Eleanor. La noche ha caído con su manto de sombras y hielo. El invierno no da tregua, cubriéndolo todo con un velo blanco que resplandece bajo la luz de la luna, como si la nieve intentara ocultar el horror que se cierne sobre nosotros. La tormenta arrecia. Los copos caen sin piedad, azotando la ventana como diminutas dagas de escarcha. El frío se aferra a mis huesos, implacable, incluso a través del grueso abrigo de lana que logré conseguir en este pequeño pueblo. Bajo él, el peculiar atuendo que llevo—pantalones de hombre, una prenda impensable para una dama—me concede una extraña sensación de libertad, pero también una certeza amarga: en esta huida desesperada, las normas han dejado de importar. El fuego de la fogata crepita suavemente, pero su calor es insuficiente para disipar el h

