La prenda

1522 Words
Al otro día, Hilal, estaba en su hora de receso y en ningún momento salió a la cafetería a tomar su desayuno o relajarse un poco. Toda la mañana la había pasado recostado en la paleta de su asiento sobre el saco del señor Priego para aspirar su perfume una y otra vez, admirando la calidez que se formaba por todo su cuerpo al llenarse de su delicioso aroma. Alejandro regresó al salón con una bolsa de frituras y al dejarse caer en su asiento se le quedó viendo a la prenda en la que estaba apoyado. — ¿En algún momento me vas a platicar acerca de eso? —Su amigo señaló la oscura prenda— y no me digas que es tuya porque es demasiado grande para ti. Hilal lo observó con sus enormes ojos desconsolados, suspiró con fuerza y abrazó la prenda sin querer separase de ella. —Ayer pasó algo muy extraño. El sonido de su voz salió disminuido a través de la tela. —Ah sí claro... ¡Qué bien! Me contarás el por qué me abandonaste ayer —se burló Alejandro devorando una fritura. Hilal no sonrió, seguía mirando a su amigo con sus ojos soñadores y su labio inferior sobresaliendo un poco. Explicó a grandes rasgos lo que había sucedido la noche anterior, remarcaba lo mucho que el señor Priego se acercó a él, cómo lo tocó y acaricio; la forma tan atenta e interesada con la que le habló y sobre todo esas miradas intensas que le hacían perder el aliento. — ¿Crees que estoy imaginando cosas? —Preguntó con una extraña melancolía en la voz que nunca dejaba que escucharan, salvo en pocas ocasiones a su amigo. Este lo observaba sin ninguna expresión en la cara a la vez que masticaba una fritura y analizaba la pregunta. — No lo creo —masculló Alejandro todavía con la boca llena—, el señor Priego siempre te ha visto de una forma un poco aterradora... algo así como si quisiera secuestrarte… o devorarte —movió la mano como si le restara importancia al asunto. —Tengo que entregarle el saco, pero no quiero alejarme de su aroma —abrazó aún más la prenda sin importarle lo mucho que ya la había arrugado. —No seas ridículo, lo tendrás casi todos los días por las tardes y podrás olerlo todo lo que quieras —exclamó Alejandro con un tono divertido en la voz. Aunque Hilal ya tenía su soñadora mirada perdida en algún punto de la pared de enfrente—, mariquita enamorada —continuó burlándose—, levanta tu culo y ve a dejar ese trapo, ya casi se acaba la hora del receso y la clase que viene es la de inglés. Hilal frunció el ceño pues era la única materia en la que tenían problemas los tres amigos y a pesar de que el profesor era muy paciente con ellos, simplemente el idioma les pasaba resbalando por el cerebro. Con un suspiro resignado se levantó con la prenda en los brazos arrastrando los pies, en el momento que pasó frente a Alejandro, éste le propinó una sonora nalgada por lo que brincó y apuró el paso mientras veía con los ojos entrecerrados a su amigo el cual se reía a carcajadas en su asiento. Corrió hacia la oficina del subdirector sintiéndose nervioso y en cuanto estuvo frente a la puerta aspiró de nuevo en la prenda que ya había perdido casi por completo el delicioso aroma y llamó con un tímido golpeteo. Del otro lado se escuchó a una voz grave indicando que entrara, por lo que abrió la puerta y se encontró con la mirada seria del señor Priego, su expresión cambió por completo en cuanto lo vio, sus ojos miel parecieron resplandecer, además una amplia sonrisa se formó en su rostro. —Hola, señor Raga —saludó con felicidad el subdirector. Su estómago se revolvió ante la seriedad del trato del profesor ¿Acaso ya no era Hilal para él? Tragó saliva y entró con paso torpe en el despacho, extendió la prenda arrugada hacia el hombre que estaba del otro lado del escritorio. —Gracias por prestármela señor Priego, me ayudó mucho. —Fue un placer para mí —respondió el mayor tomando la prenda sin dejar de observar sus labios. —Ahora, como prometí, tome la guitarra de la esquina. Hilal fue hacia la dirección señalada, tomó el instrumento envuelto en una funda de tela y cuando volteó de nuevo hacia el hombre de traje lo atrapó viendo sus piernas con atención. El subdirector regresó la mirada hacia su rostro sonriendo divertido. —Hoy es viernes y no tengo clases en el instituto, ¿qué le parece si tenemos una clase especial?, quiero enseñarle unos acordes para que pueda practicar el fin de semana salvo que… tenga otros planes para esta noche, señor Raga —más que una pregunta, era como un reproche escondido. —N... o, es… toy libre en… la no…che —tartamudeó sintiéndose estúpido por su reacción. —Muy bien —la voz del profesor sonaba satisfecha—, entonces lo estaré esperando en mi casa a las seis en punto. Deje esa guitarra en su casa para practicar, en la mía tengo otra para su uso —exclamó el señor Priego volviendo su atención hacia los papeles de su escritorio con su rostro ilegible. Hilal asintió confundido y se marchó de la oficina con la guitarra en mano.     ***** Una vez cerrada la puerta, el señor Priego volvió a mirar hacia el frente para verificar que la puerta estuviera cerrada. Bajó la vista y levantó la prenda de su regazo para llevarla a su nariz. Aspiró profundamente el aroma de Hilal que se había impregnado en su prenda. Sonrió satisfecho pues podía jurar que el chico no se la había quitado en ningún momento, incluso apostaba que hasta había dormido con ella, el olor estaba bastante presente en su saco como para que solo se lo hubiera puesto durante el trayecto hacia su casa.     ***** Hilal regresó a su aula a paso apresurado, una confusión se removía en su mente y un peso aplastaba su corazón, recordó lo que había sucedido hace unos años con el chico que había jugado con él y de inmediato intentó sacudirse esa idea de su mente. Entró en el salón todavía con paso apresurado, dejó la guitarra recargada en la pared y se enfurruñó en su asiento con la vista fija al frente. Alejandro lo observaba confundido. — ¿Estás bien? —Su amigo sonaba preocupado. —Al parecer estoy imaginando cosas, amigo, esto es tan estúpido —rio sin gracia en la voz. Vio a Alejandro abrir la boca, aunque no emitió ningún sonido pues el profesor de inglés entró al aula ordenando a todos que guardaran silencio y ocuparán sus lugares. Sabía que su amigo quería indagar más en el asunto, aun así, se quedaron en completo silencio para poner atención a la clase, ya hablarían de ese asunto en algún otro momento.     ***** Al terminar las clases, ambos amigos compartieron el autobús que los llevaba a sus respectivas casas. En el transcurso del camino, Hilal, le platicó la forma tan impersonal con que lo había tratado el profesor. Alejandro aconsejó a su vez que no se volviera loco por un hombre mayor que para empeorar las cosas era casado. Después de un rato de silencio, asintió estando de acuerdo con él, aunque no se sentía muy convencido. Alejandro revolvió su cabello y sin opción a reclamarle nada lo vio bajarse del transporte público en su parada. Unos minutos después, el transporte lo dejó cerca de su casa y en cuanto atravesó el umbral de su hogar se dejó caer en uno de los sofás de su sala. Suspiró frustrado pues las voces insoportables en su cabeza volvieron a resonar fuerte y claro. La voz negativa se burlaba de la situación; la despreocupada voz sonaba al fondo restándole importancia al asunto, «¡Solamente es un profesor!» Le gritaba intentando superar a la voz negativa; la histérica voz de impaciencia se encontraba aún más en el fondo murmurando que no se diera por vencido pues no tenía nada que perder. Para su fortuna, su ruidoso estómago hambriento fue más fuerte que su mente por lo que se levantó y arrastró los pies a la cocina, calentó algo de comida y con pasos algo derrotados volvió a la sala de estar con su alimento, el que ingirió viendo la televisión. Entre más se acercaban las seis de la tarde, sus nervios se apoderaban de su cuerpo y su respiración se aceleraba. No importaba lo que se dijera, estaba ansioso por ir a verlo. Se levantó del sofá de un salto dirigiéndose a su habitación, con agarre tembloroso se cambió el uniforme por una de sus camisetas oscuras y unos ajustados pantalones de mezclilla intentando no tocar su tibia piel con sus heladas manos. Esta vez se colocó una chaqueta antes de salir y encaminarse a la casa del señor Priego.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD