Darian Mi teléfono me estaba atormentando. Ver la pantalla era como un maldito letrero de neón parpadeante que me recordaba dos cosas. La primera: que le había enviado un mensaje a Lilah hacía dos días y aún no había respondido. Para alguien que volaba por trabajo, con largos períodos de inactividad sentada en la parte trasera del avión y días libres en una habitación de hotel, no aceptaba la excusa de estar ocupada. La segunda: que siquiera me importara que no hubiera contestado. Había sido un error pedirle su número. Escribirle. Decirle en ese mensaje que quería verla, algo que también le había dicho en el jet. Si hubiera dejado que las cosas siguieran su curso habitual, no estaría siendo perseguido por absolutamente nada. Y, sin embargo, estaba sentado en mi escritorio, rodeado d

