomo el control que está en el buró, presionó el botón y la música comienza a sonar, es suave y ligeramente sensual.
La tela que ahora está arrugada, deja pasar algo de luz del exterior por el espacio que se ha formado entre la cortina y el muro rojizo.
Camino con sensualidad no sin antes respirar y por fin, suelto una falsa sonrisa, una más en esta maldita noche.
Tomó la copa directamente de su mano, y una extraña descarga recorre mi piel al instante en el que sus falanges rozan los míos.
—Salud —digo con algo de temple. El sonido del golpeteo entre los critales invade la habitación, y bebo de prisa todo el licor de mi copa, lo miro fijamente al jalar algo de aire y el hace lo mismo, deja la copa sobre una mesa alta que esta frente a nosotros, me mira en silencio y hago lo mismo, el se quita el saco y lo lanza a un pequeño sofa n***o que esta detrás, pero no logra acertat y el saco cae al suelo, doy un paso para recogerlo y el me detiene.
—No importa déjalo ahí, mejor quítate el antifaz —ordena nuevamente, su voz es tan intensa que me detengo enseguida el se sienta sobre la cama, afloja su corbata, y encaja las palmas de las manos sobre el colchón.
Es el momento. Llevo mis manos al antifaz y sin pensarlo mucho lo retiró de mi rostro agito el cabello, y el me mira, sus ojos, ahora brillan aún más, veo como moja su labio inferior y su sonrisa torcida aparece.
—Eres hermosa —dice.
No puedo darle más largas a esto. Llevo mis manos a mi nuca, levanto mi cabello, y con movimientos lentos, comienzo a oscilar mis caderas al ritmo de la música.
No sé como, no sé de donde estoy sacando el valor, o el talento, para estar frente a un tipo a solas, tomar las riendas del maldito momento, y romper contra mis prejuicios, y mis verdaderos deseos, salir de aquí. Él simplemente me observa, me doy vuelta y levanto mis nalgas, me inclino sin doblar las rodillas, y subo lentamente, hasta curvar mi espalda, siento como mi cabello se desliza por mi espalda, lo tomó con una mano y lo pongo delante de mi hombro, giró un poco mi rostro y él está inmobil, atento y lascivo, pero inmovil.
Comienzo a mover mi cadera de un lado a otro, con mis manos tomó mis nalgas y me doy vuelta, mi pecho está erguido y mi mentón sigue la línea.
Me acerco un poco a él, con miedo sí, pero algo en mi es distinto, de pronto siento el deseo que él despierta al verme, no, no es solo el vodka haciendo efecto mi cuerpo, es él, su forma de mirarme, su forma, de hacerme sentirme deseada, no entiendo como aun sin moverse, sin siquiera intentar tocarme como el resto de los hombres, hace más que cualquiera. Mi estómago tiene un hueco enorme ahora mismo, mis labios se sienten calientes, no puedo quitarle la vista de encima, no puedo dejar de sumergirme y esa peculiar forma en la que es capaz de verme, y me comienza perturbar.
Bajo un poco la mirada, mientras mis manos cruzan frente a mi rostro, noto como la manzana de adán de su cuello se mueve mientras traga saliva, y eso hace que mi piel se erice.
Que absurdo es esto, quizá yo disfruto más de lo que él lo hace.
Veo el bulto entre sus piernas, y mi ojos no pueden evitar quedarse fijos doy un paso más y subo el tacón al colchón, el baja la mirada, y su dedos, rozan la piel expuesta de mi empeine.
Respiro con dificultad, mis cabellos están en mi rostros, podría aceptar que me toque aún más, podría dejar que sus dedos sigan adelante. Pero me detengo bajo el tacón y la cordura vuelve a mis entrañas.
—¿Tienes miedo? —pregunta.
—Solo pagaste por un baile —respondo. Que estupida.
—¿Acaso puedo pagar por algo más? —pregunta de nuevo, y no soy capaz de decir nada.
—Lo siento no fue mi intención —dice, y se incorpora, nota el fastidio en mi rostro.
—No te disculpes, si es lo que quieres, hay otras chicas dispuestas, yo solo bailo —replicó con seguridad, y todo aquel lívido en mi piel comienza a esfumarse, con rapidez.
—Crees que soy un maldito, por querer algo más contigo —pregunta, y puedo notar en su rostro qué espera por mi respuesta.
—No es mi trabajo creer, llamaré a Tizan para que te consiga a otra chica —infiero y camino hasta la puerta.
—Espera —ordena y no puedo evitar, detenerme.
—Si hicieras algo más que bailar, ¿cuál sería tu precio? —pregunta, y no me siento ofendida, de alguna forma tomo sus palabras como un halago.
—Yo no tengo precio señor —respondo y tomo el pomo de la puerta.
—Así que lo haces por placer —responde y aunque no le dirijo la mirada, puedo imaginar aquella torcida sonrisa.
—Usted está comprometido, puede acostarse con su futura esposa —.
Se que no debí abrir la boca, pero algo en su voz desafía mis malas acciones.
—Mañana es mi boda —dice, y ahora si fijo mis ojos en él, se ha puesto de pie, ya no cuelga la corbata de su cuello y puedo ver la línea que rompe en dos su pecho.
—¿Quieres ser mi regalo de bodas? —de todas las frases que alguna vez imaginé, la que sale de sus labios nunca pensé escucharla.
De nuevo tomó el pomo de la puerta, y antes siquiera de poder girarlo, estoy atrapada entre sus brazos que me aprisionan, mientras este los coloca sobre la puerta, es mucho más alto que yo, no puedo respirar, no puedo moverme, no puedo gritar, no… no puedo hacer nada… siento miedo, siento ansiedad, siento… siento que…
—Una mujer como tú, ¿qué hace en este lugar? —pregunta pero no se aparta, puedo percibir el aroma a cítricos que emana de su pecho, mientras susurra sus palabras, buscando mis labios, unos que parecen no moverse, siento el calor de su piel quemando mi rostro, mis senos, mi cuerpo.
—Un hombre como usted, ¿qué hace en un sitio como este? —mis palabras se quiebran. Acaso eres estúpida Gia.
—Daré un paso atrás, y me quitaré la ropa, luego de eso, me observarás con detenimiento, y cuando te hayas saciado la mirada, tendrás dos opciones, salir de aquí, o dejar caer tú vestido. Pero eso no es todo, la decisión que tomes tendrá una consecuencia, tu respuesta o la mía —.
Trago saliva suelto el pomo de la puerta nuevamente, mis manos siguen detrás de mi espalda y él cumple su promesa, se aparta un par de pasos, desabotona el resto de su camisa, y se despoja de ella con algo de brusquedad. Cada maldito músculo de su cuerpo es visibles ante mis ojos, su torso es perfecto, sus hombros son anchos y firmes, lo mismo que sus brazos, su pecho parece un pedazo de metal perfectamente tallado, y la línea que se parte entre los cuadros de su abdomen termina el lo hondo de su ombligo, su cintura se adorna con sus oblicuos, que dibujan una flecha, hasta su bulto.
Debería salir ahora, pero mis pies, no se mueven.
Y mis manos controlan mi equilibrio, como si al detenerse sobre la puerta, fueran capaces de detener el edificio entero.
Se quita el cinturón, y desabrocha su pantalón, no está jugando, toma las pretinas sin quitarme la mirada, y encorva la espalda y se deshace del pantalón, tiene una piernas cubiertas de vello, este no es tan fino como el de su abdomen o el de su pecho, pero a pesar de ello, puedo ver un par de líneas que parecen partir sus enormes piernas, evito por al menos un segundo lo inevitable, y luego, mis ojos se fijan en lo suyo, y comprendo que es lo que lo hace tan maldito arrogante.
Es enorme, es hermoso, es perfecto.
Me apartó de la puerta, y no, no entiendo que pasa por mi mente, ni siquiera se que pasa en mi cuerpo, pero mis manos tocan la cremallera, la misma que hasta hace una hora estaba dispuesta a abrir, para cambiarme de ropa y salir de este lugar.