Ambos levantaron la vista.
—La red eléctrica del pueblo debe ser un desastre —comentó Leo, restándole importancia.
—Leo… —La voz de Clara sonó distinta. Tensa. Asustada.
—¿Qué pasa?
—El pasillo.
Leo giró la cabeza hacia el arco que conectaba el salón con el resto de la casa. El pasillo estaba a oscuras. La única luz venía del salón, iluminando el primer tramo del suelo de parqué antes de perderse en la negrura absoluta.
—¿Qué le pasa al pasillo? —preguntó él, entrecerrando los ojos para intentar distinguir formas en la sombra.
—Dime que tú también lo ves.
—¿Ver el qué, Clara? Me estás poniendo nervioso.
—Parece más largo.
Leo contuvo un suspiro de exasperación mezclado con inquietud. Miró con más atención. Las puertas de las habitaciones estaban en su sitio. El final del pasillo, donde se encontraba la puerta de entrada, quedaba engullido por la oscuridad. Era una ilusión óptica generada por la falta de luz. Una simple cuestión de perspectiva.
—Es la oscuridad. Las sombras distorsionan las distancias. Voy a encender la luz.
Se levantó del sofá, apartando la manta. Dio tres pasos hacia el interruptor que había junto al arco del salón. Antes de que sus dedos rozaran el plástico frío, un sonido detuvo su mano en el aire.
Era un golpe.
Sordo, seco, procedente del fondo del pasillo. Como si alguien hubiera dejado caer un libro pesado sobre el suelo de madera.
Clara se puso en pie de un salto, dejando caer su novela al suelo.
—¿Has oído eso? —susurró, con los ojos muy abiertos.
Leo asintió, incapaz de articular palabra. El corazón le dio un vuelco y empezó a latir con fuerza contra sus costillas. La lógica acudió a su rescate en un intento desesperado por mantener el control.
—Ha sido el viento. Una ráfaga fuerte contra la puerta de entrada. Ya has visto cómo está el clima ahí fuera.
—Ese sonido venía de dentro, Leo.
—Voy a mirar. Quédate aquí.
—No. Voy contigo.
La determinación en el rostro de Clara no admitía discusión. Leo encendió la luz del pasillo. La bombilla del techo parpadeó un par de veces antes de estabilizarse, bañando las paredes con una luz cruda y poco favorecedora.
Todo estaba en orden. El pasillo tenía su longitud habitual. Las puertas de las habitaciones permanecían cerradas, tal y como las habían dejado. No había signos de que nada hubiera caído al suelo. Ninguna sombra fuera de lugar. Ninguna presencia extraña.
Avanzaron juntos, despacio, escrutando cada rincón. Al llegar a la puerta de entrada, Leo comprobó la cerradura. Estaba echada con las dos vueltas de llave. La cadena de seguridad estaba puesta. Era imposible que alguien hubiera entrado desde el exterior.
—¿Lo ves? —dijo él, forzando un tono tranquilizador—. Todo cerrado. No hay nadie. El bloque es viejo, la madera cede, el viento empuja. No hay que buscarle tres pies al gato.
Clara asintió, pero la tensión no abandonó su rostro. Miró fijamente la puerta de la habitación que usaban como trastero.
—Abre esa puerta —pidió con un hilo de voz.
—Clara, por favor.
—Ábrela. Necesito ver que no hay nada dentro.
Leo soltó un bufido de resignación, se acercó a la puerta de madera oscura, giró el pomo de latón frío y empujó. La puerta cedió con un gemido agudo de las bisagras. Pulsó el interruptor.
La habitación estaba llena de cajas de cartón apiladas contra la pared, una bicicleta estática oxidada y varios muebles cubiertos con sábanas blancas para protegerlos del polvo. Una estampa desordenada, pero completamente banal. Nada fuera de lo común. Ningún intruso oculto entre los trastos viejos.
—Tranquila, ¿vale? —Le puso una mano en el hombro y notó cómo ella temblaba bajo la tela del albornoz—. No hay nada. Estamos solos. Es una casa ruidosa, eso es todo.
Clara soltó el aire retenido en sus pulmones y apoyó la frente contra el hombro de Leo.
—Lo siento. Tienes razón. Me he dejado llevar por los nervios. Las fechas límite me están volviendo paranoica.
—Una infusión caliente y a la cama. Mañana veremos las cosas con otra perspectiva.
Volvieron a la cocina, calentaron agua y prepararon dos tazas de manzanilla. Evitaron hablar del golpe, refugiándose de nuevo en la seguridad de la rutina compartida. Lavaron los dientes uno al lado del otro frente al espejo del baño, fingiendo una normalidad que ninguno de los dos sentía por completo.
A las once y media se metieron en la cama. Leo apagó la luz de la mesita de noche. La oscuridad llenó la habitación de golpe, densa, casi palpable. El viento había amainado un poco, pero el rugido del mar seguía presente, un telón de fondo constante e invariable.
Clara se durmió pronto, vencida por el agotamiento físico y mental del día. Su respiración se volvió rítmica y profunda.
Leo, sin embargo, permaneció despierto. Miraba el techo, buscando la forma del mapa de humedad en la penumbra. El sueño se resistía. Su mente repasaba los sonidos del día. El goteo del grifo. El olor metálico. El parpadeo de la bombilla. El golpe sordo en el pasillo.
Detalles insignificantes por sí solos. Grietas minúsculas en la fachada de lo cotidiano.
Se giró sobre un costado, intentando encontrar una postura cómoda. Cerró los ojos y empezó a contar respiraciones para forzar el sueño. Llegó hasta cuarenta y dos.
Entonces lo oyó.
Era un sonido tenue, lejano, pero inconfundible en el silencio de la madrugada. No era el crujido de la madera asentándose, ni el golpe del viento contra las contraventanas. Era un rasguño. Un arañazo rítmico, acompasado.
Uña contra yeso.
Scratch. Scratch. Scratch.
Leo abrió los ojos de golpe. El sonido no venía del pasillo. No venía del salón, ni del piso de arriba.
Venía de dentro de la pared que daba al cabecero de la cama. Justo a pocos centímetros de su cabeza.