CAPITULO CINCO: La tentación.

1656 Words
Alaric Me encuentro de pie, observando la habitación con furia contenida. Mis ojos recorren cada rincón, buscando algún rastro de su presencia, pero la reina no está. Respiro profundamente para calmar la creciente ira, pero no lo consigo. Las palabras brotan de mi garganta sin poder detenerlas. —¡Aria! ¡Edith! Mis gritos resuenan en todo el pasillo, llenos de reproche. No me importa si mis voces se escuchan en cada rincón del palacio. Necesito respuestas, necesito saber qué ha sucedido con ella. Las dos doncellas aparecen ante mí, respirando agitadas por la carrera, y se inclinan en señal de respeto. A lo largo de los días, me he dado cuenta de lo bien que se han adaptado a esta vida. Mi mirada es penetrante, no permitiendo una sola falta de respeto. —¿Dónde está la reina? —pregunto con voz grave, llena de desdén. Mi furia es palpable, como una tormenta que amenaza con desbordarse. La joven Aria titubea por un momento antes de darme una respuesta temblorosa. —Su... excelencia... La reina ha decidido ir a dormir a una de las habitaciones en el fondo de este mismo pasillo. La palabra “decidido” resuena en mi mente como un eco hiriente. Me muero de rabia al escucharla, como si ella fuera la que manda aquí. Soy el rey, y ella es mi esposa. —¿Ella ha decidido? —suelto una risa fría y despectiva que llena el espacio—. Vaya, parece que se empeña en sacarme de quicio en cada oportunidad que tiene. Con pasos firmes, avanzo hacia la puerta de su habitación. Una puerta que, por algún motivo, se ha cerrado entre nosotros. Mi mano la abre con fuerza y me encuentro con una imagen que casi me hace detenerme. Ella duerme plácidamente, con una calma que me revuelca el estómago. La luna entra por los ventanales, bañando su cuerpo en una luz plateada que parece sacada de un sueño. Se ve tan serena, tan lejos de la tormenta que yo soy para ella. Y en esa imagen, mi rabia se convierte en algo mucho más peligroso. Un deseo oscuro se enciende en mí, competiendo con un dolor profundo que no consigo comprender. "No puedo amarte. ¿Quién en su sano juicio lo haría? Eres un monstruo" La voz de mis recuerdos suena distante, cargada de odio. Un odio que aún no he olvidado, aunque ya hayan pasado años. Cada palabra, cada reproche, cada mirada que me fue dirigida, se ha quedado grabada en mi alma como una cicatriz profunda e imborrable. El eco de esa condena se repite en mi mente, una y otra vez, mientras observo el rostro de Eleanor dormida frente a mí. No debo olvidar que ella es solo un instrumento para alcanzar mis fines. Cuando obtenga lo que quiero, la dejaré ir. Esa es la promesa que me hago a mí mismo, aunque algo dentro de mí susurre que todo eso es una mentira. Mis pasos hacia su cama son automáticos, como si una fuerza invisible me arrastrara hacia ella. Su aroma, un toque dulce como frutos rojos, me envuelve, me aprisiona. No puedo evitarlo. Sin pensarlo, me siento a su lado. Ella sigue sin inmutarse. Su respiración es tranquila, casi como un susurro en la oscuridad. Nadie jamás se ha atrevido a desafiarme de esa manera, nadie se ha expresado con tal osadía frente a mí. Y ese atrevimiento… me hace explotar por dentro. Mi rabia arde, pero también… algo más. Algo que odio reconocer. Mis dedos se mueven por su cabello sin que yo lo permita. Lo toco, casi como si tuviera voluntad propia. Sus hebras negras como la noche, caen entre mis dedos, suaves como la seda, pero la sensación que me provoca es más fuerte que cualquier placer. Sus brazos son tan delicados, tan perfectos, que siento un impulso casi incontrolable de marcarla, de dejar mi huella en ella. Aunque ya lo hice, y no de la manera que realmente quería, la huella de mis manos apretando su piel durante nuestra discusión sigue grabada en ella, y eso... eso me enfurece. El arrepentimiento no llega, no me siento culpable, o eso es lo que me repito una y otra vez para no enfrentar lo que realmente siento.Talvez porque, en el fondo, la verdad es que no quiero ser amable con ella. No quiero que malinterprete nada. Quiero que me odie. Es lo mejor para ambos. Es lo correcto. Mis pensamientos se nublan. Un deseo insano surge en mi pecho. Disfruté el contacto, de hecho, ni siquiera quiero admitir que mi cuerpo reaccionó, pero lo hizo. Y esa reacción me enoja demasiado. Algo dentro de mí quiere verla sometida, quiere marcarla de nuevo, y solo entonces, quizás, pueda exorcizar la influencia que ella tiene sobre mí. Me ha inoculado un veneno en las venas que solo puedo erradicar poseyéndola una vez más. Tal vez, de esa forma, logre olvidar esta absurda obsesión que me consume, aunque sé que lo que busco nunca será suficiente. Recordarla en el altar, caminando hacia mí, fue como una imagen grabada a fuego. En ese instante, supe que estaba condenado. La recuerdo vestida de blanco, moviéndose con la delicadeza de un susurro, como si cada paso que daba estuviera calculado para destruirme lentamente. Su cabello n***o caía en ondas suaves, enmarcando un rostro que jamás debí mirar tanto. Pero lo hice. Porque era imposible no hacerlo. Sus ojos verdes se clavaron en los míos, y por un momento sentí que el mundo se detenía. Eran fríos y temblorosos a la vez, como si ella misma no supiera si debía temerme o confiar en mí. Y yo… yo tampoco lo sabía. El vestido ceñía su cuerpo con una perfección que parecía una burla. Se veía frágil, casi etérea, como si un simple roce pudiera romperla. Pero sabía que no era así. Esa mujer tenía una fortaleza escondida bajo la piel, una que aún no había decidido si iba a iluminarme o a consumirme por completo. Cierro los ojos y trato de alejar de mi mente todo lo que no sea descansar. La sensación de su cuerpo tan cerca del mío me atormenta, pero el cansancio me vence. Dejo que el sueño me envuelva. ******************************* —Toc. Toc. Toc. Un leve murmullo a través de la puerta me despierta bruscamente. Intento moverme, pero siento el peso de su cuerpo sobre el mío, como una serpiente que no quiere dejarme escapar. La miro, pero ella sigue dormida, inmóvil. Me esfuerzo por liberarme de su abrazo, pero su cuerpo sigue pegado al mío. —¡Majestad! —la voz al otro lado de la puerta resuena fuerte, deshaciendo cualquier intento de volver a quedarme dormido. Trato de despejarme y apartar a Eleanor, pero la pequeña maldición sigue aferrándose a mí. Finalmente, logro liberarme de su abrazo. Ella protesta sin despertarse, pero ni siquiera me doy la vuelta para calmarla. Solo tengo en mente que debo atender lo que sea que interrumpa mi descanso. —¿Qué haces en mis aposentos a estas horas? —mi voz es grave y ruda, llena de irritación. La criada que se encuentra ante mí baja inmediatamente la cabeza, temblando visiblemente. —Le ruego me perdone, excelencia... Yo... sólo soy una simple mensajera —su voz suena entrecortada—. El príncipe Harold me ha enviado. Dice que es un asunto urgente que no puede esperar hasta el amanecer. —Harold... —mascullo para mí mismo. Mi hermano menor, siempre interrumpiendo mi tiempo de descanso. ¿Qué podría ser tan urgente? Con un suspiro cargado de frustración, camino rápidamente hacia el salón de reuniones. Si esto es otra de sus tonterías, le romperé la cara. Cuando llego, encuentro a Harold de pie, esperándome. Me mira de arriba abajo, como si estuviera esperando alguna explicación. —Llevo varios días ausente, y ahora me dicen que te casaste? —sus palabras salen con incredulidad, como si fuera una broma pesada. Mi paciencia está al límite, y me limito a gruñir. —¿Es en serio? ¿Ese es el único motivo por el que me llamas aquí? Harold no parece impresionado, como si estuviera esperando una razón más espectacular. —¿Has hecho una buena alianza? —su tono sigue escéptico—. No veo otro motivo para que tú, el rey sanguinario, te casaras de nuevo. ¿Quién es ella? —La princesa de Wynthorne —respondo, manteniendo la calma. El rostro de Harold se vuelve una máscara de incredulidad. —¿Qué? —su mandíbula parece a punto de caer al suelo—. ¿De verdad estás diciendo que te alías con un reino en ruinas? ¿Con una mujer que…? —¡Sí! —interrumpo, la rabia hirviendo en mis venas—. Es la reina que he elegido, te guste o no. Harold se cruza de brazos y comienza a caminar alrededor de la sala, tratando de procesar lo que acabo de decirle. —¡Te alías con un reino en completo desastre! ¿De verdad? ¿Qué demonios tienes en la cabeza? Sus palabras me provocan un estremecimiento de furia. Puedo escuchar sus críticas como una daga afilada, pero no me muevo, no doy el brazo a torcer. —No olvides quién es el rey aquí —respondo, con voz baja y autoritaria. Harold se detiene frente a mí, casi con desdén. —¿Quieres decir que te casaste por un título? ¿Por un reino en ruinas? No me jodas, Alaric. ¿Quién diablos haría tal cosa? Sus palabras son casi un desafío, y aunque la tentación de golpearlo me asedia, respiro profundamente, tratando de mantener la calma. —Lo que quiero es un heredero —es lo único que respondo, y la frialdad en mi voz es suficiente para que Harold se quede en silencio, observándome en busca de alguna debilidad. Sin embargo, ya no hay vuelta atrás.
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