Estoy embarazada

2136 Words
Cuando Mirella entró a la casa furiosa, sus ojos buscaban a alguien en específico: Bianca. Subió las escaleras a toda prisa y se plantó frente a la puerta de la habitación de la joven. Entró sin dudarlo. Bianca estaba hablando por teléfono, luciendo una sonrisa tonta en el rostro. Al notar el evidente enojo de Mirella, se despidió apresuradamente de quien estaba al otro lado de la línea, prometiendo llamar más tarde. Luego, con cierto desconcierto, volteó hacia ella. —¿Qué pasa? ¿Por qué entras así? —preguntó, algo confundida. —¿Fuiste tú, Bianca? ¿Me emborrachaste esa noche y me metiste en esa cama? —espetó Mirella, su voz cargada de ira. —¿Qué...? ¿De qué cama hablas? ¿Te acostaste con alguien? —preguntó Bianca con una curiosidad. Mirella inhaló profundamente, como si pidiera paciencia al cielo, y volvió a enfrentar a Bianca. —¡Responde mi pregunta! Si tienes un poco de decencia... ¡Ah, claro! Todo es mi culpa, ¿verdad? Siempre soy yo, Bianca, ¡no importa lo que pase! —gritó Mirella, incapaz de contener las lágrimas. Bianca no había previsto esta reacción. En sus planes, Mirella debía mirarla furiosa y quizás tirar de sus cabellos, pero nada más. Aunque por un momento sintió un leve remordimiento, su rostro recuperó la seriedad al instante. —¡Tus trucos baratos no me funcionan, Bianca! No me voy a tragar tus mentiras, ¿entendiste? —¿Qué estás diciendo? ¿De qué trucos hablas? ¡Mira cómo me tratas mientras yo intento arreglar las cosas entre nosotras! —sollozó Bianca, visiblemente alterada. Mirella cerró los ojos, tratando de recuperar la calma. Era verdad que, en los últimos días, Bianca no había mostrado su usual actitud burlona. Parecía más amable. Pero eso no la hacía inocente. Mirella no era ingenua. Finalmente, viendo que no lograría nada, se retiró a su habitación, derrotada. Bianca esperó a que Mirella se alejara y cerró la puerta con cuidado. Secó sus lágrimas falsas con el dorso de la mano, mientras una sonrisa maliciosa se dibujaba en su rostro. Ya en su habitación, Mirella se metió bajo el agua caliente de la ducha. Sentía su cuerpo arder, pero no le importó. Nada dolía tanto como su alma. No sabía qué sentía ni qué debía hacer. Su mente estaba demasiado nublada para pensar con claridad. Pero una cosa era segura: Carlo no iba a regresar. Su orgullo lo impediría. Lo conocía demasiado bien. Sin embargo, Mirella no iba a dejar las cosas así. Quienquiera que hubiera provocado todo este caos, lo encontraría. Le pediría cuentas. Lo haría pagar. * Un mes y medio después... —Mirella, por favor, deja de llorar. Estás hecha un desastre —dijo Daniela, tratando de consolarla. —Estoy perdida, Daniela. Mi vida está arruinada. ¿Qué voy a hacer ahora? ¡Estoy embarazada de un hombre que ni siquiera conozco! —sollozó Mirella, abrazándose las rodillas. —Habla con Fabrizio o con quien sea. Vean juntos qué hacer. —¿Y si me dice que aborte? No me importa lo que él quiera. Yo no puedo hacerlo, Daniela. ¡No puedo matar a algo tan pequeño! —respondió Mirella, su voz quebrándose. Daniela no soportó verla así y la rodeó con los brazos, intentando reconfortarla. —Claro que no lo harás, mi amor. Mira, habla con él de todas maneras, pero no dejes que te presione. Tú no lo necesitas. Vamos a salir adelante, pase lo que pase. Habían pasado ya dos meses desde aquella noche. Mirella no podía ignorar los síntomas: mareos, náuseas... Finalmente, decidió visitar a un médico amigo en el hospital. La noticia fue contundente: estaba embarazada de siete semanas. Mirella se desplomó al escuchar esas palabras. Todo su mundo parecía desmoronarse. Todo esto era culpa de Fabrizio Accardi. Había destrozado su vida, su orden, todo, en una sola noche. Aunque sabía que ella también tenía parte de la responsabilidad, no podía evitar culparlo. Durante días, la idea del aborto rondó en su mente, enfrentándose a su propia conciencia. Intentaba buscar la salida más lógica, pero ninguna decisión parecía lo suficientemente buena. Ante la insistencia de Daniela, Mirella había decidido enfrentar a Fabrizio. Era un paso necesario, pero sabía que debía manejarlo con cuidado. No debió haber involucrado a su familia, porque conocía las consecuencias: su abuela no dudaría en forzar un matrimonio. Con esta preocupación en mente, estacionó su auto frente a la empresa de Fabrizio. Quizá ahí encontraría una solución. Colocó una mano sobre su vientre, intentando reunir fuerzas para lo que estaba por venir. Al entrar, fue recibida por una joven asistente, quien la saludó con cortesía. —Señorita Mirella, bienvenida. Si vino a buscar a su padre, él no estará en la empresa hoy. —No, en realidad busco a Fabrizio. ¿Está en su oficina? —preguntó Mirella, intentando mantener la calma. —Sí, el señor Fabrizio está en su despacho. Es la primera puerta al fondo. —Gracias. Se dirigió al lugar indicado. Frente a la puerta, respiró hondo y golpeó suavemente. Un seco “adelante” se escuchó del otro lado, y decidió entrar. Fabrizio levantó la mirada de los documentos que tenía frente a él y, al verla, su rostro cambió por completo. Frunció el ceño, claramente sorprendido. —¡Tenemos que hablar! —exclamó Mirella con evidente angustia. El joven se levantó de inmediato, alarmado. —¿Mi madre? ¿Le pasó algo a mi madre? —preguntó, el miedo visible en su rostro. —No, no se trata de ella. Es sobre nosotros... tú y yo. —¿Tú y yo? —repitió Fabrizio, visiblemente desconcertado. Le indicó con un gesto que se sentara, y ella tomó asiento frente a él. La miraba con atención, esperando que explicara. Mirella desvió la mirada hacia el suelo, buscando las palabras adecuadas. Pero al levantar la vista y ver el rostro de Fabrizio, los recuerdos de aquella noche la golpearon. Se sentía avergonzada y decidió ir directo al grano. —Estoy... —dudó un segundo antes de soltarlo de golpe—. Estoy embarazada. Fabrizio abrió los ojos con incredulidad, y su cuerpo se tensó de inmediato. —¿Qué? ¿Qué estás diciendo? —preguntó, como si no pudiera procesar lo que escuchaba. Las palabras de Mirella resonaban en su mente. —No quiero que me hables de abortar ni nada por el estilo, ¿entendido? Ya lo pensé demasiado, ¡y no voy a quitarme a mi bebé! —dijo Mirella, colocando una mano protectora sobre su vientre—. Solo te lo estoy diciendo porque tienes derecho a saberlo. El joven quedó completamente paralizado, sin saber qué decir. Intentaba hablar, pero las palabras se quedaban atoradas en su garganta. ¿Todo esto había sucedido en una sola noche? —¡Di algo! —exigió Mirella, al borde de perder la paciencia. —¿Esto pasó... en una sola noche? —preguntó finalmente Fabrizio, poniéndose de pie con expresión inquieta. Su ceño estaba fruncido. —¿Qué insinúas? ¿Que lo hice a propósito? Si no me crees, ¡hazte la prueba! No es tan complicado —respondió ella con evidente molestia. —¡Deja de decir tonterías! ¡No estoy insinuando nada de eso! Ambos estamos metidos en esta situación. ¿Por qué harías algo así a propósito? —replicó, masajeándose el puente de la nariz con frustración—. Es solo que... ¡no puedo creerlo! Es tan... raro. No recuerdo nada. —Yo tampoco recuerdo mucho, pero aquí estamos. ¿Qué vamos a hacer ahora? Te lo advierto, no pienso deshacerme del bebé. Si no quieres involucrarte, lo haré sola. ¡No te necesitamos! —dijo con determinación. Fabrizio dejó de lado su confusión y trató de pensar con lógica. Lo más razonable sería abortar, pensó. Pero la postura firme de Mirella dejaba claro que no lo haría, sin importar lo que él dijera. Ese bebé iba a nacer. El joven empezó a morderse el labio inferior, angustiado. Sabía lo que sucedería si su familia se enteraba: lo obligarían a casarse con Mirella. Pero él no quería casarse. Apenas estaba empezando a construir su carrera profesional, y un matrimonio lo arruinaría todo. Su mente era un caos. ¿Se convertiría en padre? Esa palabra resonaba una y otra vez en su cabeza. Ser padre... Ser padre... Era lo último que quería en la vida. Aun así, intentó despejarse de esos pensamientos y volvió a enfocarse en Mirella. Su expresión era seria. —¿Qué crees, que soy un tipo tan deshonesto como para no hacerme cargo de mi propio hijo? —dijo finalmente. —¿Y cómo voy a saber qué tipo de persona eres? —respondió Mirella, desafiante. Fabrizio respiró hondo, intentando calmarse. —¿Tus padres lo saben? —¡Claro que no! ¡Es obvio lo que harían si lo supieran! ¡Me obligarían a casarme contigo! Pero yo no quiero casarme y arruinar mi vida. Tenemos que pensar en algo. —¡Yo tampoco quiero casarme y arruinar mi vida! —exclamó Fabrizio, sentándose en el sofá con las manos en la cabeza. Sabía que, si su familia se enteraba, lo obligarían a asumir la responsabilidad. Su padre no permitiría que la hija de uno de sus socios quedara deshonrada, mucho menos llevando en el vientre un hijo suyo. —Mira, los dos somos muy jóvenes. Sabemos cómo son nuestras familias. Si esto se llega a saber, nos obligarán a casarnos. La mejor solución es abortar al bebé cuanto antes —dijo, tratando de sonar razonable. La expresión de Mirella cambió de inmediato; sus cejas se fruncieron y sus ojos brillaron de enfado. —¡Te lo advertí desde el principio, Fabrizio! Este bebé va a nacer. Pase lo que pase, no puedo cargar con la culpa de quitarle la vida a mi propio hijo. No podría vivir con eso. Soltó una risa nerviosa, como si quisiera calmarse, pero no lo logró. —Vine aquí pensando que tal vez se te ocurriría algo sensato, pero veo que sólo dices tonterías —agregó con dureza. Luego, tomó aire y continuó—. ¡No te preocupes! Yo me haré cargo de mi bebé. No necesitamos nada de ti. Y para que estés tranquilo, no le diré a nadie que eres el padre. Se levantó decidida, lista para marcharse. Las palabras de Mirella golpearon a Fabrizio como una bofetada. Sentía que ella lo estaba pintando como alguien que no aceptaba la responsabilidad por sus actos, pero él realmente creía que abortar era la mejor solución para ambos. Fabrizio no tuvo más remedio que ceder. —¡Está bien, está bien! Haz lo que quieras. Ten al bebé, cuéntaselo a tus padres si quieres. Si cometimos un error, asumiremos las consecuencias. Yo también hablaré con los míos. Al final del día, somos adultos. No pueden obligarnos a nada —dijo con resignación. Mirella lo miró en silencio por unos segundos, procesando lo que acababa de escuchar. No estaba segura de si podía confiar en esa promesa. Los ojos de Fabrizio se detuvieron por un momento en el vientre de Mirella. La idea de lo que estaba ocurriendo lo sobrepasaba. ¿De verdad podía asumir esa responsabilidad? ¿Estaba preparado para algo así? Apartó la mirada cuando notó que Mirella lo observaba. Ella respiró hondo, tratando de mantener la compostura, y se puso de pie para irse. Fabrizio hizo lo mismo, dando un paso hacia ella con un gesto firme, intentando detenerla. —¡Toma! Esta es mi tarjeta. Llámame si pasa algo —dijo, extendiéndosela. Mirella lo fulminó con la mirada antes de responder con frialdad. —No creo que necesite nada de ti. —¡Mirella! —dijo, su tono elevándose por la frustración—. ¡Ese bebé también es mi hijo! Tienes que informarme si algo sucede. —¡Qué rápido lo aceptaste! Lo siento, pero ya no importa —respondió con sarcasmo, sin ocultar su enfado. Fabrizio apretó los labios, tratando de mantener la calma. Su paciencia estaba llegando al límite. Era increíble cómo ella podía hablarle de esa forma. —¡Mirella, estás exagerando! No sigas así. Ella se giró para mirarlo por última vez, desafiándolo con la mirada. —¿De verdad? ¿Y qué vas a hacer? —le espetó, retándolo. Fabrizio no respondió. Mirella tomó su bolso con decisión, giró sobre sus talones y salió de la oficina sin mirar atrás. Cuando finalmente llegó a su auto, dejó escapar las lágrimas que había contenido durante todo el enfrentamiento. El peso de lo que tenía que hacer a continuación la abrumaba. ¿Cómo se lo contaría a su familia? El solo pensar en enfrentar a su abuela, la temida señora Delicia, hacía que sus manos temblaran.
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