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EL ÚLTIMO REFUGIO DEL AMOR

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Blurb

Leo y Clara alquilan un apartamento en la costa para aislarse del ruido y avanzar en sus proyectos. Invierno cerrado, calles vacías, persianas bajadas: el tipo de silencio que al principio cura… y luego aprieta.

Pero la calma empieza a fallar por detalles mínimos: un olor metálico que aparece y desaparece, moscas “demasiado recientes”, murmullos donde no debería haber nadie, y un pasillo que parece alargarse cuando cae la noche. La casa deja de ser un refugio y se convierte en un tablero donde las distancias mienten y la realidad se dobla.

Mientras fuera ruge el temporal, dentro crece algo peor: una presencia que no se comporta como una sombra, sino como una voluntad. Leo y Clara tendrán que aferrarse el uno al otro —y a la lógica— para no perderse en el lugar donde, se suponía, venían a salvarse.

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I
El frío entraba por las grietas del marco de madera de la ventana, afilado y constante. Leo abrió los ojos en la penumbra de la habitación. El techo mostraba una mancha de humedad con la forma de un mapa antiguo, un continente oscuro que parecía haber crecido desde la noche anterior. Afuera, el mar golpeaba el rompeolas con un estruendo sordo, un latido de agua y sal que vibraba en los cimientos del edificio. Se incorporó despacio para no despertar a Clara. Ella respiraba con un silbido leve, envuelta en el edredón hasta la barbilla, con el pelo oscuro esparcido sobre la almohada blanca. Llevaban tres semanas en aquel apartamento de alquiler en la costa. Tres semanas de invierno cerrado, de calles vacías y persianas bajadas en casi todos los bloques de la avenida. Habían buscado aislamiento para avanzar en sus proyectos, lejos del ruido y de los alquileres asfixiantes de la ciudad. Leo pisó el suelo de parqué. La madera crujió bajo su pie descalzo. El sonido resonó en el pasillo, afilado en el silencio de las siete de la mañana. Se puso unos calcetines gruesos y un jersey de lana gastada antes de salir al pasillo. El apartamento tenía una distribución alargada, típica de las construcciones de los años setenta. Desde la habitación principal hasta la cocina había que recorrer un pasillo estrecho, flanqueado por puertas de madera oscura que daban al baño, a una habitación vacía que usaban como trastero y al estudio donde habían instalado los escritorios. Mientras caminaba hacia la cocina, Leo notó un olor peculiar. No era el tufo a humedad característico de los sitios cerrados cerca de la playa, sino un olor metálico, agrio, como el del cobre al calentarse. Se detuvo a la altura del baño e inspiró profundo. El aroma venía de allí. Empujó la puerta entreabierta. La baldosa blanca devolvió el reflejo pálido de la luz de la calle. El grifo del lavabo goteaba. Una gota. Dos. Tres. Se acercó, apretó la llave de paso hasta que el goteo cesó y volvió a respirar. El olor metálico había desaparecido. Se frotó los ojos, atribuyendo la sensación al sueño interrumpido, y continuó hacia la cocina. Preparar el café era el primer anclaje a la realidad diaria. Llenó la cafetera italiana, apretó el polvo oscuro con la cuchara y la puso al fuego. El chasquido del encendedor rompió el mutismo de la casa. Mientras esperaba, se apoyó en la encimera y miró por la ventana. El cielo era una plancha de plomo sobre un mar gris oscuro, agitado por rachas de viento que hacían temblar los cristales. Ningún coche pasaba por la carretera costera. Ningún paseante desafiaba la ventisca. Estaban solos. —¿Hace mucho frío? —La voz de Clara sonó ronca a sus espaldas. Leo se giró. Ella llevaba puesto su albornoz azul, abrazada a sí misma, frotándose los brazos. Tenía los ojos hinchados por el sueño. —El suficiente para no salir en todo el día —respondió Leo. Sirvió el café humeante en dos tazas de cerámica—. ¿Has dormido bien? Clara cogió la taza con ambas manos, buscando el calor a través del barro cocido. Sopló el líquido oscuro antes de dar un sorbo corto. —He tenido un sueño extraño —murmuró, mirando un punto indefinido en la pared de azulejos amarillos—. Estábamos en el salón, pero no era este salón. Las proporciones estaban mal. El techo era altísimo, y las paredes parecían acercarse si dejabas de mirarlas. —Estrés acumulado. Las fechas de entrega te están pasando factura. —Tal vez. —Clara esbozó una sonrisa cansada—. O tal vez esta casa necesita una buena limpieza de energías. Ayer encontré un montón de moscas muertas en el alféizar de la ventana del estudio. Leo frunció el ceño. Las bajas temperaturas hacían improbable la presencia de insectos. —Serán de antes de que llegáramos. El dueño dijo que llevaba meses cerrado. —Eran recientes, Leo. Aún tenían brillo en las alas. Él no quiso darle importancia. El agua empezó a hervir en las tuberías cuando el calentador se encendió de forma automática, soltando un zumbido grave que hizo vibrar el suelo bajo sus pies. Clara terminó su café de un trago y dejó la taza en el fregadero.

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