La primera clase de guitarra

2960 Words
En el momento en que sonó el timbre que marcaba el final de las clases, Hilal guardó sus cosas con rapidez y al despedirse de Alejandro con prisa, éste lo vio como si se preguntara qué mosco le había picado. Justo cuando dejaba el aula, Badir jaló a su amigo captando toda su atención por lo que se echó a correr por los pasillos hasta que salió y llegó a la parada del autobús. Al llegar a su casa vacía fue directo a la ducha dejando a su paso su ropa tirada por todas partes. Una vez bajo el agua caliente dejó que gruesas gotas de agua cayeran sobre su cabeza recorriendo su cuerpo como caricias indecentes. No pudo evitar estremecerse al sentir como rápidamente el agua ganaba cada centímetro de su piel dejándola húmeda. Su pecho subiendo y bajando, sumado al rubor que sentía quemar en su rostro, delataba su caos interior. Cerró los ojos y elevó un ruego agónico para que pudiera tener control en sí mismo, así podría despejar su mente y calmar los nervios que estaban haciendo estragos no solo en su estómago sino también en su piel, en su corazón desbocado y sobre todo en su aliento que salía en jadeos inoportunos. Al salir de la ducha anudó una toalla en su cintura, rebuscó en su armario hasta que encontró sus pantalones de mezclilla favoritos. Dicha prenda era bastante ajustada por lo que resaltaba a la perfección su redondo trasero. Después se colocó una camiseta negra combinando todo con unas zapatillas blancas deportivas. Mirándose al espejo verificó que estuviera presentable, revolvió más su cabello alocado en un intento de que las gotas que caían de ellos no mojaran demasiado su atuendo.  La ducha no había ayudado mucho a aminorar sus nervios y su estómago seguía retorciéndose por lo que no pudo comer en ningún momento. Su cabeza era un caos, su mente estaba dividida por varias voces que no lo dejaban pensar con claridad. Por un lado, una voz histérica le gritaba que se animara y fuera a ver al señor Priego al instituto, que fuera realista que se moría por verlo. Otra voz le decía con malicia que no era lo tan bueno como para presentarse ante él. Una tercera voz le preguntaba con indiferencia el porqué de su espanto, de todos modos, solo es un profesor y ya, no se va a acabar el mundo, no debería de estar tan preocupado por ir a verlo. Se levantó para mirarse en el espejo que se encontraba a un lado de su cama y aspiró profundamente para vaciar su mente. Poco a poco las voces en su mente se fueron callando hasta que quedó solo la vocecilla histérica que le gritaba que no fuera cobarde y pusiera su culo en camino. Tomó sus pertenencias y se encaminó hacia el Instituto de la Rosa a paso apresurado. Decidió irse a pie pues el instituto estaba cerca de su casa y caminar le ayudaba a aclarar la mente. Cuando por fin logró controlar sus nervios se rio sintiéndose estúpido, ni siquiera le interesaba tanto aprender a tocar algún instrumento, inclusive había huido de las clases de música que ofrecían en el colegio. El profesor de música del colegio era un viejo pervertido que acosaba a sus estudiantes más atractivos, los toqueteaba sin su permiso y a pesar de que los alumnos lo reportaban siempre lograba salirse con la suya.  Sin embargo, el señor Priego era un asunto muy distinto, la forma en cómo le había sugerido que fuera a verlo fue un golpe a sus sentidos, un camión arrollándolo sin piedad y arrojándolo por las nubes sin poder evitar la caída. La caída a las sensaciones que ese profesor había grabado en él al decirle “Te estaré esperando”. Esa frase retumbaba en su mente una y otra vez creando cosquillas en su estómago. Sacudió la cabeza intentando alejar esos pensamientos que lo hacían sentir nervioso. Estaba a punto de llegar al instituto por lo que caminó un poco más rápido viendo su reloj que marcaba las seis en punto. Se detuvo por un momento en la amplia entrada del edificio donde se apreciaba con facilidad los distintos sonidos musicales. Las puertas estaban abiertas dándole la bienvenida. Intentó tener algo de confianza, metió las manos en los bolsillos del pantalón, inhaló profundamente e ingresó al complejo. La mayor parte del instituto estaba constituido por un gran patio donde se celebraban eventos artísticos. En el extremo derecho se encontraba solo una oficina que pertenecía a la dirección; del lado izquierdo se encontraban los salones donde se impartían las distintas disciplinas artísticas. Hilal volteó hacia arriba y se percató de que eran tres pisos de salones, todos con las puertas abiertas dejando ver lo que sucedía adentro. Pegadas a la pared izquierda se visualizaban las escaleras que conducían a los pisos superiores y de inmediato a un lado en el primer piso se podía apreciar el aula de guitarra. Los pies de Hilal lo llevaron hacia el aula en cuestión y se detuvo en la entrada admirando el esplendoroso salón. Las paredes estaban cubiertas con fotografías de distintos instrumentos de cuerda, la pizarra tenía pintados pequeños hexagramas musicales con pisadas de guitarra en ellos. También había alumnos sentados en distintas posiciones por todo el salón, la mayoría estaban formados en corrillos practicando con el instrumento, en medio de todo el desorden se encontraba de espaldas una figura alta y fornida que observaba con un poco de impaciencia el reloj que tenía al frente. El gran hombre dio media vuelta y en cuanto sus miradas se encontraron quedaron perplejos ante sus propias visiones. Era la primera vez que Hilal veía al señor Priego sin sus ajustados trajes sastres, en esa ocasión estaba usando una camiseta azul marino, encima un saco casual n***o que enmarcaba su atlética figura provocándole en la mente imágenes de él mismo sacándole esa prenda mientras acariciaba su torso. Sin dejar de lado sus pensamientos, bajó la mirada y con ella recorrió esas piernas cubiertas por unos pantalones de mezclilla que, a su parecer, estaban bastante ajustados e intentó imaginar que tan difícil podría ser ponérselos, o mejor aún, quitárselos. Finalmente, sus ojos se posaron en las zapatillas deportivas muy similares a las que él mismo llevaba puestas. El profesor también lo observaba de arriba abajo sin perderse ningún detalle. En cuanto sus miradas se encontraron de nuevo, el señor Priego le sonrió con amplitud, acortó la distancia entre ellos y colocó una mano sobre su hombro. Hilal apenas le llegaba al hombro al profesor, así que para poder verlo a los ojos tenía que levantar su rostro. —Me da gusto que hayas decidido venir —exclamó con alegría el señor Priego—, debo decir que te ves muy distinto sin el uniforme escolar. El hombre que tenía al frente volvió a barrerlo una vez más con la mirada. Hilal contuvo la respiración por un momento, ¿Qué había querido decir? ¿Distinto bien? o ¿Distinto mal? Quiso preguntar, aunque cualquier duda quedó en el olvido cuando una de las manos del profesor recorrió su espalda hasta casi abrazarlo y lo empujó un poco hacia adelante. — Ven, te voy a enseñar lo que hacemos aquí. El señor Priego lo presentó ante los estudiantes, los cuales no le prestaron demasiada atención pues se encontraban muy concentrados practicando con su instrumento. La clase en la que se encontraban era la de alumnos avanzados así que el señor Priego le explicó que no tenía mucho que hacer más que observarlos y a veces corregirlos. Por esa razón durante toda la clase se pudo enfocar en él para explicarle los conceptos básicos. El profesor le tendió un pequeño conjunto de hojas, le explicó una por una los conceptos de la guitarra, las partes del instrumento, la forma en cómo se escribían los acordes en el hexagrama y como tocarlos en la guitarra. Hilal pensó que esta parte sería difícil, aunque al ver que todo era claro y lógico no se preocupó demasiado. El reloj marcaba que faltaba un cuarto de hora para que finalizara la clase así que el profesor dio la indicación para que los alumnos se retiraran a sus casas. Todos menos Hilal pues su intención, como así se lo hizo saber, era que, aunque sea tocara un acorde esa misma noche. Para él estaba bien, hacía demasiado frío afuera y no tenía mucha intención de salir todavía. Fue conducido a un rincón del salón donde se le acercó una silla para que se sentara, el profesor jaló otra para él, de modo en que ambos quedaron sentados frente a frente con las rodillas rozando todo el tiempo, todo el agónico tiempo que estuvieron juntos. Intentando concentrarse en la clase particular y no en el roce ajeno, entre nervioso y emocionado dejó que el maestro colocara una guitarra en su regazo y le acomodara las manos en los lugares correctos para comenzar a tocar.  Hilal se estremecía ante el toqueteo de su profesor cada vez que le acomodaba un brazo en la guitarra y guiaba sus dedos hacia las cuerdas. Sus manos temblaban mientras intentaba acatar las instrucciones; sin embargo, algo no estaba bien, se sentía incómodo para tocar y no estaba seguro de que fuera a causa de su maestro, sino más bien, era culpa del instrumento que no encajaba en su cuerpo. Al menos eso era lo que él comenzó a deducir. —Tu postura es muy rígida y encorvada, tienes que relajarte, Hilal, o te cansarás muy rápido. Hilal tuvo que reprimir un jadeo, su nombre dicho por el señor Priego le había movido el piso, su corazón martillaba rápidamente por lo que solo pudo asentir con la cabeza, aunque continuaba en la misma posición rígida. El señor Priego negó con la cabeza mientras reía con suavidad. El profesor se inclinó hacia el frente para deslizar la mano izquierda por su espalda baja y con la palma de su mano le dio un leve empuje hacia el frente para enderezarlo. El empujón de su profesor lo hizo jadear levantando un poco la mandíbula, la mano del señor Priego se quedó un momento en su cintura acariciándola por encima de su camiseta, mientras con la otra sacudía un poco su hombro izquierdo a modo de que se relajara. — ¿Mejor? —Dijo el mayor soltándolo por completo. Para su sorpresa el instrumento se había acomodado un poco mejor en su cuerpo, así que asintió y se le quedó viendo con atención. —Muy bien, entonces fíjate es esos acordes —el profesor señaló hacia la pizarra que se encontraba del otro lado del salón—, intenta hacer el primero. Hilal miró la pizarra, después hacia su mano que estaba sobre el brazo de la guitarra, colocó los dedos en la posición correcta, presionó las cuerdas y con la otra mano bajó un dedo sobre las seis cuerdas para hacerlas sonar. El sonido era un poco sordo por lo que torció su boca con desaprobación. —Créeme, con el tiempo se escuchará mejor, ahora intenta hacer el siguiente acorde —el profesor volvió a señalar la pizarra. Movió la mano con dificultad, el segundo acorde parecía más fácil, aun así, su mano congelada era muy lenta haciendo que sus movimientos parecieran mecánicos. En cuanto tuvo lista la posición volvió a tocar las cuerdas con la mano derecha y se avergonzó un poco al darse cuenta de que el sonido seguía siendo fatal. —Estás forzando mucho tu mano en el brazo de la guitarra —exclamó el profesor antes de tocar su mano para colocarla en la posición correcta— ¡Vaya! —Exclamó sorprendido—, tienes las manos heladas, es por eso que se te dificulta hacer el cambio, dame tus manos. El señor Priego acunó sus manos frente a él en una clara señal de que esperaba por las suyas. Hilal dudó por un momento pues una cosa era que el profesor corrigiera su postura y otra muy distinta e incómoda que quisiera tomar sus manos. Aun así, recostó la guitarra sobre su regazo y las extendió hacia al frente. El señor Priego las atrapó en un agarre muy cálido y las acarició con suavidad. Sus manos eran más chicas que las del hombre que las estaba frotando por lo que cabían a la perfección en ese estrecho agarre. En poco tiempo quedó por completo hipnotizado en esos movimientos de aquellas sensuales manos gruesas y firmes, aunque no pudo evitar reconocer que era extraño, la apariencia de las manos duras no coincidía con las gentiles caricias que estaba recibiendo. Al levantar instintivamente la mirada hacia los ojos del profesor, se encontró con la sorpresa de que lo estaba mirando con intensidad. Por un momento se quedó sin aliento sintiendo como un rubor se apoderaba de sus mejillas. —Respira Hilal —murmuró el señor Priego y sin despegar la mirada fija en sus ojos, el profesor acercó las manos hacia esos sensuales labios, hizo un pequeño hueco y sopló con suavidad entre ellas. El aliento cálido cosquilleó a través de sus manos instalándose en su columna vertebral lo que le provocó un visible estremecimiento. Hilal aspiró hondo al mismo tiempo que el profesor soltó sus manos. Movió sus dedos sintiendo más fluido el movimiento por lo que volvió a tomar la guitarra e intentó hacer de nuevo los acordes que el profesor le había señalado. En esta ocasión el sonido fue un poco más claro y Hilal sonrió hacia el señor Priego. —Es más fácil cuando tienes las manos calientes así que intenta no enfriarte mucho —el profesor volvió a inclinarse hacia el frente— ¿Tienes guitarra para practicar en casa? Sin sentirse todavía capaz de hablar solo negó con la cabeza y vio como una sonrisa torcida se dibujaba en el semblante de ese hombre. —Bien, entonces mañana temprano ve a verme a mi oficina, te prestaré la que tengo en el colegio. Con esto dicho, se levantó de su asiento y Hilal entendió que había terminado la clase. Se dirigió hacia donde estaban las demás guitarras para colocar en el piso la que le había sido prestada y en cuanto se enderezó, el señor Priego ya se encontraba en la puerta del salón esperándolo. Se acercó hacia él en un par de zancadas y se dirigieron hacia la salida del instituto. Cuando salieron a la oscura calle, el frío le golpeó en el pecho y por instinto se abrazó para frotarse la piel desnuda de sus brazos. De inmediato quiso seguir caminando para calentar un poco su cuerpo. «¿Por qué demonios no cargué con una chaqueta?» Se lamentó mientras sus dientes castañeaban un poco. El señor Priego lo detuvo por el hombro haciéndolo girar sobre sus pies, lo vio quitarse su saco dejando ver la blanca piel de sus musculosos brazos y se estremeció cuando su profesor colocó la cálida prenda sobre sus hombros. Intentó con todas sus fuerzas girarse de nuevo para seguir caminando, aunque lo único que pudo hacer fue recorrer su mirada ansiosa sobre los brazos del hombre que se erguía frente a él. El profesor le sonrió de lado y colocó una de las manos en su espalda guiándolo sobre la acera. Por fortuna el maestro comenzó con una charla ligera donde habló acerca de los acordes y pequeños consejos que le servirían para aprender a tocar guitarra. Lo que el profesor no sabía era que no prestaba atención del todo, menos cuando esa gruesa mano acariciaba su espalda baja con tentadora lentitud. La casa del señor Priego se encontraba a cinco minutos caminando y quedaba de paso para ir a la casa de Hilal. Pasaron ese corto tiempo con sus cuerpos casi pegados gracias al abrazo que mantenía el mayor. Todo el trayecto el señor Priego dirigió la conversación, por lo que se mantuvo callado y solo asintió de vez en cuando.   Hilal aspiró profundamente sin soltar el aliento en el momento en que la mano en su espalda bajó hacia su cintura y lo detuvo de golpe, habían llegado a la casa del profesor y él ni siquiera se había dado cuenta. —Bien... pues esta es mi casa —dijo el profesor con una sonrisa torcida—, cuando necesites algo ya sabes dónde buscarme, si no estoy en el instituto me encontrarás aquí. Hilal asintió e hizo un movimiento para intentar quitarse el saco que lo cubría y al mismo tiempo fue detenido por una fuerte mano sobre sus hombros. — ¿Qué haces? Te vas a enfermar, llévatelo a tu casa y mañana me lo entregas en el colegio. Te lo cambio por la guitarra ¿De acuerdo? —Dijo sonriente el hombre que lo sostenía. —De acuerdo, gracias señor —asintió de nuevo agarrando con un poco más de la gran prenda en sus hombros. El señor Priego acarició su cabello y lo alborotó un poco en señal de despedida. Hilal se apresuró a continuar con su camino evitando voltear hacia atrás. Conforme avanzaba, el viento aumentaba su intensidad por lo que se envolvió más en el saco y cuando su nariz quedó dentro de la prenda percibió el intenso aroma del señor Priego. Se detuvo a mitad de camino, cerró los ojos y volvió a aspirar con tanta profundidad que el aire lastimó sus pulmones. Sintió un calor placentero emanar de su estómago difundiéndose por todo su cuerpo, abrió los ojos para continuar su camino aspirando una y otra vez el delicioso aroma de su profesor para inundar sus pulmones con él. Por un momento deseó quedarse la prenda y poder oler para siempre ese magnífico aroma.
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