De sueño a realidad

2003 Words
Estoy de pie junto a la gran ventana de mi despacho, con el traje recién planchado adherido a mi piel como una segunda capa de ilusión. Afuera, la ciudad despierta con su acostumbrado murmullo de bocinas y pasos apresurados, pero yo solo escucho el latido de mi propio corazón: un tambor triunfal que celebra la promesa de un futuro que aún no tiene nombre completo, porque Anette no ha pronunciado ese “sí” definitivo, y sin embargo… ya siento que mi vida entera late alrededor de ella. Me sirvo un trago de café, fuerte y oscuro, y dejo que el aroma me envuelva. Cada sorbo me recuerda al primer día que la vi: el leve temblor de sus manos al tomar la flor que le había llevado, la forma en que sus ojos se agrandaron de sorpresa y ternura. Aquella mañana nació en mí la certeza de que la amaría más allá de cualquier temor. Hoy, al pensar en la cajita azul marino donde reposa el anillo, mi pecho se hincha de alegría. Lo abrí esta mañana solo un instante, contemplé el diamante recortado con tanto esmero, y sentí un cosquilleo en la punta de los dedos, como si el mismo anillo me incitara a llevárselo y susurrarle: “Promete ser solo mía.” Me asomo al escritorio y sonrío al ver el sobre con su nombre escrito en mi mejor letra. Dentro está la invitación: una cena íntima en mi casa esta noche, junto al ventanal que da al mar. He pedido que, mientras cenamos, alguien toque suavemente el piano en el salón contiguo. Quiero que cada instante sea una melodía que hable de nosotros. Aun sabiendo que ella podría declinar, he escrito en ese sobre no una orden, sino una caricia: “Anímate a soñar conmigo.” Me detengo un segundo para recordar su voz la última vez que hablamos. “No sé qué decirte”, me dijo, con ese nudo en la garganta que me atravesó el alma. “Eres perfecta, tal como eres”, le susurré mientras el mundo se desvanecía alrededor. Vuelvo a oír su respiración contenida, ese silencio cargado de promesas y miedos. Porque aunque no me ha dado un “sí” rotundo, en sus ojos vi el destello de un deseo que late al ritmo de mi corazón. Afuera, un helicóptero levanta vuelo sobre los edificios: un recordatorio de mi vida de magnate, siempre en movimiento. Pero hoy, cada estatua de neón y cada reflejo en el asfalto me gritan que hay algo más grande que los números, más poderoso que los contratos: el anhelo de amar y ser amado. Me pellizco el lóbulo de la oreja para asegurarme de que no estoy soñando. Sonrío, con la certeza de quien ha invertido cada esperanza en la posibilidad de un amor verdadero. Tomo el abrigo—un terciopelo azul oscuro, para combinar con la cajita—y lo cuelgo en el perchero. Camino hacia el espejo del hall y ajusto mi corbata. Me observo un momento: en mi reflejo hay serenidad, anticipación y un ápice de nervios. Me acomodo el nudo, repaso mentalmente mis palabras, las que pronunciaré cuando me arrodille y alce la cajita ante sus ojos. Palabras sencillas: “Anette, mi vida ya es tuya. ¿Me darías el honor de ser mi esposa?” Cierro los ojos y respiro hondo. Siento sus manos rozar las mías, como en aquel beso que nos cambió por completo. Y comprendo que, aunque su “sí” aún duerma entre sus dudas, yo ya he decidido unirme a su destino. Porque el amor no espera certezas absolutas: crea certezas en el corazón de quien se atreve a dar el paso, así penda de un hilo de esperanza. Con la última chispa de luz del día colándose detrás de mí, salgo del despacho con el sobre en la mano. Mi pulso vibra de alegría. El banquete de esta noche no solo tendrá platos exquisitos ni música de piano: tendrá la promesa de un mañana compartido con la mujer más maravillosa que he conocido. Y aunque Anette aún no lo pronuncie con todas sus letras, sé que ya estamos casados en el sueño que guardo en mi pecho, un sueño para nosotros. Y ese sueño… ya basta para volverme el hombre más feliz del mundo. La noche caía lentamente cuando el auto de lujo se detuvo frente a mi puerta principal. Observé por el ventanal cómo el chófer, impecablemente uniformado, descendía para abrir la puerta trasera. Mi corazón dio un vuelco antes incluso de distinguir la figura de Anette. Di unos pasos hacia el recibidor, ajusté los puños del saco y contuve la respiración: la esperaba con ansias. La atmósfera tenue de las luces del camino de piedra se extendían ante ella una alfombra para una diosa, los faroles iluminaban todo a su paso, pero la única luz que me importaba era la que irradiaba ella. Cuando Anette emergió del coche, mi mundo se detuvo por un instante. El vestido color champán ceñido a su cuerpo caía en suaves pliegues que capturaban la luz cálida de los faroles, dibujando destellos dorados sobre su piel. Su cabello, recogido con delicadeza, dejaba al descubierto el suave contorno de su cuello, y un par de mechones sueltos enmarcaban su rostro como un cuadro impresionista. No llevaba más joyas que unos pendientes discretos, pero su presencia llenaba todo el espacio con una elegancia natural que rivalizaba con cualquier joya. Sentí un calor recorrerme el pecho. Cada latido retumbaba en mis oídos, nítido y apresurado. Quise acercarme en ese instante, tomar su mano y decirle que todo en ella estaba más vivo, más hermoso, que cualquier fantasía que hubiera forjado en mi mente. En lugar de eso, me quedé unos pasos atrás, como cautivo de la visión que se ofrecía ante mí: Anette, la mujer que me había convertido en un hombre en llamas. Ella alzó la mirada, y nuestros ojos se encontraron. Vi en los suyos la misma mezcla de nervios y fascinación que sentía internamente. Le hice un gesto apenas perceptible para acercarse, y cuando sus tacones resonaron en el mármol del pórtico, la distancia entre nosotros se evaporó. Con un temblor en la voz murmuré: —Te ves… simplemente deslumbrante. — Gracias Timothy. Un suave rubor coloreó sus mejillas. Extendí mi mano y ella la tomó, dejándome notar el pulso vibrante de sus dedos. Con la otra retiré un mechón de su rostro y respiré el perfume que llevaba, una mezcla de jazmín nocturno y miel. Fue un momento suspendido en el tiempo: el coche reluciente detrás, las luces del jardín parpadeando con la brisa, la sinfonía lejana de un cuarteto de cuerdas—pero nada importaba, salvo el calor de su palma contra la mía. Mientras la conducía por el vestíbulo, mi corazón se estremecía con cada paso suyo. Sentía la urgencia de confesárselo todo: cuánto la había esperado, cuánto significaba esa llegada para mí. Pero guardé mis palabras para el momento perfecto, el instante en que la tuviera frente a mí, cara a cara, y pudiera prometerle mi vida entera, decirle con todo el corazón que estaba destinado a ser suyo. Con el eco de sus pasos y la imagen de su figura enmarcada por la puerta, supe que aquella noche iniciaría el capítulo más luminoso de nuestra historia. Me late el corazón con una fuerza tal que siento que cada latido golpea mi pecho como si quisiera salir de mi cuerpo. La noche se ha vuelto nuestra cómplice: el jardín iluminado por tenues faroles derrama sombras juguetonas en el césped, y el aire huele a flores y a tierra mojada, un aroma perfecto para este momento. La abrazo con todas mis fuerzas, como si ella pudiera escurrirse de mis manos si la aprieto un segundo menos. Su perfume flota en mis pulmones y me hace perder la cabeza. — Anette…, susurro contra su cabello, hundiendo el rostro en su cuello, y siento su corazón latir desbocado al compás del mío. — Anette…No puedo… no quiero vivir sin ti. Mis palabras se entrecortan con la urgencia de quien habla para no perder el paisaje de su piel. La giro despacio para mirarla a los ojos: sus pestañas aún chispean con la emoción, y sus labios tiemblan como hojas en otoño. No soporto más contenerme. La beso con un ansia que sabe a salvación, a promesa de amor eterno, a todo lo que hasta ahora había ignorado en mi vida de magnate: ternura, calor, fuego. Mientras nuestros labios se funden en un beso profundo, dulce e embriagante, siento que el mundo se reduce a ese instante perfecto. Sus manos presionan mi camisa, me atraen como un imán, y sus rodillas flaquean al ritmo de mi abrazo. Rompo el beso solo un segundo para tomar aire y le hablo con el agitado latido de mi voz: —Te amo, Anette. Te adoro con cada fibra de mi ser. Ella me mira, sus ojos se inundan de lágrimas de felicidad. —.No quiero esperar un día más para hacerte mía, para convertirte en mi esposa. Tomo la pequeña cajita de terciopelo azul que guardo en mi bolsillo del pantalón y la abro, revelando el anillo que brilla tenuemente bajo la luz de los faroles. — ¿Quieres casarte conmigo?”, pregunto, mi voz era un susurro cargado de amor. Su respiración es un rayo de luna tembloroso, y su respuesta llega antes de que pudiera decir algo más. —Sí… Esa palabra se desliza entre sus labios con tanta fragilidad que rompe mi corazón en mil pedazos de dicha. — Sí… ¡sí quiero Timothy! La abrazo de nuevo, tan fuerte que parece que quisiera fundirnos en un solo ser. Ella se deja llevar, temblando de emoción y me corresponde con un beso tan profundo que siento su cuerpo arqueándose contra el mío. Bajo el parpadeo de los faroles, con el jardín entero como testigo, la estrecho contra mi pecho y sé que, a partir de este momento, todo mi pasado queda atrás: solo existe ella y este amor que hoy hemos sellado con un “sí” que retumba en mi corazón para siempre. La adoro, la amo, como nunca creí amar a alguien. Me siento tan feliz que este sentimiento me asusta y me enloquece. Anette será mía, toda mía para siempre. La cena nos esperaba en la mesa, el vino dulce en las copas. Pero yo no deseaba nada más que a ella. Me volví loco de felicidad. Perdí la cabeza. La levanté en mis brazos sin romper el beso y como si mis pies tuvieran vida propia caminé con ella. En minutos estábamos en mi habitación, envueltos en un fuego que habíamos encendido la noche anterior. Mi corazón estallaba por dentro, suplicante, desesperado. Mis manos la recorrieron con ansias locas, quemándola, no la iba a dejar irse esta noche, no podía hacerlo. Mi corazón se detendría y enloquecería sin ella en mi cama. La había soñado, la había amado en mis sueños… y ahora estaba ahí, como mi prometida. Mis pulmones sentían la falta de oxígeno, y un impulso eléctrico buscó en su boca ese aire. La sentí estremecerse, sentí su voz quebrarse en un gemido. Esa noche ella sería mía… toda mía. Sellariamos nuestro pacto al amarnos piel a piel… y por la mañana la llevaría a la capilla personal del Obispo Charles, y allí uniría para siempre mi vida con ella. Todo mi ser gritaba de felicidad su nombre. — ¡Anette… Anette! Con cada avance mi cuerpo y mi alma la pedían. Hasta que rompí su himen y perdí la cordura. El pacto estaba concluido, era mía. E iba a mostrarle con amor e intensidad lo que ella era para mí. No iba a lastimarla, iba a hacerla sentir lo mismo y más, de lo que ella me hacía sentir a mí. Esa noche Anette me pertenecía y no iba a dejar que nada ni nadie la arrebatara de mi lado.
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