Había vivido una vida con todas las comodidades de una hija única, había recibido todo en abundancia, amor, respeto, ternura y libertad de decidir y soñar.
Lo tenía todo, unos padres que me adoraban y dinero suficiente para gastar a manos llenas, nada me faltaba.
Tenía un novio que decía “amarme con locura” hasta que mi padre murió y el dinero empezó a faltar.
Su “amor” quedó en el olvido cuando más lo necesité. Me hallé sola con mi madre enferma de cáncer y todos nuestros “amigos” desaparecieron para no cargar conmigo y con mi madre.
Ni uno solo de nuestros parientes se asomaron a nuestra puerta para brindarnos la mano.
Estaba sola, desesperada y con tan poco dinero que todas las noches rogaba por un milagro.
Y Sonya fue mi respuesta. Ella me trajo al hotel casino, El Imperio del Tigre. Un majestuoso lugar que atrae a la gente más rica del país y a extranjeros.
Nunca pensé llegar a conocer al dueño del lugar, imaginé que era un hombre demasiado ocupado para fijarse en sus empleados y mucho menos en mí.
Pero, tuve la torpeza de tropezar con él y manchar su traje. Ese día mi vida y mi suerte cambió.
Le debo mucho, mi vida y mi lealtad a Max Hedrong.
En el trabajo todas y todos le temen, su mirada de tigre al acecho los espanta, y la verdad si causa temor cuando aparece por el casino con su porte imponente.
Pero yo tuve la oportunidad de ver la otra cara de Max Hedrong, un hombre de corazón noble y lleno de bondad.
Y aunque todas digan de él que es un hombre sin corazón, se equivocan, él es bondadoso con un corazón de oro, de mirada dulce, de una voz que traspasa los muros de mi alma y me hace pensar en…
Sé que es una estupidez, una imposibilidad, Max Hedrong es una estrella inalcanzable, un hombre que puedes admirar, desear y con el que puedes soñar, sin poder siquiera tocar una fibra de su mundo perfecto.
Amarlo es herirme, tragar una espada y lacerar el corazón. El señor Hedrong es mi benefactor, y mi acreedor.
Pensar en eso me dolía. Porque como mujer me sentía atraída a él con la fuerza de un imán. No podía mentir. Max era muy atractivo, seguro de sí mismo, intimidante, y a la vez dulce y tierno.
Una combinación de ángel y fiera. Que causaba temor y admiración. Atracción y miedo.
Él contenía todos los elementos en un hombre para enamorarme, pero caer en su red no me garantizaba felicidad.
— Anette, te buscan en la entrada. –dijo el encargado. — Ve rápido, no puedes perder el tiempo.
Obedecí temiendo que se tratara de una mala noticia de la clínica donde estaba mamá.
— Señorita esto es para usted. – dijo el muchacho que traía una caja de regalo para mí.
Supuse que no era de Max, así que dije:
— Puedes devolverlo y darle las gracias, no voy a aceptar su regalo.
— ¡Pero, no puedo hacer eso, el señor Thomas lo compró para usted y espera que…!
— Ella dijo que no… ¡Devuelvelo!
La voz de Max se sintió fuerte como un trueno. El muchacho tembló y respondió asustado: — Sí… sí señor Hedrong.
— Perdón señor Hedrong, esto no…
— No te disculpes Any, hazme saber si vuelve a molestarte y yo mismo hablaré con Thomas.
— Es un cliente importante y yo no quiero causarle problemas a…
— ¿A él o a mí?
Sus ojos brillaron con expectativa y enojo, bajé mi mirada y respondí: — A usted… No quiero traerle problemas.
— Tú nunca serás un problema para mí Any, nunca.
Nos miraban, lo podía sentir, eso ya era un problema, en especial que quien nos miraba fijamente era su socio Jack.
Max pasó a mi lado y de manera muy sutil acarició mi mano, dejándome el pulso acelerado y el corazón enloquecido.
Su perfume era exquisito, era el aroma de un hombre que con cada toque de sus dedos hacía que mi cuerpo sufriera descargas eléctricas.
— ¿Qué quiere de mí? — No puedo ser su amante, no quiero ser eso de ningún hombre, si lo quisiera, aquí hay muchos que desean tener una aventura conmigo…
— No, no voy a caer en sus redes…No debo hacerlo.
Cerré mis ojos por un instante y me imaginé besándolo, sin sentir culpa por aquel deseo. Dejé volar mi imaginación y disfruté de aquel beso, aunque nunca existiría en la realidad.
Al abrir los ojos suspiré con nostalgia, y de repente sentí una voz a mi oído: — También sueño despierto contigo.
No podía creer que él se atreviera a susurrar en mi oído, giré mi cabeza buscando miradas, pero solo encontré una, la de Sonya.
En ese instante recordé lo que ella dijo: — Un hombre como Max Hedrong solo se enamoraría de una mujer como él, fría y con mucho dinero.
En ese instante todo cambió para mí. Max solo estaba jugando conmigo al gato y al ratón, y no iba a ceder a sus deseos de divertirse conmigo, él no se iba a enamorar de una mujer como yo, lo que existiría entre él y yo sería una aventura, en la que la única que perdería sería yo.
— Volveré de inmediato al trabajo señor Hedrong… buenas noches.
Él se tensó sin comprender mi actitud cortante. Pero le hice un favor.
Una vez entré al salón para ocupar mi puesto, el señor Jack se relajó, al ver a Max desaparecer en el pasillo sin mirar atrás con su acostumbrada elegancia y porte imponente, debió pensar que él me estaba reprendiendo.
Al volver al salón Sonya me dijo visiblemente molesta: — ¡No puedo creer que el tigre no te dejara aceptar el regalo de Thomas! — Ese hombre se muere por ti. De seguro era una pulsera con diamantes incrustados… ¡Ese tigre es un tipo…!
— ¡No sé que quiere contigo Anette! – ¿Qué te canses y renuncies?
Al escuchar a Sonya, me perdí en mis pensamientos preguntándo: — ¿Qué es lo que realmente quieres de mí Max? ¿Un pago extra por lo que me diste?
No quería pensar de él de esa manera, prefería pensar que Max era un caballero y no que quería aprovecharse de mí.
Bajé la mirada y volví al trabajo, negándome a pensar en él.
Al día siguiente, cuando fui a ver a mi madre llevaba el alma triste, necesitaba hablar con ella como cuando estaba sana.
Al entrar en su habitación mamá se hallaba dormida por los sedantes, tomé una silla, la besé en la frente y le dije:
— Te amo mamita… Extraño nuestras conversaciones y tus consejos.
Una lágrima cayo por mi mejilla y como estábamos solas quise hablarle de Max.
— Mamá, creo que me enamoré. No pude evitarlo. Él es el hombre que pagó por tu cuidado, nada te falta gracias a él…
— Tengo que pagárselo con trabajo, pero a sido bueno, contigo y conmigo… Mamá, el no es un hombre al que pueda amar con libertad…
Besé la mano de mamá y dejé salir un gemido de dolor.
— Mamá, si pudieras escucharme, si pudieras decirme que debo hacer…
El peso en mi pecho era insoportable. Me sentía atrapada entre el deseo y el miedo, entre lo que mi corazón anhelaba y lo que mi razón me gritaba que evitara.
Acaricié la mano de mamá con la punta de mis dedos, su piel era tan frágil que me dolía pensar en lo cerca que estaba de perderla.
— Mamá… dime qué hacer. — Mi voz apenas era un susurro. — Dime que todo estará bien, que no soy estúpida por soñar con algo imposible.
El silencio se alargó. Me mordí el labio, sintiendo cómo una lágrima rodaba por mi mejilla. Y entonces, un sonido casi imperceptible me hizo contener el aliento.
— No… llores… mi niña…
El corazón me dio un vuelco.
Levanté la cabeza de golpe, con los ojos abiertos de par en par. Los labios de mamá se movían torpemente, los ojos entrecerrados parecían perdidos en la bruma de los sedantes, pero su voz… Su voz había llegado hasta mí.
— Mamá… — La emoción me quebró la garganta.
Su mano tembló levemente sobre la sábana y, con todo el cuidado del mundo, la tomé entre las mías, presionándola contra mi rostro como si con ese contacto pudiera retenerla un poco más.
— Hija… mi niña bonita… — Susurró con esfuerzo, su voz era apenas un hilo, pero en ella aún estaba el amor de siempre. — No temas… el amor… no es una jaula…
Mi respiración se entrecortó.
— Mamá… pero ¿y si me lastima? ¿Y si solo soy un juego para él?
Cerré los ojos con fuerza, esperando que su voz volviera, que me diera la respuesta que tanto necesitaba.
Y entonces, sentí cómo sus dedos débiles intentaban aferrarse a los míos.
— Si… es amor… no… duele…
Me quedé inmóvil, dejando que sus palabras se grabaran en mi alma.
No pude contener el sollozo que se me escapó del pecho. Apreté su mano contra mi corazón y dejé que las lágrimas fluyeran libremente.
No sabía si Max era amor… pero en ese momento, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí tan sola.