La heredera perfecta
La ciudad todavía dormía cuando el sol comenzó a pintar de dorado los enormes ventanales de la mansión Montenegro.
Desde lo alto de la colina, la propiedad parecía pertenecer a otro mundo.
Tenía jardines interminables, fuentes de mármol, una piscina que reflejaba el cielo y una entrada flanqueada por árboles perfectamente podados. Dos camionetas de seguridad permanecían estacionadas junto al portón principal y, dentro de la residencia, un pequeño ejército de empleados se encargaba de que cada detalle estuviera exactamente donde debía.
Los Montenegro no eran simplemente ricos.
Eran una de las familias más poderosas del país.
Su apellido aparecía en bancos, constructoras, hoteles, centros comerciales y empresas de inversión. Su padre, Alejandro Montenegro, había construido un imperio desde cero y, con el paso de los años, había conseguido algo todavía más difícil que hacer una fortuna:
convertir su apellido en una institución.
Y en medio de todo aquello estaba ella.
Valentina Montenegro.
La hija menor.
La heredera consentida.
La mujer que aparecía en las revistas de sociedad con vestidos de diseñador, sonriendo junto a empresarios, políticos y celebridades.
Para el mundo, Valentina lo tenía absolutamente todo.
Dinero.
Belleza.
Una familia poderosa.
Una educación privilegiada.
Una vida que millones de personas habrían deseado.
Pero había algo que nadie podía comprarle.
Amor.
Y Valentina llevaba toda su vida creyendo que ya lo tenía.
—Señorita Valentina.
La voz de su asistente la sacó de sus pensamientos.
Valentina estaba frente al enorme espejo de su habitación mientras una estilista terminaba de acomodarle el cabello.
—¿Sí?
—Su padre pidió que bajara a desayunar a las ocho. Dijo que es importante.
Valentina miró el reloj.
7:48 de la mañana.
—¿Dijo de qué se trata?
—No, señorita.
Valentina suspiró.
—Entonces seguramente es otra reunión familiar de esas en las que mi padre habla durante una hora de negocios y yo tengo que fingir que entiendo la mitad.
La asistente sonrió discretamente.
—Probablemente.
Valentina se miró nuevamente.
Llevaba un vestido blanco sencillo, aunque cualquier cosa que ella usara parecía costar una fortuna. Su cabello castaño caía suavemente sobre sus hombros y unos pequeños pendientes de diamantes brillaban junto a su rostro.
No necesitaba maquillaje excesivo.
Era hermosa de una manera elegante y natural.
Pero aquella mañana había algo diferente en sus ojos.
Una ilusión.
Su teléfono vibró sobre el tocador.
Valentina lo tomó inmediatamente.
Una sonrisa apareció en sus labios.
Sebastián: Buenos días, princesa.
Valentina sintió cómo su corazón se aceleraba.
Era ridículo.
Después de tantos años, Sebastián todavía conseguía provocar aquello en ella.
Desde que eran niños habían estado juntos.
Sus familias eran amigas desde hacía décadas y prácticamente habían crecido en las mismas fiestas, vacaciones y reuniones.
Cuando tenían ocho años, Sebastián le había prometido que algún día se casarían.
Ella se había reído.
Él había tomado su mano.
—Cuando seamos grandes voy a casarme contigo.
—¿Y si no quiero?
—Entonces te voy a convencer.
Valentina jamás olvidó aquellas palabras.
Porque Sebastián Ferrer había sido su primer amor.
Su primer beso.
Su primer novio.
Su primera ilusión.
Su historia parecía escrita desde antes de que ambos entendieran lo que significaba estar enamorados.
Valentina escribió rápidamente:
Valentina: Buenos días. ¿Ya estás despierto?
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Sebastián: Por ti siempre.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Todo bien? —preguntó la asistente.
Valentina bloqueó el teléfono.
—Sí.
Pero su sonrisa la delataba.
El comedor principal de la mansión podía haber pertenecido a un palacio.
Una mesa para veinte personas ocupaba el centro de la habitación. Sobre ella había flores frescas, porcelana fina y cubiertos de plata.
Alejandro Montenegro ya estaba sentado en uno de los extremos.
A su derecha estaba su esposa, Elena.
A la izquierda, el hermano mayor de Valentina, Nicolás.
Cuando Valentina entró, todos levantaron la mirada.
—Buenos días.
—Buenos días, hija —respondió Elena.
Valentina se inclinó para besar a su madre.
—¿Por qué tanta formalidad? —preguntó mientras tomaba asiento—. Cuando papá dice que hay una reunión familiar importante, normalmente alguien termina comprando una empresa.
Nicolás soltó una carcajada.
—Esta vez no sé.
Alejandro dejó el periódico sobre la mesa.
—De hecho, sí tiene que ver con una empresa.
Valentina cerró los ojos.
—Lo sabía.
—Valentina.
—Está bien, papá. Habla.
Alejandro tomó una carpeta.
—He recibido una propuesta para una alianza estratégica.
Nicolás inmediatamente prestó atención.
—¿De quién?
Alejandro levantó la mirada.
—Blackwood Energy.
El ambiente cambió.
Incluso Valentina notó la reacción de su hermano.
—¿Blackwood? —preguntó Nicolás.
—Sí.
Valentina frunció el ceño.
Había escuchado aquel nombre antes.
Todos lo habían escuchado.
Blackwood Energy era uno de los mayores conglomerados petroleros privados de América Latina. Su expansión durante la última década había sido impresionante.
Pero había algo más.
Su presidente ejecutivo tenía una reputación casi legendaria.
Adrián Blackwood.
Treinta y tantos años.
Millonario.
Brillante.
Implacable.
Había heredado una empresa importante, pero la había convertido en un imperio internacional.
En los círculos empresariales se decía que era capaz de cerrar una negociación multimillonaria sin cambiar la expresión de su rostro.
También se decía que nadie sabía absolutamente nada de su vida personal.
No concedía entrevistas.
No asistía a fiestas innecesarias.
No tenía una pareja pública.
Y jamás aparecía en fotografías acompañado por mujeres.
Valentina tomó una fresa del plato.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Su padre la miró.
—Mucho.
Ella dejó la fruta sobre el plato.
—Eso no me gusta.
Nicolás sonrió.
—A mí tampoco.
Alejandro abrió la carpeta.
—Blackwood Energy quiere asociarse con nuestro grupo para desarrollar varios proyectos energéticos.
—Entonces habla con Nicolás.
—Ya lo hice.
Nicolás intervino.
—Papá quiere que participes en algunas reuniones.
Valentina abrió los ojos.
—¿Yo?
—Tú.
—Pero yo no trabajo en la empresa.
—Todavía.
Valentina soltó una risa incrédula.
—Papá, estudié administración porque me insististe, pero no significa que quiera convertirme en ejecutiva.
Alejandro la observó unos segundos.
—Algún día tendrás que aprender a manejar aquello que heredaste.
La sonrisa de Valentina desapareció.
—No quiero que mi vida sea solamente una herencia.
Su padre guardó silencio.
Elena intervino suavemente.
—Alejandro, quizá podrías darle tiempo.
—Le he dado tiempo durante veintisiete años.
Valentina sintió un pequeño nudo en el estómago.
Veintisiete.
Su cumpleaños se acercaba.
Toda su vida parecía estar entrando en una etapa diferente.
Y, sin embargo, ella solo pensaba en una cosa.
Sebastián.
—Hablando de eso —dijo Elena—, ¿vendrá Sebastián esta noche?
La expresión de Valentina cambió inmediatamente.
—Sí.
—¿A la cena?
—Sí.
Nicolás arqueó una ceja.
—¿Y por qué?
Valentina lo miró.
—Porque es mi novio.
—No pregunté qué es.
—Entonces no preguntes.
Nicolás sonrió.
—Solo digo que papá quiere hablar de negocios.
Alejandro levantó la mirada.
—De hecho, quería hablar con Sebastián.
Valentina sonrió.
—¿Sobre qué?
—Sobre su empresa.
Ella se quedó callada.
Sebastián había comenzado su propia compañía unos años atrás. Su familia también era adinerada, aunque su fortuna estaba muy por debajo de la de los Montenegro.
Aun así, Valentina nunca había considerado aquello importante.
Ella lo amaba.
No su apellido.
No su dinero.
No su posición.
A él.
—Estoy segura de que le irá bien —dijo.
Alejandro no respondió.
Y esa ausencia de respuesta fue la primera g****a.
Pequeña.
Casi invisible.
Pero estaba ahí.
Esa tarde, Valentina salió de la mansión.
El conductor abrió la puerta del automóvil.
—¿A dónde, señorita?
—A la oficina de Sebastián.
El automóvil se puso en marcha.
Valentina miró por la ventana.
La ciudad estaba llena de movimiento.
Personas caminando.
Automóviles.
Restaurantes.
Tiendas.
Gente que corría detrás de sus sueños.
Durante años había pensado que su vida era perfecta.
Pero últimamente comenzaba a preguntarse si realmente era feliz.
Su teléfono vibró.
Sebastián: ¿Dónde estás?
Valentina: Voy a verte.
Tardó unos segundos en responder.
Sebastián: ¿Ahora?
Ella frunció el ceño.
Valentina: Sí. ¿Por qué?
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente:
Sebastián: Tengo una reunión.
Valentina sonrió.
Valentina: Entonces espero.
La respuesta llegó inmediatamente.
Sebastián: No hace falta. Nos vemos en la noche.
Valentina sintió una pequeña decepción.
Valentina: Está bien. Te amo.
Pasaron varios minutos.
No hubo respuesta.
Ella miró la pantalla.
Después guardó el teléfono.
—¿Todo bien? —preguntó el conductor.
—Sí.
Pero ya no sonreía.