Diego se sentía mal por haber desconfiado así de ella. Si él sufrió, ella lo hizo mucho más. ¿Cómo podía haber gente que se deleitara con el sufrimiento ajeno? No lo entendía. Incluso él, con todo lo enojado que estaba, le dolía tener que castigarla, cuando vio las marcas en sus muñecas, no pudo mantenerla esposada. No le gustaba verla así, por eso prefería irse; a la vez, debía recordarse que su rabia era tan grande para convencerse de que ella no merecía compasión de ningún tipo. Francisco fue a la cocina y llevó dos platos de comida a la mesa; uno para él y otro para Alicia. Ella comenzó a comer con ansias. No había podido comer nada después de haberse encontrado con Diego y ese día tampoco le dieron comida. Y fue un día tan largo como agotador. Los hombres se miraron unos a otros

