Nueva vida

1653 Words
Una semana después… Las dos familias tenían demasiada prisa por casarlos y trataron de organizarlo todo en tan solo una semana. Su objetivo era celebrar la boda antes de que Mirella empezara a mostrar su embarazo y que nadie lo notara. Todos pensaban que se casarían por amor, pero la realidad era otra. Finalmente, después de tantos preparativos, llegó el día esperado: la boda. —¡Mirella! ¡Despierta, querida! Hoy es un gran día para ti. ¡Te vas a casar, niña! —dijo Bianca entre risas mientras abría de par en par las cortinas de la habitación, dejando entrar los rayos del sol. Se sentó al borde de la cama y empezó a zarandearla con insistencia. —¡Déjame en paz! ¿Qué quieres tan temprano? ¡Sal de mi cuarto! —protestó Mirella desde debajo de las sábanas. —¡Vas a llegar tarde a la peluquería, cariño! ¿Se te olvidó? Hoy es tu boda —insistió Bianca con una sonrisa burlona. Mirella levantó la cabeza de la almohada con evidente fastidio y la miró con una mezcla de enojo y resignación. —¡Bianca, ya vete de mi cuarto! —exclamó finalmente mientras se levantaba con desgano. Se dirigió al baño para su rutina matutina, mientras Bianca echaba un vistazo curioso a la habitación. Estaba encantada con la idea de quedarse con ese cuarto cuando Mirella se fuera, ya que tenía las mejores vistas de la casa. Sonriendo con aire triunfal, salió del lugar dejando a Mirella sola con sus pensamientos. Cuando la joven salió del baño, se sentó un momento en la cama y miró a su alrededor por última vez. Su cama, el escritorio, el espejo, los pósters que decoraban las paredes… Todo lo iba a extrañar. Ese día, oficialmente, dejaba su hogar. Sacudiendo esos pensamientos, se levantó con pesadez y comenzó a prepararse. * Horas más tarde, ya en la peluquería, Mirella lucía agotada. Las amigas que la rodeaban no dejaban de agasajarla con palabras amables y comida, intentando animarla. Finalmente, después de varias horas, su maquillaje y peinado estaban listos. Mirella se levantó de su asiento con desgano, sintiéndose incómoda. El vestido de novia, además de pesado, le resultaba molesto. Apenas podía caminar con él. —¡Ay, Mirella! ¡Te ves preciosa! —comentó una de sus amigas emocionada. —De verdad, cuñada, estás increíble —dijo Alessandra, la hermana de Fabrizio, que era de las pocas personas que realmente la apoyaban en este proceso. De repente, el sonido de una bocina la hizo sobresaltarse. Era Fabrizio, quien había llegado para recogerla. Mirella, sujetando cuidadosamente los extremos de su vestido, salió acompañada por Daniela y Giada, quienes se encargaron de acomodarle las faldas antes de que se subiera al coche. Fabrizio, parado junto al vehículo, miró su reloj con impaciencia, pero cuando Mirella apareció en su campo de visión, la observó de pies a cabeza. Con su vestido elegante, su maquillaje sencillo y su mirada algo perdida, Mirella se veía hermosa. —¿Ya terminaste de mirarla, Fabrizio? ¡Sube al auto de una vez o llegaremos tarde! —dijo Alessandra entre risas, mientras Giada se unía a la burla. Fabrizio les lanzó una mirada fulminante, carraspeó y abrió la puerta del coche para ayudar a Mirella a acomodarse. Una vez ambos estuvieron dentro, partieron en silencio. Durante el trayecto, ninguno dijo una palabra. Mirella mantenía la mirada fija en la ventana, mientras Fabrizio se concentraba en conducir. Al llegar al lugar de la sesión fotográfica, Fabrizio salió del auto y le abrió la puerta a Mirella. Cuando ella intentó recoger su vestido para avanzar, él la detuvo sujetándola suavemente del brazo. —¿Qué pasa ahora? —preguntó ella con impaciencia. Fabrizio le mostró una caja que tenía en la mano. —Esto es para ti. Mi mamá quiere que te lo pongas. —No lo quiero —respondió Mirella con frialdad mientras intentaba seguir caminando. Fabrizio volvió a detenerla. —Es un regalo de mi madre. Si no te lo pones, la decepcionarás. Sacó un collar de diamantes de la caja y, sin darle tiempo a protestar, se lo colocó alrededor del cuello. Mirella sintió su respiración cerca y, nerviosa, dio un paso hacia atrás. Minutos después, los camarógrafos anunciaron que todo estaba listo para la sesión. El sol comenzaba a ocultarse, creando un ambiente perfecto para las fotos. —Ahora, Mirella, sonríe mirando a Fabrizio. Y tú, Fabrizio, mírala con amor y algo de deseo —indicó el fotógrafo con entusiasmo. Ambos intentaron seguir las instrucciones, pero Mirella no podía fingir una sonrisa sincera. —¡Ay, Mirella, más natural! Parece que te estás casando a la fuerza. —Es que me estoy casando a la fuerza —respondió en voz baja, lo suficiente para que solo Fabrizio la escuchara. —No lo digas tan fuerte. Todo el mundo piensa que esto es por amor. ¿Quieres que mi abuela te odie? —susurró él, tratando de mantenerse calmado. —Hablemos de eso después. Ahora mismo me estoy aguantando la risa —contestó ella, sonrojándose mientras algunos a su alrededor se reían. Fabrizio, por su parte, apretó los dientes, molesto por la actitud de Mirella. Después de algunas poses más bajo el atardecer, finalmente partieron hacia el salón de bodas. * Cuando entraron al salón entre aplausos ensordecedores, todos los presentes los miraban con admiración. Aquella multitud era suficiente para provocarle náuseas a Mirella. Al sentir que su rostro se endurecía, respiró hondo, se recompuso y volvió a poner una sonrisa forzada. —¡Parece que invitaron a toda la ciudad! Ni siquiera reconozco a la mayoría —murmuró Mirella entre dientes. —Créeme, yo tampoco —respondió Fabrizio, con el mismo desinterés. De pronto, una mujer que ninguno de los dos conocía los condujo al centro del salón para iniciar el baile. Con una melodía emotiva de fondo, Fabrizio rodeó la cintura de Mirella con sus brazos, mientras ella, algo incómoda, colocaba sus manos sobre sus hombros. Ambos comenzaron a bailar. Fabrizio no pudo evitar perderse en los ojos oscuros de Mirella. Esos ojos parecían un remolino, tirándolo hacia ella. Por su parte, Mirella intentaba no mirarlo. Cada vez que lo hacía, flashes de la noche que pasaron juntos volvían a su mente. Aunque no recordaba todos los detalles, esa sensación la llenaba de vergüenza. —¡Deja de mirarme así! —exclamó Mirella, incómoda. —¿Por qué no? —respondió él, divertido. —¡Porque me incomodas! No me mires tanto —dijo con voz cortante. —Esto tiene que ser convincente, ¿no crees, esposa? Mira a tu alrededor, hay cámaras grabando todo. —¡No me llames esposa! —replicó Mirella furiosa. En ese momento, la música llegó a su fin y alguien les indicó que tomaran asiento. Fabrizio jaló una silla para que Mirella se sentara y luego tomó su lugar junto a ella. Poco después, el funcionario del registro civil llegó y oficializó el matrimonio. Los invitados se acercaron uno a uno, les desearon felicidad y poco a poco comenzaron a retirarse. Cuando la sala empezó a vaciarse, Mirella finalmente sintió que podía respirar un poco. Agradeció internamente no haber vomitado en medio de la pista de baile. Mientras caminaba por uno de los pasillos, tropezó ligeramente con alguien. Al alzar la vista, reconoció con sorpresa a Carlo. Sin embargo, antes de que pudiera decir algo, él ya se había alejado. Aunque intentaba convencerse de que Carlo no tenía motivos para creer en ella, una parte de Mirella deseaba que al menos la escuchara una vez. Sabía que no podían estar juntos, pero tampoco quería que las cosas terminaran así. Carlo siempre había sido amable y solidario con ella; no se merecía ese trato. Con los ojos llenos de lágrimas, Mirella se detuvo y colocó una mano sobre su vientre. Intentó sonreír, buscando consuelo en la idea de su bebé. No debía pensar más en Carlo, al menos no durante el próximo año. Ahora era una mujer casada. Era Mirella Accardi. Cuando el reloj marcó la medianoche, la señora Delicia anunció que era hora de recoger. Bianca era la única que parecía disfrutar de esa separación. Había organizado la boda de su prima con tanto entusiasmo como si se tratara de la suya propia, pero no porque la apreciara, sino porque Mirella se iría lejos. Si Mirella era infeliz, Bianca era feliz; se alimentaba del caos. Fabrizio y Mirella se despidieron primero de sus propias familias y luego de la familia del otro. Nadie pudo contener las lágrimas. Incluso la señora Delicia, a pesar de su actitud fría, parecía ligeramente conmovida. El momento más difícil fue cuando Mirella se despidió de sus amigas. —No llores, querida, te vas a arruinar el maquillaje. Además, no es un adiós para siempre. Iremos a verte seguido, no te preocupes —le dijeron, intentando consolarla. —¿De verdad vendrán? Los voy a extrañar muchísimo —respondió ella, con la voz entrecortada. —Claro que sí, Mirella. ¿Cómo crees que te dejaríamos sola? Piensa en esto como unas vacaciones largas, ¿sí? —añadió Emiliano, abrazándola con fuerza. La separación también fue difícil para Vittorio, quien lloraba como un niño pequeño al despedirse de Fabrizio. Sus sollozos provocaron las risas de los demás. —¿Por qué lloras, Vittorio? No seas ridículo —le reclamaron entre risas. —¡No lo sé! Fue todo muy repentino —dijo él, secándose las lágrimas. —No te preocupes. La empresa queda en tus manos, confío en ti —dijo Fabrizio, abrazando a su amigo para tranquilizarlo. —¡Fabrizio, Mirella, apúrense o perderán el avión! —gritó alguien desde la puerta. —Ya vamos —respondió Fabrizio. Con un último adiós y una última mirada desde el auto, la pareja finalmente partió. Llegaron al aeropuerto justo a tiempo, listos para iniciar una nueva etapa en sus vidas.
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