Cuando Mirella salió de la habitación, Vittorio entró de inmediato. Vittorio era amigo íntimo y también socio comercial de Fabrizio.
—¿Qué te pasa, hermano? —preguntó Vittorio al notar la preocupación en el rostro de Fabrizio.
Sin embargo, Fabrizio no lo escuchó, estaba completamente abstraído, con la mirada perdida.
—¡Oye, hermano! ¿Qué pasa contigo? ¿Qué está pasando? ¡Respóndeme! —insistió Vittorio, casi sacudiéndolo.
Finalmente, Fabrizio salió de su ensimismamiento, se levantó y, mientras se acariciaba la barba, dejó escapar las palabras que había estado guardando:
—¡Dejé embarazada a la hija del señor César, Vittorio!
Vittorio lo miró sin poder creer lo que oía.
—¿Qué? ¿De qué rayos estás hablando? Explícate bien, ¡no entiendo nada!
Fabrizio, visiblemente angustiado, trató de explicar:
—Debí haber tomado demasiado la noche del estreno... Cuando desperté al día siguiente, estábamos en la misma cama. Y ahora resulta que...
—¿Y ahora qué? —lo interrumpió Vittorio, preocupado.
—Dice que está embarazada —soltó Fabrizio de golpe.
Vittorio lo miró incrédulo.
—¡Carajo! ¿Qué rayos hiciste? Mira, si estás jugando conmigo... —respondió, tratando de asimilarlo.
—¿¡Crees que bromearía con algo así, Vittorio!? —gritó Fabrizio, perdiendo la paciencia.
Vittorio se dejó caer en la silla más cercana, todavía en shock.
—¿Estás seguro de que es tuyo? —preguntó con cautela.
—¡Estoy seguro! —contestó Fabrizio, casi gritando—. ¡La chica no ha estado con nadie más, Vittorio! ¡Entiendes lo que eso significa!
—Esto está de locos... —murmuró Vittorio, llevándose las manos a la cabeza—. Esa noche estabas raro, pero no bebimos tanto. ¡Algo no cuadra!
Fabrizio, mientras tanto, no dejaba de dar vueltas al asunto en su mente. Se hundió en su asiento, abrumado. Había metido la pata, y ahora había un bebé de por medio. Su propio hijo...
*
Unos días después, Mirella comenzó a sentir náuseas más intensas. La gente en casa empezó a sospechar, pero ella simplemente murmuraba alguna excusa y se alejaba rápido. Sin embargo, sabía que no podía seguir así. Finalmente, decidió enfrentarse a su familia y contarles la verdad.
Reunió a su padre, su madre y su abuela en la sala. Aunque intentó prepararse, no sabía por dónde empezar.
—A ver, niña, ¿qué pasa? ¿Por qué nos has juntado aquí? —preguntó la abuela Delicia, alzando una ceja.
—Mirella, hija, ¿todo bien? Nos tienes preocupados —dijo su madre, tratando de calmarla.
Respirando hondo, Mirella dejó salir la verdad, con lágrimas que le brotaban mientras relataba lo sucedido, sin omitir ningún detalle.
Su madre y su padre quedaron desconsolados al escucharla, pero su abuela estaba visiblemente enfadada.
—Mirella, ¡¿pero qué hiciste, hija mía?! —exclamó la abuela, con una voz que resonó en toda la casa.
—¡Papá, no me acuerdo de nada! —gimió Mirella, mientras las lágrimas corrían por su rostro. Su madre, tratando de consolarla, le tomó las manos y acarició su cabello.
—¿Y ahora qué vas a hacer, Mirella? —preguntó su madre con tono de preocupación—. ¿Vas a tener al bebé?
La abuela Delicia, sin esperar respuesta, intervino con decisión:
—¡Aquí no hay más que hablar! ¡Se van a casar!
—¡¿Cómo que casarme, abuela?! —protestó Mirella, sorprendida y molesta—. ¡Ni siquiera lo conozco! ¡No me pienso casar con él!
—¿Entonces qué piensas hacer, ah? —replicó la abuela, cruzándose de brazos—. Si no te casas, ¡nos vas a llenar de vergüenza frente a todos!
—¡Mamá, papá! ¡Digan algo ustedes también! ¡¿Qué está diciendo la abuela?! —Mirella buscó el apoyo de sus padres, pero ellos permanecieron en silencio, atrapados entre su enojo y el deseo de no forzarla a tomar una decisión que no quería.
Finalmente, el señor César rompió el silencio:
—¡Mamá, basta! ¿De verdad quieres obligarla a casarse? Podemos buscar otra solución, no hace falta llegar a esto.
Pero la abuela no estaba dispuesta a ceder.
—¡Pues si no quiere, la obligaremos! Esto no se queda así. Es obvio lo que tiene que pasar. Hablaremos con los Accardi y arreglaremos esto cuanto antes —sentenció, antes de salir dando un portazo que resonó en toda la casa.
*
Cuando Fabrizio llegó a casa, entró al salón con el rostro desencajado. Estaba angustiado, y su piel parecía más pálida de lo normal. Apenas se dejó caer en el sofá, la señora Hazel se apresuró a acercarse a su hijo.
—Fabrizio, hijo, ¿qué te pasa? Desde hace días te veo así. ¿Estás enfermo? —preguntó con evidente preocupación.
—¡No, mamá, no es eso! —respondió Fabrizio de inmediato.
—¡Claro, cómo no! Tu padre te tiene trabajando hasta tarde todas las noches. Te ha dejado sin vida. ¡Kevin, mira en qué estado está tu hijo! —dijo Hazel, dirigiendo una mirada de reproche a su esposo.
—¡¿Qué dices, mujer?! Él hace lo que tiene que hacer. Además, mi hijo es un león, ¡no se va a quebrar por eso! —respondió Kevin, quitándole importancia al asunto.
Fabrizio no soportó más y, armándose de valor, interrumpió.
—¡Tengo algo importante que decirles! —dijo con firmeza.
Ambos padres lo miraron, intrigados.
—¿Es algo del trabajo? —preguntó Kevin, frunciendo el ceño.
—¡Mirella está embarazada de mí! —soltó Fabrizio de golpe, sin rodeos, con un tono que reflejaba tanto su angustia como su seriedad.
La señora Hazel sintió que se le aflojaban las piernas y se llevó una mano al pecho, como si el aire se le escapara.
—¿Quién es Mirella? ¿Cómo que está embarazada? ¿Qué es esto, hijo mío? —preguntó entrecortadamente, mientras su rostro se llenaba de confusión.
Kevin se levantó de su asiento, con el ceño fruncido y los ojos llenos de furia.
—¡¿Qué estás diciendo, muchacho?! —tronó.
—¡Ya lo escuchaste! Mirella, la hija del señor César, está esperando un hijo mío —replicó Fabrizio con voz temblorosa, pero decidido.
—¿La hija de César? ¿Qué carajos hiciste? ¿Dónde la conociste? ¿Cómo es que la dejaste embarazada? —Kevin estaba completamente descontrolado.
—¡No lo sé, papá! Pero está embarazada de mí... —contestó Fabrizio, derrotado.
Kevin perdió la paciencia y empezó a gritar.
—¿Qué significa que está embarazada? ¿Qué vas a hacer? ¡Maldito imbécil! ¡Si la quieres, entonces tráela aquí y cásate con ella! ¿Qué crees que les voy a decir a César y a Delicia? ¿Cómo vamos a dar la cara? —preguntó, apuntando con el dedo hacia su hijo.
—¡Papá, no es lo que piensas! ¡No estamos enamorados! Fue un error... —intentó explicar Fabrizio.
—¿¡Error!? ¿Qué rayos quieres decir con eso? ¿Qué clase de error deja un hijo de por medio? —Kevin estaba fuera de sí, caminando de un lado a otro mientras hablaba.
Fabrizio bajó la cabeza, apretando los dientes. Sabía que su padre no lo entendería, sin importar cuánto tratara de explicarle.
Por otro lado, aunque Hazel había querido algo como esto desde hacía mucho tiempo, no esperaba que ocurriera de esta forma. Sin embargo, no podía evitar sentirse algo emocionada. De repente tendría un nieto. Además, siempre le había gustado Mirella. Le parecía una chica educada, refinada, y encajaba perfectamente con su hijo.
Después de un largo silencio, Kevin se dirigió a su esposa con tono autoritario.
—Hazle saber a Delicia. Mañana iremos a hablar de este asunto como corresponde —dijo, dando por sentado lo que debía hacerse.
Hazel trató de ocultar su emoción, pero no pudo evitar sonreír para sus adentros.
—Entonces será mejor que empecemos con los preparativos para la boda —dijo, frotándose las manos.
Fabrizio levantó la cabeza de golpe y negó con vehemencia.
—¡¿Qué boda?! ¡No habrá ninguna boda, mamá! ¡Ni te hagas ilusiones! —respondió, irritado.
—¿Qué otra cosa se supone que pase? ¿Dejarás a esa pobre chica sola con el niño? ¡Deja de decir tonterías, Fabrizio! —respondió Hazel, molesta.
—¡Papá! Voy a hacerme cargo de mi hijo, pero no me casaré con Mirella. ¡No pienso hacerlo! —insistió Fabrizio, tratando de contener su frustración.
—¡Pero bien que supiste cómo embarazarla, eh! ¡No me vengas con idioteces! —gritó Kevin, perdiendo la paciencia.
Fabrizio, lleno de rabia, golpeó la mesa con el puño y se levantó de un salto.
—¡Ya basta! —gritó antes de retirarse bruscamente a su habitación y cerrar la puerta de un golpe. Se dejó caer sobre la cama, con la cabeza entre las manos, preguntándose cómo había llegado a esta situación.
No recordaba nada de esa noche. ¿Cómo había terminado con Mirella? Ahora estaba atrapado en algo que no podía manejar. Para colmo, tenía grandes planes para su carrera. Estaba decidido a destacar en los negocios y no quería echarlo todo por la borda por un matrimonio que no deseaba.
*
Después de que las dos familias discutieran el asunto a profundidad, llegaron a la conclusión de que lo más adecuado era que Mirella y Fabrizio se casaran. La decisión fue tomada rápidamente y sin mayor consulta.
—¡Tal como lo habíamos hablado! —dijo la señora Delicia con tono autoritario—. Esta boda se celebrará antes de que a Mirella se le note la barriga. Irán al extranjero inmediatamente después de casarse. Se quedarán allá hasta que nazca el bebé y regresarán unos meses después del parto. Espero que quede claro —sentenció, dejando en claro que no había lugar para objeciones.
A pesar de las protestas de Fabrizio y Mirella, nadie los escuchó. Sus opiniones parecían no importar. Los adultos insistieron en que era lo mejor para ambos. Aunque el señor César inicialmente apoyaba a su hija y no estaba de acuerdo con la idea, la señora Delicia lo convenció con su carácter dominante. Era evidente que ella siempre se salía con la suya.
*
Las palabras de su abuela hicieron que Mirella rompiera en llanto una vez más. Estaba a punto de casarse con un hombre al que apenas conocía, dejando atrás su trabajo, su familia y a sus amigos para mudarse al extranjero. La presión era abrumadora, y Mirella sentía que no podía más. Nadie se tomaba el tiempo de preguntarle qué quería o qué pensaba. Además, el embarazo la tenía emocionalmente vulnerable por las hormonas que la hacían sentir aún peor.
—¡Llorar no va a cambiar nada! Te lo dije desde el principio, las cosas iban a ser así —dijo Fabrizio, arremetiendo con frialdad.
—¡¿Y qué se supone que haga?! ¿Debí haberte hecho caso y abortar a mi bebé? —respondió Mirella, tratando de hablar entre sollozos.
—¿Eso crees que estoy diciendo? —replicó Fabrizio, intentando contenerse. Cerró los ojos, respiró hondo, y habló de nuevo, ahora con un tono más calmado.
—¡Está bien, ya no llores! —dijo, acercándose a Mirella para secarle las lágrimas con la mano—. Se me ha ocurrido algo.
Mirella, con los ojos llenos de lágrimas y los nervios a flor de piel, lo miró con curiosidad. Sorbiéndose los mocos, decidió escucharlo.
—Hagamos esto: tendremos un matrimonio de verdad, pero no dormiremos en la misma cama. Una vez que estemos en el extranjero, será más fácil para los dos. Usa la cabeza. Cuando nazca el bebé y tenga un año, nos divorciaremos y diremos la típica mentira de que no nos llevamos bien —explicó Fabrizio, en un tono calculador.
Mirella permaneció en silencio, reflexionando sobre lo que él había dicho. Después de un rato, asintió con la cabeza, aceptando el plan. Aunque no era ideal, parecía la única salida.
Para ella, el trabajo en el extranjero sería como unas pequeñas vacaciones con su bebé, lejos del estrés y de la presión familiar. Estar lejos de todo aquello era lo mejor. Además, la perspectiva de no tener que ver a Fabrizio más de lo necesario la tranquilizaba. Ella planeaba mantenerse en su espacio, evitando compartir tiempo con él.