El profesor se aclaró la garganta y con voz un poco grave habló alto y claro para sus estudiantes.
—Su profesor Leonardo de la clase de ética no pudo asistir a impartirles clase, así que yo lo sustituiré por el día de hoy, abran su libro en la página 172.
Sin perder tiempo, Hilal abrió el libro en la página indicada y se quedó con la mirada gacha hacia el libro.
Podía sentir la mirada del profesor sobre él lo que aumentaba más su nerviosismo. Tomó una bocanada de aire, reunió fuerza, alzó la vista y se encontró con la mirada de ese hombre que lo observaba atento como si quisiera entrar en sus pensamientos.
El silencio se extendió durante algunos segundos que bien pudieron ser horas para Hilal mientras se miraban a los ojos fijamente.
—Hola, señor Raga —murmuró el profesor apenas audible rompiendo el incómodo silencio.
Hilal se tensó pues había algo en su voz que hacía que un inocente saludo se escuchara de lo más sensual... ¿O probablemente era su imaginación?
—Hola, señor Priego —respondió en el mismo tono bajo soltando un jadeo que no pudo evitar.
Otra sonrisa torcida se formaba en el rostro del profesor mientras su mirada intensa parecía brillar ante la curiosidad. El señor Priego rompió el contacto visual dirigiéndose hacia los libros que había dejado sobre el escritorio, levantó el de ética y lo abrió para empezar a leer un párrafo e iniciar su explicación.
Ese hombre, parado frente a él en realidad era el subdirector del colegio. Siempre que el profesor de ética faltaba, él daba la clase. El señor Priego era el indicado para cubrir estas horas por su perfil de abogado.
Y al parecer le entusiasmaba mucho, siempre daba la clase de una forma que todos entendieran, aprendían más con él que con el profesor que tenían asignado. A pesar de que el subdirector era más estricto con la clase, todos lo preferían, siempre que él explicaba un tema todos sacaban buena calificación en el examen.
El señor Renato Priego era un hombre casado de 33 años de edad. Era muy alto y con una complexión fornida que hacía suspirar a las chicas del colegio. Siempre vestía con trajes formales y entallados lo cual acentuaba su pecho y esculturales piernas, tenía el cabello rubio que combinaba a la perfección con sus hermosos ojos color miel casi dorados. En cuanto a su carácter era un hombre de trato serio, aunque en algunas ocasiones, Hilal, lo había atrapado siendo amable con algunas personas; tal vez se veía obligado a ser reservado por ser una figura de autoridad, aunque algunos rumoraban que podía llegar a ser demasiado cercano a algunas personas.
Hablando de rumores, algunos alumnos decían que a pesar de ser casado tenía gusto por los hombres, algo que no se había comprobado aún.
—Amigo, límpiate la baba —susurró con voz divertida Alejandro, lo que hizo a Hilal voltear a verlo confundido—, no le has quitado la mirada al señor Priego desde hace un buen rato.
Hilal regresó la mirada hacia su libro de ética para buscar el texto del que hablaba el profesor; sin embargo, no podía dejar de pensar en el hombre que estaba al frente leyendo.
Al encontrar el texto se concentró en seguir aquella voz hipnótica y se dio cuenta de que esto era aún peor, pues cada palabra se clavaba tan profundo que sentía que la temperatura del ambiente se elevaba varios grados. Con esa voz en sus oídos no pudo reprimir uno de los recuerdos más importantes que tenía de él.
“El día de las inscripciones, Hilal, se encontraba formado en la fila para llenar su ficha de información y ser registrado en el sistema del colegio. Después de una hora de espera, por fin llegó al escritorio de la secretaria percatándose de que no tenía un bolígrafo para escribir sus datos, la señorita lo observó con gesto cansado en lo que él rebuscaba en su mochila.
Una mano grande y pesada se apoyó sobre su hombro por lo que se quedó petrificado sintiendo que un atrayente e intenso aroma a madera se colaba por sus fosas nasales. Era la colonia más excitante que jamás había percibido, su corazón se aceleró y de inmediato se sonrojó.
Volteó hacia arriba para ver quien lo estaba tocando y se encontró con una mirada cálida color miel que lo observaba con curiosidad.
— ¿Se te olvidó tu bolígrafo? Toma el mío y no retrases la fila —sentenció el señor Priego con una media sonrisa divertida.
Se quedó sin aliento cuando vio al profesor agacharse hasta quedar a centímetros de su cara.
La cercanía del maestro era demasiado para Hilal. Podía percibir la respiración de ese gran hombre, el calor que emanaba de su piel, y al mismo tiempo sintió como su propio rostro se encendía por completo sin poder articular una sola palabra.
—Guárdalo por mí —susurró el profesor en su oído.
El aliento mentolado recorrió su cuello haciendo que se estremeciera un poco.
El profesor le entregó un bolígrafo de gel, retiró su mano, así mismo se retiró por el pasillo abarrotado de estudiantes. La secretaria se aclaró la garganta extendiéndole la forma que tenía que llenar, Hilal tomó la hoja con un agarre torpe, por poco se le resbala de las manos al alejarse para apoyarse sobre otro escritorio y colocar su información en ella.”
Desde ese momento cada vez que se encontraba al señor Priego en los pasillos, ese hombre le saludaba con calidez, a veces le sonreía y cuando lo hacía Hilal no podía evitar sonrojarse y agachar la mirada sintiendo mariposas en el estómago.
En varias ocasiones cuando Hilal y Alejandro pasaban el rato fuera del salón, podía sentir una mirada en su nuca y al voltear hacia la oficina del subdirector lo encontraba observándolo fijamente, de inmediato sentía como su estómago daba un vuelco y el calor lo abrumaba por completo. De inmediato tomaba a Alejandro del brazo para alejarse de la vista de ese atractivo hombre.
El señor Priego seguía imperturbable leyendo la lección. Al comenzar a caminar de un lado al otro con el libro en la mano, Hilal aprovechaba la oportunidad para observarlo detenidamente. Se deleitaba con la vista de su gran espalda y como su bien formado trasero llenaba el pantalón que lo cubría.
Cuando el profesor regresó en su andar con la nariz metida en el libro, desvió la mirada hacia Alejandro quien lo veía con cara burlona.
—Deja de comerte al profesor con los ojos —gesticuló su amigo manteniendo su sonrisa de mierda.
Hilal le hizo una seña para que se callara.
«Demonios, tengo que poner atención a la clase o el señor Priego me atrapará distraído» se lamentó Hilal.
Intentó regresar su atención al libro sin poner demasiada atención a la sensual voz de su profesor.