Esa noche no volví a pegar los ojos, pues en cuanto intentaba dormir, veía su imagen en la oscuridad. Cuando era un niño, en el momento en que caía al suelo y me raspaba las manos y las rodillas, lloraba. Lloraba porque así dolía menos. Sin embargo, en este instante, no puedo llorar. No porque considere que ya no soy un niño y que no debería llorar, sino porque las lágrimas no quieren salir. Por tal motivo, la herida duele, duele aún más de lo que puedo soportar. En ocasiones, las lágrimas ayudan a limpiar el alma, pero la mía permanece contaminada por su fragancia. Había minutos en que me arrepentía, quería llamarla y decirle que se olvidara de lo que dije, que quiero volver a intentarlo y que la esperaré todo el tiempo que sea necesario. Sin embargo, mi determinación se deshacía en c

