La propuesta

1201 Words
Después de unos cuantos días fríos, por fin el clima había cambiado un poco y les había regalado un precioso día soleado, tenían una hora libre y todos habían aprovechado para salir a las áreas verdes a asolearse. Hilal estaba tumbado en el pasto que quedaba frente a su salón, tenía los brazos detrás de su cabeza y observaba con tranquilidad el cielo imaginando figuras de las pocas nubes que se formaban arriba de él. El sol le daba de lleno, aun así, todavía se sentía una brisa fresca muy propia de la temporada y hacía que el calor que llenaba su cuerpo no llegara a sus heladas manos. Siempre era así en la temporada de frío. Siempre aprovechaba su peculiar temperatura para molestar a Alejandro, cuando su amigo estaba distraído le metía las manos heladas por debajo de la camisa por su espalda. El chico de ojos verdes se quedaba sin aliento cada vez que sucedía esto, Hilal solo reía mientras su amigo intentaba recobrar su respiración alejándose de él lo más rápido posible maldiciendo a sus espaldas. Ese día era uno de ellos en los que Badir se había llevado a Alejandro lejos de su alcance y en ese momento se sentía agradecido, puesto que ese día en particular, Alejandro, parecía una pelota de energía que no dejaba de molestar a sus amigos. Repentinamente se escucharon risas y gritos provenientes de la cafetería y unos momentos después apareció Badir a lo lejos corriendo con una guitarra en mano. El chico se acercó a toda velocidad con una sonrisa radiante. —Guárdala por mí unos momentos, en seguida vuelvo por ella —Badir pidió con agitación, le dejó en el regazo la guitarra y se echó a correr en dirección opuesta. Al parecer Badir lo había vuelto a hacer, era muy probable que le había robado el instrumento a algún chico nuevo solo para molestarlo. Hilal se enderezó y se sentó en el pasto con las piernas cruzadas. Acarició la madera del instrumento recordando que siempre le había parecido que la guitarra era el instrumento más hermoso de todos. Pasó una de sus manos por las cuerdas y la hizo sonar con suavidad, sonrió ante el hermoso sonido que emitía. —Nunca imaginé que tocaras algún instrumento musical —se escuchó a una voz grave decir frente a él. Hilal levantó la mirada y observó al señor Priego parado por fuera de las áreas verdes con los brazos cruzados. Ese atractivo rostro estaba iluminado por una sonrisa torcida y esos ojos cálidos se mantenían fijos en él. —Yo… no... Solo me encargaron la guitarra por un momento —tartamudeó levantando con torpeza el instrumento sin saber qué hacer con él. El señor Priego emitió una seductora risa suave y atravesó el pasto dirigiéndose hacia él sin quitarle la vista de encima. Su corazón se aceleró al igual que su respiración, aun así, intentó tranquilizarse respirando profundamente y alejando su mirada del elegante andar del señor Priego. En cuanto estuvo cerca, el subdirector se arrodilló frente a él y tomó la guitarra que le tendió sin querer. El señor Priego la tomó entre sus brazos acomodándola sobre el regazo, acarició con dulzura la curva de la guitarra con su mano izquierda mientras lo observaba con una mirada extraña. Hilal no podía despegar sus ojos del movimiento de esas manos sintiéndose embelesado. La forma en como tomaba la guitarra entre sus brazos encajando a la perfección en su cuerpo, esa mano que paseaba por la curvatura del instrumento, podía imaginar su cadera siendo tocada de la misma forma con ese cálido y firme tacto. Hilal no podía creer que de verdad estuviera pensando en algo así, se removió un poco en su lugar intentando librarse del incómodo pensamiento. El subdirector posicionó su mano derecha en los trastes de la guitarra y tocó algunos arpegios que no pertenecían a ninguna canción. Observó con atención como movía las manos de forma ligera y elegante, casi no podía creer que esos movimientos fueran tan delicados tomando en cuenta que las manos de ese sensual hombre eran grandes y pesadas. Tocaba la guitarra con suavidad y a la vez con un agarre firme como si tuviera un cuerpo entre sus brazos, un cuerpo como el suyo tal vez. Un suave jadeo salió de sus labios ante la idea. La melodía que salía de la guitarra era hermosa e hipnótica. Hilal desvió su mirada hacia los ojos del subdirector y se percató de que el profesor mantenía esos hermosos ojos fijos sobre sus labios. Solo en ese momento que la mirada del subdirector se encontraba ocupada en otro lugar, pudo observarla con mayor atención. El iris de esos ojos color miel tenía en las orillas una pequeña sombra marrón que intensificaba su mirada. Y a pesar de que su mirada era cálida, se podía distinguir una sombra de dolor que lo atravesaba. — ¿Te gusta cierto? —Insinuó en voz baja el señor Priego sin quitar la mirada de sus labios. —Sí —respondió un poco sin aliento. —Se nota en tu cara de cachorrito —murmuró el profesor con voz suave y seductora colocando en su rostro esa sonrisa torcida tan característica de él. De inmediato Hilal fue consciente de sí mismo, se encontraba con los ojos muy abiertos, sus mejillas calientes y sus labios entreabiertos. Su expresión era la más pura y sorprendida inocencia por lo que volteó hacia otro lado en un intento de recobrar un poco de compostura. El señor Priego rio entre dientes deteniendo su hipnótica canción. Por el rabillo del ojo lo vio moverse y poco después sintió que el dorso de la mano del profesor tocó su enrojecida mejilla. Hilal se paralizó ante el toque cálido de aquel hombre, la piel del señor Priego era suave, muy distinta al de sus palmas duras y firmes. Con un poco de inseguridad enfocó de nuevo su mirada en los relucientes ojos del subdirector sintiendo como se sonrojaba aún más si eso era posible. Su pulso se disparó oprimiendo su pecho; sin embargo, se negaba a desviar la mirada pues era la primera vez en mucho tiempo que estaban así de cerca y deseaba que ese momento durará para siempre. Hilal podía sentir la energía que emanaba de ellos, algún tipo de fuerza que hacía que se acercaran un poco más hasta que sus rostros quedaron a centímetros de distancia. —Si te interesa aprender a tocar guitarra ven a verme al Instituto de Música de la Rosa a las seis de la tarde —el subdirector acortó la distancia entre ellos, colocando sus labios cerca de su oído—. Te estaré esperando. El señor Priego dejó la guitarra por un lado y con un movimiento elegante se levantó para marcharse por donde había llegado. Hilal se quedó sentado en el pasto con la respiración acelerada y la mirada fija en el andar del subdirector, sintiendo en su sonrojada mejilla el hormigueo que le había dejado el tacto del señor Priego. Con una de sus manos frías acarició la piel donde había sido tocada. «¿Ahora que se supone que debo hacer?» Se preguntó con melancolía.
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