Donde el corazón no sabe a quién elegir
Desperté envuelta en los brazos de Timothy, con el murmullo del mar entrando por los ventanales entreabiertos. El eco lejano de las olas parecía marcar el ritmo de mi respiración… o de mi confusión.
Mi cuerpo seguía ardiendo por lo vivido. Mis labios aún llevaban la humedad de sus besos, y mi piel estaba marcada por sus caricias, como si el amor que compartimos hubiera sido tallado en mi carne.
Pero en mi corazón… el temblor era otro.
¿Esto era amor… o necesidad? ¿Por qué le dije que sí?
Me incorporé despacio, sin despertarlo. Lo observé dormir, con una expresión serena que contrastaba con el caos que llevaba dentro. Se veía tan feliz, tan en paz. Como si hubiera alcanzado por fin el sueño que tanto anhelaba… un sueño en el que yo era su centro.
Me llevé las manos al rostro, sintiendo el anillo todavía tibio en mi dedo. Tan hermoso. Tan perfecto. Tan simbólico.
¿Pero y si no era mío? ¿Y si ese futuro con él no me pertenecía?
Me deslicé fuera de la cama, me puse su camisa y caminé hasta el balcón. El amanecer teñía el cielo de un naranja melancólico. El viento me acariciaba los cabellos sueltos, y con él llegaron recuerdos que no me daban tregua.
Max.
Vi su rostro en mi mente como si acabara de verlo. A pesar de tener semanas fuera de viaje de negocios.
Él… él nunca creyó en compromisos. Veía el matrimonio como si fuera una jaula.
Quería que viviéramos juntos. Sin compromiso. Eso no era lo que yo quería. Y sin embargo… lo amaba. Lo amaba todavía.
Con Timothy, todo era diferente. Me cuidaba, me envolvía en su mundo como si yo fuera su prioridad. Me ofrecía una vida, un techo, una familia, un sueño.
Me ofrecía un “sí” que Max nunca quiso pronunciar.
Pero… ¿es suficiente la seguridad para matar el eco de un amor inconcluso?
Apreté los brazos sobre mi pecho, tratando de calmar el vértigo que me provocaba pensar en lo que acababa de hacer.
Sí, había sido hermoso. Intenso. Casi perfecto. Timothy había hecho el amor conmigo con una devoción que me quebró. Su ternura, su deseo, su entrega…
Pero en medio de ese fuego, yo había llorado en silencio. No por dolor. Ni por placer.
Sino porque mi corazón, rebelde y testarudo, seguía buscando a Max.
Estando con Timothy pensé en Max.
—¿Por qué no puedo amar a quien me ama bien? —susurré, con los ojos húmedos.
No escuché sus pasos hasta que sentí sus brazos rodearme por la espalda.
—Estás temblando —murmuró Timothy, apoyando su mentón en mi hombro.
No dije nada. Solo me dejé envolver, intentando que su abrazo borrara las huellas de otro. Él lo merecía. Todo de mí. Y aún así… no lo tenía todo.
—¿Estás feliz? —me preguntó con voz baja, como si temiera la respuesta.
Tragué saliva.
—Estoy… abrumada —dije con honestidad.
Él me giró suavemente para mirarme a los ojos. No había reproche en su mirada. Solo una ternura infinita que me hizo sentir culpable.
—No tienes que decir nada más, Anette. No te apresuraré. Solo quiero hacerte feliz… a tu ritmo, a tu manera.
—Timothy… —mi voz se quebró—. No quiero que apresuremos lo del matrimonio.
El silencio entre nosotros fue largo.
—¿Me estás diciendo esto después de entregarte a mí? Anoche dijiste que sí.
Él cerró los ojos, conteniendo una emoción que lo hacía estremecer.
—No sabes cuánto te amo, Anette… quiero que seas mi esposa cuanto antes.
Me abracé a él con fuerza, buscando una respuesta en lo profundo de mi ser. ¿Era con él con quien debía vivir el resto de mi vida, o era Max mi destino?
No quería lastimarlo. No quería mentirle. Lo que yo necesitaba era descubrir, de una vez por todas… cuál era mi verdad. ¿Sí al vivir con Timothy podría olvidar lo que sentía por Max?
Volví al casino, sin que Timothy lo aceptara. No me puse el anillo de compromiso para evitar preguntas. Y tal vez…. También lo hice por respeto a Max.
Las luces del casino parpadeaban sobre el terciopelo rojo de las mesas de juego como si no conocieran el cansancio, como si la noche fuera eterna.
Y sin embargo, yo sí estaba agotada. No por el turno nocturno. No por el peso de la bandeja que sostenía.
Sino por la tormenta que traía dentro.
Recorrí el salón con una sonrisa mecánica, mientras los dados rodaban, las fichas tintineaban y las risas falsas de los jugadores se deslizaban por el aire denso del lugar.
A veces, este sitio me parecía una jaula brillante: lujo, música, tentaciones… pero sin ventanas al mundo real.
Y sin él. Sin Max. Cuando él no estaba el lugar parecía oscuro. Sin brillo.
Cada rincón del casino hablaba de él. Su aroma seguía adherido al cuero de los sillones del salón VIP. Su voz aún resonaba en la mente de todos, incluso en los que fingían no extrañarlo.
Y yo… yo lo extrañaba como se extraña lo que no se puede tener. Como se extraña un hogar que nunca fue del todo tuyo.
Él estaba en Londres, o eso decían. Un viaje más de negocios. Un cierre importante. Siempre viajando, siempre huyendo, siempre amando a su manera: libre, intensa, sin promesas.
Me había dado tanto. Me ayudaba con mi madre. Me había dado un auto y su casa favorita para vivir. Un amigo mutuo como Nick.
Mamá lo apreciaba mucho. Y aunque le debía mucho dinero, sabía que Timothy podía pagar esa deuda por mí al convertirme en su esposa.
Sin embargo, eso no era todo lo que yo quería. Yo lo amaba y deseaba una vida a su lado, no ser una más en su colección de amantes.
A su modo él me amaba, pero eso no era suficiente para mí. Si mamá moría, me quedaría sola, y Timothy era el puerto seguro.
Con Max, cada palabra era fuego. Cada roce, dinamita. Pero el matrimonio no estaba en su sistema.
—No necesito un papel para saber que me importas. Para que sepas que te amo.
Me dio espacio para que pensara en su oferta de vivir con él en su penthouse, pero yo quiero más que ser una más. Con él lo quería todo, y él no estaba dispuesto.
Serví dos copas de vino a un par de turistas ebrios y forcé otra sonrisa. En mi pecho, la verdad latía como una herida: yo no quería solo importarle. Quería pertenecerle para siempre. Y Max nunca me dejó.
Y entonces entró en mi vida Timothy. Su mejor amigo. Eso ya era un conflicto. Y lo sería peor cuando él se enterara de lo que hice.
Cerré los ojos por un segundo, sintiendo aún el eco del cuerpo de Timothy sobre el mío. Esa noche… lo que hicimos fue más que pasión. Fue pertenencia. Fui suya.
Sus besos me hicieron sentir deseada, adorada, segura. Como si con él sí pudiera tener un futuro.
Pero… ¿y si mi corazón no puede dejar ir a Max?
Mi piel aún ardía con el recuerdo de Timothy. Su dulzura. Su urgencia. Su voz quebrándose al decir mi nombre, como si no pudiera respirar sin mí.
Pero el amor de Max… era una maldición que no sabía cómo romper.
Pasé junto a la mesa de ruleta y me detuve un instante, como si necesitara recuperar el aliento. Observé a una pareja que se reía mientras compartía un beso furtivo. Y sentí el golpe seco de la soledad clavándose en mi pecho.
Estoy comprometida con un hombre que me ofrece todo… y sigo anhelando a uno que nunca supo quedarse.
¿Qué clase de mujer soy?
Timothy me ama. Me habla de casarnos en una hermosa capilla, de un hogar, de una eternidad juntos. Con él hay promesa.
Con Max… solo hay noches sin futuro. Sin certeza, sin la seguridad de que siempre se quedará conmigo.
¿Por qué una parte de mí sigue siendo suya?
—¿Todo bien, Anette? —me preguntó Sonya, al pasar junto a mí.
Asentí. Mentí y le sonreí como siempre.
Volví a la barra y me tomé un segundo para respirar.
Me senté por un momento en la banca del personal, con la vista clavada en la entrada principal.
Imaginé entrando a Max. Con su abrigo oscuro, su paso decidido, sus ojos como cuchillas, elegante y atractivo. Dominante como un tigre y posesivo.
Lo imaginé mirándome y sonriendo de lado, como si supiera que, a pesar de todo, yo nunca dejé de ser suya.
Y entonces el dolor se mezcló con el deseo. Con el miedo. Con la culpa.
¿Qué haría si lo tuviera enfrente? ¿Le contaría sobre Timothy? ¿Sobre nuestro compromiso? ¿Sobre la noche en la que me entregué sin reservas? Cuando a él me negué.
¿O tal vez me callaría. Tal vez le mentiría como me mentí a mí misma?
¿O tal vez… me rompería por completo ante él?
Una notificación en mi celular me sacó del trance:
"Te extraño mi amor. Pensando en ti a cada segundo. Iré por ti a la salida del trabajo”
Era Timothy. Sentí un nudo en la garganta. Me dolía que fuera él quien preguntara si estoy bien… mientras yo pensaba en otro.
Respondí con un “Sí, cariño. Estoy bien. Hablamos más tarde.”
Y apagué la pantalla antes de mirar mi reflejo en la barra metálica.
No podía seguir así.
Algún día tendría que elegir. No por seguridad. No por gratitud.
Sino porque alguien va a salir herido si sigo atrapada entre el deseo de un hombre que me da futuro… y el amor de uno que solo sabe irse.
Miré al techo del casino, y sentí el vacío de su ausencia.
Max… regresa o déjame ir. Porque estoy a punto de decir “sí” con los labios… y “no” con el corazón.