PRÓLOGO
Lady Eleanor Ashford, princesa del Reino de Wynthorne, con escasos 21 años, paseaba lentamente por los fríos pasillos de piedra del castillo, sus pasos resonaban en la penumbra. Desde las altas ventanas podía ver los campos marchitos que una vez fueron fértiles y abundantes. El hambre y la guerra habían reducido su hogar a un esqueleto de lo que antaño fue una próspera nación. Los aldeanos apenas sobrevivían con las pocas provisiones que la corona podía otorgar. En las aldeas, las calles estaban vacías y silenciosas, con puertas cerradas como si intentaran resguardarse de la desesperanza.
En el trono de este reino marchito se encontraba su padre, el rey Edmund Ashford, un monarca que había luchado incansablemente para evitar la caída de su pueblo, pero que con cada día que pasaba veía desmoronarse lo que quedaba de su legado. La única solución parecía ser una alianza con el Reino de Raventry, una tierra vasta y poderosa, gobernada por el infame rey Alaric Thorne.
El Reino de Raventry se alzaba entre imponentes montañas, protegido por un bastión de piedra negra que parecía desafiar al tiempo y a la guerra. Su rey, Alaric, un hombre que a sus 32 años era temido en todas las tierras, no solo por su astucia en la batalla, sino por la brutalidad con la que trataba a sus enemigos. Se decía que su ejército era imparable, que ningún muro resistía sus asedios y que su castillo, Blackreach, nunca había sido tomado.
Cuando Edmund Ashford decidió buscar la ayuda de Alaric, no lo hizo sin temor. Sabía que estaba entregando a su hija a un destino incierto. Lady Eleanor era la joya más preciada de Wynthorne: noble, inteligente, una mujer de espíritu fuerte, pero sobre todo, la última esperanza de su pueblo.
La reunión entre los dos monarcas se llevó a cabo en el Gran Salón de Wynthorne, donde las paredes de piedra estaban decoradas con tapices descoloridos que narraban la historia de un reino que en otro tiempo fue glorioso. La luz de las antorchas titilaba, proyectando sombras alargadas mientras el rey Edmund hablaba con voz firme, pero con la preocupación reflejada en su mirada.
Alaric Thorne, sentado en una silla de roble oscuro adornada con hierro forjado, escuchaba en silencio. Su presencia dominaba la sala, y su mirada afilada analizaba cada palabra como si midiera el valor de lo que se le ofrecía. Cuando Edmund terminó de exponer su petición, el rey de Raventry permaneció en silencio unos instantes que parecieron eternos.
Finalmente, habló:
—Te daré mi ejército. Haré que tus enemigos teman el estandarte de Raventry y se inclinen ante Wynthorne. Pero quiero algo a cambio.
Edmund sostuvo la mirada de Alaric, temiendo lo que vendría.
—¿Qué deseas?
—La mano de Lady Eleanor —declaró Alaric con voz imperturbable.
El salón quedó en un silencio sepulcral. El sacrificio que se pedía era enorme. Eleanor, ajena a lo que se estaba decidiendo en aquel momento, aguardaba en una antecámara junto a su madre, la reina Margaret, con el corazón inquieto. No tenía idea de que su destino estabta siendo negociado ni de que en pocos días su vida cambiaría para siempre.
La noticia cayó sobre Eleanor como un peso imposible de cargar. Se la llevaron a la cámara real, donde su padre, con expresión fatigada y la voz quebrada por la tristeza, le explicó la situación.
—Eleanor… Sé que esto es injusto, pero es la única manera. Si rechazas esta unión, Wynthorne caerá.
La princesa sintió que el aire le faltaba. Casarse con Alaric Thorne. Un hombre cuya reputación era tan oscura como la guerra misma. ¿Cómo podía pedirle eso su padre? Pero cuando vio las arrugas de preocupación en su rostro y la desesperación en los ojos de su madre, entendió que su deber no era para con ella misma, sino para con su pueblo.
—Si este es el precio de la paz… lo aceptaré —susurró, aunque en su interior su corazón se rebelaba.
La noticia de la unión entre Eleanor Ashford y Alaric Thorne corrió como pólvora por el reino. En las calles, los habitantes susurraban con temor. Algunos esperaban que la alianza trajera la seguridad prometida; otros temían que Raventry trajera consigo el yugo de una tiranía.
Mientras tanto, en Blackreach, los preparativos para la boda estaban en marcha. Sirvientes y soldados iban de un lado a otro, asegurándose de que todo estuviera listo para recibir a su futura reina. Pero no todos veían el matrimonio con buenos ojos.
—El rey Alaric no es un hombre de matrimonio —susurraban algunos nobles en los pasillos del castillo—. ¿Qué hará con la princesa cuando la tenga en su poder?
Cuando Eleanor fue llevada a Raventry, el camino se sintió como un funeral. Vestida con un manto oscuro y montada sobre un caballo blanco, recorrió el sendero escoltada por los guerreros de Alaric. La travesía duró varios días, y cada noche, mientras dormía en las tiendas de campaña bajo la vigilancia de soldados desconocidos, se preguntaba qué clase de hombre la esperaba al final del viaje.
Finalmente, cuando las imponentes murallas de Blackreach aparecieron en el horizonte, Eleanor sintió que su destino estaba sellado.
La fortaleza era una colosal edificación de piedra negra, con torres que se alzaban hasta tocar el cielo gris. Puertas de hierro reforzado protegían la entrada, y en lo alto ondeaban estandartes con el emblema de un cuervo dorado, símbolo del linaje de los Thorne.
Dentro del castillo, el rey Alaric la esperaba.
Cuando Eleanor fue presentada ante él, se obligó a mantener la compostura. La mirada del monarca era intensa, y aunque no expresó palabra alguna, su presencia era tan imponente que la habitación pareció encogerse a su alrededor.
—Bienvenida a Raventry, Lady Eleanor —fue lo único que dijo, su voz grave y calculadora.
Eleanor inclinó la cabeza en señal de respeto, pero en su interior, el miedo y la incertidumbre la devoraban. No sabía qué le depararía este nuevo hogar ni qué clase de esposo sería Alaric. Pero una cosa sí tenía clara: no sería una víctima pasiva de su destino.
Apretó los puños y se prometió a sí misma que, sin importar lo que sucediera, encontraría la manera de forjar su propio camino dentro de los muros de Blackreach.
Porque, aunque su cuerpo perteneciera a Alaric Thorne, su voluntad seguiría siendo suya.