Diego regresó a su casa. El verano había terminado y poco a poco el otoño comenzaba a hacer su aparición, las nubes negras que se cernían en el cielo daban muestra del alma de ese hombre que había amado con tanta fuerza a Alicia que en su corazón estaba seguro de que no se había muerto y no se había equivocado. Su Alicia estaba de regreso, sin embargo, no era suya, así no era como lo soñó tantas veces. No de esa forma. Nunca así. Entró a la habitación y vio que Soledad seguía llorando y sus muñecas estaban rojas por el roce con las esposas. No le gustó verla así. ―Te voy a soltar, pero si haces una sola cosa para escapar o para atacarme, no habrá compasión, ¿entendiste? Te ataré con cadenas en una habitación que no te gustará nada. ―No voy a hacer nada ―contestó famélica. Le quitó

