Hilal se encontraba frente a la puerta de la estrecha casa de su profesor de música hecho un manojo de nervios.
Observó su reloj e hizo una mueca al ver que eran las seis en punto.
«¿Por qué mierda tengo que ser tan puntual?» Se reprendió a sí mismo deseando que fuera un poco más tarde y no mostrarse tan ansioso por verlo. No le gustaba la forma en cómo lo hacía sentir su profesor, como si fuera una chica nerviosa que se moría por estar con él.
Con manos temblorosas tocó el timbre que se encontraba a un lado de la puerta.
Del otro lado se escuchó una silla arrastrarse, seguidos de unos pasos que se acercaban. Contuvo la respiración, él esperaba que fueran del señor Priego y no de su esposa, esto provocó que su corazón se acelerara logrando que esta reacción le molestara. La puerta se abrió y al ver la silueta de un hombre del otro lado del umbral exhaló aliviado. La persona que lo recibió lucía una apariencia relajada muy parecida a la suya, la única diferencia era su semblante, una sonrisa y mirada reluciente que mostraban que lo recibía con gusto. Haciendo contraste con su expresión nerviosa, en realidad estaba a punto de entrar a esa casa y esto lo ponía aún más ansioso.
—Adelante, Hilal, por favor —el enorme hombre se hizo a un lado dejándolo pasar.
Entró a la casa con paso torpe, el intenso perfume del profesor le pegó de tajo enloqueciendo sus sentidos; sin embargo, intentó concentrarse en la pequeña habitación en la que se encontraba. El recibidor había sido convertido en un despacho; un escritorio estaba colocado en la esquina, quedando al lado de la puerta que conducía al resto de la casa. Frente al escritorio se encontraba un sofá de dos plazas y al frente de este, una silla que daba la impresión de estar abandonada; las paredes estaban tapizadas con reconocimientos de donde sobresalía el nombre "Lic. Renato Priego". En la pequeña estancia solamente había una ventana que daba a la calle.
El profesor le hizo una seña hacia el sofá.
—Siéntate por favor, enseguida regreso —dicho esto, el profesor desapareció por la puerta al lado de su escritorio.
Hilal respiró profundo varias veces intentando tranquilizarse, recordó las palabras de su amigo.
«No te recomiendo que te vuelvas loco por un hombre mayor, además recuerda, está casado»
Asintió internamente logrando relajar su rostro, volviéndose desinteresado y distante, la expresión que le mostraba a todos. Algunos minutos más tarde, el señor Priego regresó con una guitarra y una libreta en la mano sonriendo con amplitud, tomó la silla y la arrastró para quedar frente a él.
Hilal vio al profesor fruncir el entrecejo, al parecer algo no le gustaba y aunque no supo determinar qué era, no quiso preguntar. Necesitaba mantener el espacio entre ellos. Recibió la guitarra que el maestro le entregó y le dejó a la vista una libreta con un poco de duda. Le incomodaba ver a un hombre tan seguro de sí mismo vacilar, pero eso no debería importarle, Hilal se centraría en aprender, nada más que en aprender.
Se acomodó el instrumento según le había enseñado en su clase anterior, a pesar de ello, seguía sintiéndose incómodo, no ayudaba sentir y ver la dura mirada del profesor enfocada en él y en cada movimiento que hacía. Intentó no verlo a los ojos, concentrándose en la pequeña libreta que le había sido extendida. No necesitó de ninguna instrucción, sabía lo que tenía que hacer.
Durante unos minutos intentó hacer el círculo de sol que la libreta le mostraba; sin embargo, la mano izquierda le dolía con el esfuerzo y con frecuencia tenía que sacudirla para hacer retroceder al entumecimiento.
—De nuevo estás muy tenso —suspiró el profesor como si Hilal no tuviera remedio.
Su maestro dejó la libreta sobre la silla, se sentó a su lado izquierdo y extendió uno de sus brazos en el respaldo del sofá quedando muy cerca de sus hombros.
Durante un momento que bien pudo ser segundos u horas se miraron fijamente, la cercanía de ese hombre le producía escalofríos y un pulso acelerado que no le permitía respirar de manera adecuada. Era muy incómodo tener tantas sensaciones abrumadoras solo por tener ese cuerpo tan cerca, un cuerpo tan sexy del que no podía evitar imaginar cómo sería si no estuviera cubierto con tanta ropa.
Hilal estaba haciendo un puchero del que no era consciente, el hombre que se encontraba a su lado le observaba con atención los labios, como si estuviera analizando algo. Un momento después desvió la mirada hacia sus ojos y le sonrió con burla. El ceño de Hilal se pronunció hasta que sintió a sus cejas temblar por el esfuerzo que hacía, un dedo firme tocó su ceño fruncido masajeándolo para deshacerlo.
El tacto de ese dedo firme sobre su sensible piel fue lo suficiente como para perder la batalla contra su propio enojo por lo que relajó su rostro disfrutando de esa pequeña caricia. Las manos del profesor se deslizaron hacia sus hombros para masajearlos de una forma gentil y a la vez tan sugerente que se sintió abochornado. Para este momento no sabía si el profesor lo toqueteaba a propósito o era él quien estaba malinterpretando las cosas. El masaje continuó hasta que su cuerpo se relajó por completo, de inmediato unos pulgares lo empujaron sobre los omóplatos para enderezarlo haciéndolo respingar con un jadeo. Nunca se esperó el cambio abrupto. El profesor bajó su dedo índice y lo presionó sobre la espalda baja haciéndolo sacar el pecho y mantenerse en esa posición recta.
—Ahora continúa con los demás acordes siguiendo el ritmo que te marca la libreta —ordenó su profesor acomodándose aún más cerca, logrando que se sintiera vulnerable debido a la cercanía.
También apreció el momento en que sus piernas se tocaron. Todo era una locura y lo que más le extrañaba era ese dedo que presionaba su espalda baja para impedirle que se encorvara de nuevo. Si fuera una persona normal, tal vez ese toque no le causaría gran cosa. Maldijo internamente a esa parte de su cuerpo que siempre había sido tan sensible, uno de sus puntos débiles que se supone solo él conocía, y al parecer ahora el profesor también.
Continuó practicando e intentó no perder el ritmo. El sonido que emitía la guitarra era cada vez más claro, solo sus manos torpes seguían siendo un problema para hacer los cambios.
— ¿Manos frías? —La voz de señor Priego era suave, aunque muy firme y la mirada fija en sus torpes movimientos lo hicieron asentir avergonzado.
El profesor soltó la presión de la espalda permitiéndole encorvarse de nuevo y tomó su mano izquierda que sostenía el brazo de la guitarra encerrándola en sus manos.
—Hoy estamos casi a la misma temperatura —comentó el profesor pensativo y lo vio meditar un momento—. Tal vez, pueda solucionar tu problema —prometió con una sonrisa maliciosa.
Él observó entre fascinado y aterrado, como su mano era guiada hacia el rostro del hombre mayor y este la acunaba haciendo presión sobre su mejilla.
Hilal contuvo el aliento observando esa sonrisa que lo hacía ponerse nervioso, el rostro que estaba en su palma estaba caliente y estando tan cerca podía escuchar a la perfección la respiración suave del hombre que sostenía su mano. Sin querer movió un poco su palma como si intentara acariciarlo. Con el movimiento, el nacimiento de la barba lo raspó brindándole una sensación áspera que le gustó. No podía ser que cualquier parte de este hombre le pareciera tan malditamente atractivo. Su visión periférica lo alertó y dirigió su mirada hacia los ojos de su profesor quien lo observaba de forma cálida como si estuviera observando algo hermoso.
Un ceño fruncido comenzaba a formarse en su rostro en tanto el profesor lo miraba con ojos relucientes que se fueron apagando conforme su ceño se pronunciaba.
«¿Qué pasaría si su esposa apareciera en cualquier momento?... ¿No sería una situación extraña para ella?» Se preguntaba con un poco de molestia revolviendo su estómago.
El señor Priego liberó su mano, aunque tardó un poco en registrar que debía quitarla de ese rostro. En el momento en que vio que le sonrió de manera pícara, Hilal quitó su mano y desvió su mirada. Movió sus dedos sintiendo como la sangre fluía por su mano por lo que siguió tocando la guitarra, no sin antes respingar y enderezarse por la presión del dedo índice que su profesor colocó de nuevo en su espalda baja. Presionando esos nervios que enviaban cosquillas placenteras por su espina dorsal.
El ensayo continuó por un par de horas en las cuales su mano se enfriaba de vez en cuando, el señor Priego la acunaba en su rostro durante un minuto mirándolo con intensidad, momento en el que prefería mirar en cualquier otra dirección para controlar su respiración irregular.
Llegó un punto en que los dedos le dolieron por la presión constante en las cuerdas, el sonido de la guitarra se apagaba, además la posición recta se ponía difícil mantenerla aún con ese dedo presionándolo. Con un suspiro el profesor se levantó del sofá, fracciones de segundo que aprovechó para observar esas gruesas piernas en movimiento. El mayor recorrió las cortinas y se asomó por la diminuta ventana.
—Está comenzando a anochecer, ¿qué te parece si tomamos un descanso? —Sugirió el profesor regresando la atención a su rostro. Suspiró aliviado levantándose de su asiento dejando la guitarra sobre el sofá, estiró su cuerpo y sacudió sus manos en un intento de liberarse del entumecimiento — ¿Sucede algo? Desde que llegaste te ves raro... como si estuvieras molesto —cuestionó el profesor sin dejar de observarlo.
— ¿¡Qué!? No, claro que no, solo estoy un poco cansado —se apresuró a decir pronunciando las palabras un poco más rápido de lo habitual.
El profesor entrecerró sus ojos en señal de no estar muy convencido.
—Hay una cafetería aquí a la vuelta, ¿te parece si vamos a tomar algo?, así podemos platicar un poco, me encantaría saber lo que hay detrás de ese aspecto tan serio —el profesor acortó la distancia y le dio un golpecito juguetón en la nariz con su dedo índice.
Un destello atravesó su cerebro, la voz histérica de su mente salió de su letargo comenzando a brincar por todos lados gritándole que era la oportunidad perfecta para conocerlo mejor. Fingió analizar un poco la propuesta y asintió con un atisbo de sonrisa.
El profesor sonrió con amplitud, tomó el saco gris que estaba en su respaldo colocándoselo con movimientos rápidos en lo que tomaba las llaves de su casa y juntos se encaminaron hacia la cafetería. Solo estaban a dos casas antes de que terminara la manzana y girar para encontrar la cafetería en la esquina. Desde ese sitio se podía observar la línea de negocios de comida que se extendía a lo largo de la calle; frente a estos, se visualizaba un pequeño parque lleno de árboles y bancas donde las parejas solían pasar el rato. Había muchas farolas encendidas con la luz baja dando un toque romántico al ambiente.
En el momento en que ingresaron a la cafetería se asombró pues el lugar era hermoso y acogedor. Las paredes y el piso habían sido laminadas con madera oscura que brillaba a la luz amarilla del sitio, el mobiliario estaba decorado con tonos cremas dando un aspecto cálido y confortable. El aroma era embriagador, combinaba el olor a madera que lo enloquecía últimamente, con el del café y pan recién hecho. La suave música instrumental que se escuchaba de fondo hacía que el lugar pareciera perfecto.
Hilal se estaba dirigiendo a una mesa vacía frente a él; sin embargo, el profesor parecía tener otra idea pues lo tomó del brazo y tiró de él en otra dirección. Se dejó conducir hacia unas escaleras que estaban al fondo y subieron al segundo piso. El lugar era aún más hermoso allí, estaba decorado con una serie de luces blancas que colgaban de los candelabros principales que emitían la misma luz amarilla que el piso de abajo.
El lugar se encontraba vacío así que se sentaron en una mesa que quedaba al lado de uno de los amplios ventanales para admirar la fantástica vista al parque. Un sentimiento extraño lo distrajo de sus pensamientos y dirigió la mirada hacia el profesor quien lo veía con gesto divertido. De pronto tomó consciencia de sí mismo dándose cuenta de que había puesto la cara estúpida que tanto odiaba.
—Es un lugar muy hermoso... ¿Suele traer a su esposa aquí? —Dijo con fingido interés dejando que su rostro recuperara la seriedad que siempre aparentaba.
De inmediato la expresión del profesor se transformó, tornándose triste y dolida. Antes de que pudiera contestarle, la mesera los interrumpió extendiendo una carta a cada uno. Después de unos minutos hicieron su pedido, la chica le sonrió al profesor y se marchó moviendo las caderas con exageración al caminar.
—No la traigo aquí, de hecho, ni siquiera sabe que este lugar existe. Suelo venir yo solo cuando necesito pensar —exclamó el señor Priego retomando la plática y mirando hacia el parque.
«¿Cómo puede ser que su esposa no sepa de este lugar, si queda a la vuelta de su casa?» Pensó confundido.
Observó con atención al profesor cuando este volteó a verlo, tal vez notando que no decía nada. Lo vio estirarse sobre la mesa y con un dedo jaló hacia arriba su ceño para deshacer su gesto de incomodidad.
—Nuestra relación es un poco extraña —confesó el profesor suspirando—. Verás, nos casamos hace 10 años, todavía estábamos en la universidad, ambos estudiábamos leyes. Yo estaba muy enamorado de ella y al poco tiempo de que nos hicimos novios le pedí que se casara conmigo, ella aceptó con la condición de que seguiría estudiando en el lugar que ella quisiera.
El profesor retiró el dedo de su frente y apoyó las manos sobre la mesa.
—Los primeros años cada quién vivió en casa de sus padres, cuando terminamos la universidad ella se fue a continuar sus estudios a una ciudad retirada mientras yo me quedé aquí y compré la casa. Finalmente, hace tres años, después de muchas discusiones por teléfono por fin la convencí de que se viniera a vivir aquí conmigo —el profesor pasó una mano por su abundante cabellera rubia y desvió su mirada al parque—. Solo estuvo en casa por un mes. Todos los días estaba enojada y cuando estaba un poco feliz era porque se la pasaba pegada a su celular. Un día me dijo que había sido aceptada en alguna universidad de Londres para cursar una maestría y solo se fue... me llama de vez en cuando, y ese es el único contacto que mantengo con ella.
Hilal escuchó avergonzado. Entendió que no debía haber realizado una pregunta tan personal y más cuando vio que su profesor se le quedó viendo con cautela.
—Yo... lo siento... no sabía —intentaba disculparse con torpeza.
El mayor rio colocando las manos sobre sus hombros.
— ¿Qué sería de la vida sin un poco de drama? —Mencionó el maestro con una sonrisa torcida y una ceja levantada.
Ambos se enderezaron cuando la mesera se acercó para servirles sus frappés con una cereza arriba de la nata. Hilal tomó la cereza y la mordisqueó con la mirada perdida en el parque.
—Y bueno... ¿Qué hay de ti? —El señor Priego tomó un sorbo de su bebida.
Hilal solo se encogió de hombros.
—No hay mucho qué decir, mis padres están divorciados, vivo con mi madre, a mi padre no lo he visto en muchos años. Solo me dedico al estudio, y ahora, al parecer, estoy interesado en la música —sonrió hacia su profesor.
—Bien —exclamó el sonriente hombre—, ¿qué piensas hacer cuando termines el colegio? ¿Seguirás estudiando?
—Sí, estoy pensando en una ingeniería, aunque todavía no se cual elegir. Alejandro y yo hemos estado investigando un poco, pero todavía no hay nada que me interese —tomó un trago largo de su bebida mientras sentía la intensa mirada de su profesor.
— ¿Y qué tal con las chicas? ¿Hay alguna que te interese? —El profesor sonaba desinteresado de una forma tan exagerada que parecía falso.
Hilal se atragantó con su bebida tosiendo un poco antes de recomponerse.
—No exactamente, conozco a alguien que me interesa, pero con la suerte que me cargo no seré correspondido —dijo con voz grave todavía afectado por el mal trago.
Un resplandor extraño atravesó la mirada del maestro cuando tomaba otro sorbo de su café.
—Tal vez tienes una mala imagen de ti mismo, cualquiera cedería ante tus encantos —exclamó el profesor con una mirada fija en sus labios.
—Por favor, ¿cuáles encantos profesor? —Dijo ruborizándose y se volteó de nuevo al parque para evitar esa intensa mirada.
La voz histérica de su mente daba saltitos de emoción, ese hombre tan sexy veía algún tipo de encanto en él. Eso quería decir que no le era tan indiferente después de todo, aunque el tema de ser un hombre casado todavía lo seguía inquietando.
—Bueno, podríamos empezar por esa mirada seria y tus gestos duros —el señor Priego se burló con voz sarcástica. Volteó a verlo con recelo, aunque unos ojos cálidos y una sonrisa sincera fue lo que observó—. Estoy seguro de que tienes una faceta dulce cuando no estás a la defensiva. Tu carita de cachorrito hace a cualquiera suspirar.
No sabía cómo responder ante esto.
«¿Qué demonios? ¿Cuál cara de cachorrito?»
No le incomodaba que hablara de la estúpida cara que tenía. Incluso ser llamado “cachorrito” no le molestaba, al contrario, le gustaba porque sentía que los conectaba de alguna forma. Era como si hubieran creado un vínculo entre ellos.
Un calor nervioso se movió a través de su cuerpo instalándose en su ya encendido rostro.
—Profesor, tengo una duda —comentó intentando desviar el tema— ¿por qué en el colegio es tan distante, y ahora hasta estamos tomando un café juntos?
La risa que recibió como respuesta lo desconcertó.
—En el colegio está muy mal visto que los profesores sean cercanos a sus alumnos, caso contrario, en el instituto de música es algo normal, somos más... libres por decirlo de alguna forma —respondió el profesor sonriendo—, además ya te lo dije, quiero conocerte un poco mejor, me pareces un chico muy interesante —exclamó guiñándole un ojo.
Asintió intentando mostrarse desinteresado, aunque no pudo resistirse a desviar la mirada, ese guiño provocó que las mariposas en su estómago despertaran.
Al parecer su inseguridad no tenía sentido; tal vez, el profesor no estaba interesado en él de la forma que deseaba, aunque al menos podría estar cerca para pasar el tiempo juntos y ser parte de su vida hasta donde él se lo permitiera.
La velada continuó con conversaciones triviales acerca del colegio y durante gran parte de la noche compartieron algunas anécdotas de sus vidas, olvidándose por completo de continuar con el ensayo.