CAPITULO SEIS: Crueldad.

1712 Words
Alaric Harold continúa con sus reproches, llevándome al límite y haciendo que pierda la paciencia. -¿Un heredero? ¿No pudiste elegir a cualquier otra mujer? ¡Incluso una campesina habría servido para ese propósito!- Su rostro se tiñe completamente de rojo por la furia. -¡Mi hijo tendrá sangre real! – Subo la voz, dejando que mi ira se refleje en cada palabra. – La escogí a ella porque así lo quise. No tengo nada más que decirte. Doy media vuelta, pero en un movimiento rápido, él me agarra del hombro y me voltea bruscamente. -¡Estás cometiendo un maldito error, Alaric! ¿Qué pasó con la promesa que hiciste? Esas palabras, son como un veneno, recorren mi cuerpo y mi alma, agitando cada rincón de mi ser. La ira se enciende en mí como una llama feroz. No puedo permitir que me cuestione, que dude de mi decisión, y mucho menos que me recuerde ese oscuro pasado que intento mantener bien enterrado. Lo agarro por la camisa y lo estrello contra la pared con tal fuerza que el concreto resuena con el impacto. Mis ojos se clavan en los suyos, mientras siento cómo mi sangre hierve, como si todo lo que había reprimido se desbordara en un solo golpe. -No vuelvas a mencionarlo jamás – Mi respiración se vuelve más superficial, pero cada palabra que sale de mi boca lleva consigo una amenaza implícita. – Siempre mantendré mi promesa. Ella no es más que un medio para engendrar un heredero digno, alguien que gobierne el reino cuando yo ya no esté La tensión en el aire es palpable. Su respiración se entrecorta, como si estuviera evaluando si seguir enfrentándome o ceder. -Si es así... ¿Eso significa que desistirás de la alianza en cuanto ella dé a luz? – pregunta, y yo aflojo mi agarre. Las dudas de mi hermano parecen querer infiltrarse en mi mente, pero no me dejaré arrastrar por ellas. No puedo permitirme mostrar debilidad. -No necesito casarme con ella para poseer esas tierras y fusionarlas con las de Raventry– Respondo con voz firme, caminando hacia la puerta mientras siento que mis palabras resuenan con una certeza fría. – Serán mías cuando yo lo decida, así deba matar al rey Edmund para conseguirlas. -Suerte que soy tu hermano y no suegro – Sonríe de lado, como si fuera una broma, pero en sus ojos aún hay algo que no se atreve a decir. -Sabes perfectamente que la compasión no tiene cabida en mí – Respondo con una sonrisa cargada de veneno, no sin cierto desdén. Mi mente está lejos de la conversación. Lo que realmente importa no está aquí. Todo esto es solo un juego de poder, una fachada que no me interesa en lo más mínimo. Salgo del lugar con pasos decididos, caminando por los pasillos del castillo, mis botas resonando con cada paso sobre el suelo de piedra. Paso frente a la puerta de su habitación, donde ella está. Siento que su presencia está ahí, a tan solo unos metros de distancia, y aunque mi mente quiere ignorarla, mi cuerpo no puede evitar sentirse inquieto. Mis planes no deben ser truncados por su figura inocente y testaruda. La imagen de ella, tan pura y tan ajena a lo que realmente soy, se mete en mi cabeza como una espina que no puedo quitarme. Continúo mi caminata, dirigiéndome a mi habitación. Al quitarme las botas, dejo escapar un largo suspiro, tratando de relajarme, pero el sueño me evade. Mis pensamientos no dejan de girar en torno a lo que está por venir, a las decisiones que debo tomar. De pronto, mis ojos se cierran, pero lo que ocurre es inevitable. La pesadilla llega. La misma de siempre. El eco de su voz me perfora los oídos, llenándome de angustia. "-No puedo vivir de esta manera, Alaric." "-Espera, Rania... ¡Noooo!" Me despierto con un salto, la respiración agitada, el corazón desbocado. El sudor cubre mi frente. Es la misma pesadilla que me atormenta noche tras noche, sin cesar. Y aunque han pasado ya años, la angustia sigue ahí, como un eco que no me deja en paz. Miro a mi alrededor, reconociendo el entorno. Mi habitación. La madrugada apenas ha comenzado. Son solo unos minutos, pero sé que no podré volver a dormir. Las horas de descanso se han vuelto una rareza en los últimos cinco años. Los demonios de mi pasado me persiguen, y parece que nunca encontraré la paz. Me levanto con rapidez y entro al cuarto de aseo. El agua fría golpea mi cuerpo, intentando despejar mi mente, pero todo lo que hago es recordar. La imagen de la reina vuelve a mi cabeza, la desnudez de su piel perfecta, pintada de carmesí. Cuando recuerdo cómo mi boca recorrió su cuello, su pecho, mi cuerpo reacciona con una violencia inesperada. La necesidad arde en mi interior. La forma en que su cuerpo se entregó a mí, cómo tomé su inocencia y la despoje de todo lo que creía puro, me consume por dentro. Mi hombría despierta de inmediato, y no puedo evitarlo. Froto con fuerza, buscando el alivio, la calma, el escape de todo lo que siento. No es solo deseo. Es un impulso de poder, de control, de demostrar que puedo dominar todo, incluso a ella. El recuerdo de su cuerpo, de su piel, me consume más rápido. Mi respiración se acelera mientras mi mente sigue una ruta oscura, guiada por el deseo y la rabia. Los ecos de su voz me atormentan mientras continuo, acelerando el ritmo. Al final, estallo, gruñendo de frustración, de deseo reprimido, maldiciendo entre dientes. Es normal que una mujer como ella provoque esto en mí, pienso. Cada poro de su piel destila sexualidad y fertilidad. Mi cuerpo sigue siendo carne débil, aunque mi espíritu no pueda ser gobernado por ella. Tomé su inocencia, y ahora voy a tomar su vida. Todo es parte del plan. Necesito que mi objetivo se cumpla. Nada me detendrá. Después de un rato, me seco rápidamente y me pongo mi ropa de combate. Hoy no hay lugar para el descanso, ni para la debilidad. El General Godric me espera, como siempre. Entrenar con él es mi única válvula de escape. Me ayuda a lidiar con la rabia que siempre me consume, a mantener el control de mis emociones. Es la única forma en que puedo calmar el fuego interno que siempre está ardiendo. Salgo a la zona trasera del palacio, donde los soldados entrenan todos los días. El sonido de los espadas y las varas chocando contra el aire me llena de una extraña sensación de satisfacción. La guerra nunca está lejos de mis pensamientos, ni de mis actos. -Majestad – todos dicen a una sola voz cuando entro en el campo de entrenamiento, inclinándose con respeto. -Su excelencia, no esperaba que llegara tan temprano hoy– Godric hace una reverencia, sonriendo de lado como si fuera un amigo, no un subordinado. – Supongo que el entrenamiento será más temprano el día de hoy. -Atácame con lo mejor que tengas, General – le digo con firmeza, tomando una vara de madera y estirando mi cuerpo en el proceso. Cada músculo parece estar en su lugar, preparado para lo que venga. La ira sigue ardiendo en mi interior, pero esta vez la canalizaré de forma más controlada. -¡Ya oyeron al rey! ¡Ataquen ahora! – grita, y los soldados se abalanzan sobre mí sin dudarlo. Esquivo sus golpes con habilidad, devolviendo los ataques con la misma rapidez. Cada golpe se siente como un recordatorio de mi fuerza, de mi control. Los soldados se mantienen alerta, pero sé que no me costará derribarlos. Uno intenta golpearme en el costado, pero me retiro rápidamente y lo golpeo en la cabeza, haciéndolo caer al suelo con sangre brotando de su oreja. Uno de los más jóvenes, con mucho coraje, decide atacarme. Está decidido a demostrar su valía, pero no sabe con quién está tratando. Se mueve rápido, intentando golpearme en la cabeza, pero me agacho justo a tiempo, y en un movimiento fluido, clavo mi vara en su estómago. El aire se le escapa mientras su cuerpo se tensa. Mi mente se nubla por completo. El deseo de sangre me consume. Cada golpe, cada movimiento se vuelve más rápido, más frenético. "En los pocos días que llevo a su lado, me ha quedado claro que no es más que un tirano, envuelto en oro, un cerdo que confunde el temor con respeto y la sumisión con devoción" "Alaric, no me obligues a permanecer a tu lado" "Morir resulta ser una mejor opción que permanecer contigo" Las voces se mezclan con los gritos del joven que sigo golpeando. No puedo detenerme. Pierdo el control. Todo lo que siento es ira. -¡Suéltalo, animal! ¡Vas a matarlo! – Escucho un grito, y en ese momento, la conciencia regresa. Mi cuerpo se detiene, mis respiraciones se aceleran, pero ya es demasiado tarde para revertirlo. El joven yace en el suelo, su rostro desfigurado. La sangre mancha mis manos, y los soldados que quedan miran aterrados. No es la primera vez que pierdo el control en un entrenamiento. Por eso, todos prefieren mantenerse alejados cuando me enfrento a mis demonios. Pero ahora, algo más ocurre. Mis ojos se encuentran con ella. Sus hebras negras caen sobre su rostro mientras se acerca al joven caído. Su voz suena suave, llena de desdén. -Aún sigue con vida – murmura, y sus ojos se llenan de lágrimas. La rabia se dispara en mi pecho nuevamente. ¿Qué sabe ella de lo que soy capaz de hacer? -¿Pensabas matarlo? ¿Qué clase de rey ataca a sus propios súbditos? – Su desprecio es palpable, y lo siento como una daga. -Su vida no es algo que deba importarte – resoplo, tratando de mantener la calma, pero el fuego sigue ardiendo dentro de mí. Sin pensarlo, la jalo hacia mí, la levanto y la pongo sobre mi hombro. -¡Suéltame ahora mismo! – Su cuerpo se estremece, pero no le doy opción a la resistencia. Nadie, nadie se atreve a desafiarme. Alguien debe enseñarle el respeto que debe tener con su rey.
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