Somali se encuentra dormida boca abajo. Mientras tanto, me fijo en su cuerpo que está ligeramente cubierto por la sábana. La desciendo hasta sus caderas y paseo mis dedos sobre aquel surco tan característico de su espalda. Aprovecho este espacio de tiempo para admirarla y deleitarme con su belleza, la cual es un regalo de los dioses, o ella es la diosa misma encarnada. Al sentir mi tacto, se despierta. —Um, hola —gira hacia mí—. ¿Dormí mucho? —Solo unos treinta minutos —digo, sonriendo con ternura. —Qué desperdicio... —se incorpora, soltando un bostezo. —Deberíamos irnos ahora, tengo que presentarme en el negocio esta tarde —expongo. —¿En serio? Pensé que era tu día libre... —Ahm, no. Mi día libre fue ayer —aclaro. —Rayos, de haberlo sabido no te habría citado hoy —gimotea. —Tú l

