El acosador.

1884 Words
Llego a la casa y me lleno de pánico al ver unos coches de patrulla por los alrededores. Dejo rápidamente el auto en el garage y me dirijo a la sala, en donde se encuentran mis padres con unos policías. —H-Hola... —digo con temor. Al escucharme mi madre, inmediatamente se levanta del sofá, corre hasta mí y me abraza con fuerza derramando un mar de lágrimas; mientras que mi padre se encuentra realmente serio, aunque en sus ojos puedo notar el alivio. —Llegó el hijo pródigo —suelta el policía—. ¿Qué pasa chico? ¿Tuviste algún problema? Señor policía, ¿cómo se lo digo? Que en realidad tuve el día más feliz de mi vida en tanto que mantuve preocupados a todos. Aquel hombre parece leerme la mente, así que me invita a hablar a solas. Le explico lo que sucedió, omitiendo ciertos detalles. Luego, volvemos a donde se hallan mis padres y el policía se dispone a marcharse. —Es por este tipo de acontecimientos que las personas deben ser reportadas como desaparecidas luego de haber pasado las cuarenta y ocho horas. Algunos jóvenes simplemente desaparecen, pero al siguiente día, vuelven a casa intactos y enteros. Deseo que el resto de este día lo pasen muy aliviados, nada ha sucedido aquí —expone, para luego retirarse. Esas palabras fueron una advertencia que hicieron que el fuego que rodeaba a mi padre ardiera con más intensidad. Mi madre vuelve a abrazarme, no tiene tiempo para pensar en estar molesta, solo me mira y revisa mi cuerpo para cerciorarse de que no tengo ningún rasguño. —Mamá, estoy bien —expreso—. Lo siento mucho, siento haberles hecho esto. Papá, me llevé el auto y no pudiste usarlo, de verdad lo siento... “Lo siento” es lo único que puedo decir pero a mi padre no le llegan esos sentimientos. No puede perdonarme sin antes demostrar su enojo, así que todo el peso del dorso de su mano cae sobre mi mejilla quedando la marca de sus nudillos plasmados en ella, así como el grueso anillo de matrimonio que lleva en el anular. —El auto es lo de menos. ¿Tienes idea de lo preocupados que estábamos por ti? Saliste temprano en la mañana sin decírselo a nadie y fuiste capaz de pasar la noche fuera sin siquiera hacernos una llamada. Me comunico con el director de tu universidad y resulta que ni siquiera fuiste hoy. ¿Qué tienes en la cabeza? ¿Crees que esto es lo que nos merecemos? —su impetuosa voz retumba por toda la casa. Mi madre solo observa, nunca ha contradicho a mi padre. A decir verdad, no hay motivos para hacerlo, está en todo su derecho de sentirse irritado. He crecido con una buena educación por parte de ambos, siempre me han consentido, no tuve lo que se llamaría una "infancia difícil" y mucho menos una adolescencia descarrilada pues mis padres han estado al tanto de mí a pesar de tanto trabajo. No tengo prohibido ausentarme durante un día o una noche, sin embargo, es la primera vez que lo hago sin notificarlo. —Perdón —expreso con la mirada al suelo. —Ya no eres un niño, estás a un paso de convertirte en un adulto, tienes que empezar a madurar y a comportarte como un hombre de verdad —añade. —Lo sé, fui irresponsable. Lo siento —sostengo. —Espero que no se vuelva a repetir un episodio como éste en el futuro —advierte—. Entrégame las llaves, tienes prohibido usar el auto hasta nuevo aviso. Le entrego las llaves y se retira a su habitación. Me quedo de pie en el mismo lugar, procesando todo lo que me había dicho. —Hijo... —suelta mi madre. —Iré a mi habitación —digo. No me queda más remedio que acatar las órdenes de mi padre, como siempre lo he hecho. Es normal que se sienta decepcionado luego de lo que ocurrió. Quisiera llamar a Somali, me gustaría escuchar su voz para sentirme más sereno, pero recuerdo que no tengo su número de contacto. Debí haber insistido hasta obtenerlo. De pronto, alguien toca la puerta de mi habitación. —¿Carlitos? —es la voz de mi madre. Quito el seguro y la dejo pasar. —Mamá, si no te molesta, quiero estar solo. Por favor —digo, sentándome al borde de la cama. —Me iré en un rato, simplemente quiero asegurarme de que en verdad estás bien —expresa con suavidad. —Estoy bien. No te preocupes. —Disculpa a tu papá, él estaba muy preocupado y desesperado por encontrarte. —No tengo nada que disculparlo, tiene motivos para estar molesto —señalo. A pesar de que intento seguir su ejemplo y sus consejos, nunca me he sentido acorralado y enjaulado por él. Siempre me ha dado la libertad para expresarme y ser quien soy sin avergonzarme. En lo que a mí concierne, es el mejor padre que pude haber tenido jamás. —Ya se le pasará —dice con certeza. —Lo siento, mamá —expreso, refiriéndome a la agonía que debió pasar por mi causa. —A mí lo único que me importa es que tú estés aquí y que estés bien —sostiene con ternura, tomando asiento a mi lado—. A todo esto, estoy curiosa por saber en dónde estuviste todo el día de ayer y en dónde pasaste la noche —añade. —Bueno... me interné en la playa —confieso. —¿En la playa? ¿Tú solo? —Con una mujer... —¿Una mujer? ¿Tienes una novia? —pregunta con intriga. —No, no es mi novia en realidad —aclaro y siento una punzada en el pecho cuando lo digo. —Oh, son algo así como... ¿amigos con beneficios? ¿Es así como se dice hoy en día? —tiene la expresión pensativa. Lo que acaba de decir me lleva a soltar una risa. —No exactamente... —entrelazo los dedos. —¿Entonces? ¿Quién es esa mujer? —Es una persona muy importante para mí. Algún día la traeré a la casa para que la conozcas, estoy seguro de que te cautivará tanto como a mí —expreso. —Oh, vaya —dice con asombro—. De todos modos, lo que hicieron fue peligroso. —No volverá a ocurrir, tranquila —intento sosegarla. —Bien, voy a acostarme, anoche no he pegado el ojo —sostiene, para luego soltar un bostezo. —Descansa. Me besa en la frente y se retira de mi habitación. Me tiendo en la cama y me pongo a recordar cada momento en la playa, con Somali. No me queda nada más por hacer, solo esperar a que llegue mañana para verla en la universidad. Al siguiente día, voy a la universidad muy entusiasmado. Esta vez debo conseguir el número de contacto de Somali, sea como sea. —¡Buenos días, desaparecido! —exclama una voz fémina en la entrada del campus y me da un palmazo en la espalda. —¿Qué tipo de recibimiento es este? —cuestiono con expresión de dolor—. ¿Y a qué te refieres con “desaparecido"? —Faltaste a clases ayer, lo cual me sorprendió. Pensé que eras de los chicos aplicados pero me equivoqué —se encoge de hombros. —Lastimas mi corazón, Solange —digo con sarcasmo. Solange Amado es una compañera y futura colega de la carrera. Nos hicimos amigos rápidamente pues es una chica bastante extrovertida. —Por cierto, ¿me prestarías tus apuntes? —agrego. —Rayos, Joseca. ¿Qué harías sin mí? Probablemente serías un marginado social y víctima de los abusos universitarios. Soy tu salvadora —expresa jactanciosa. —Eres mi ángel de la guarda —le sigo la corriente. Es muy fácil hablar con ella, es posible echarse unas bromas sin miedo a que se moleste y platicar acerca de cualquier tema, sin filtros. Su amistad es como la lotería para mí. Ingresamos al salón para las primeras horas de clase. Durante el receso, me dirijo al comedor y al salir de allí busco a Solange con la mirada, pero a quien veo es a Somali, lo cual me llena de dicha. Está sentada sobre un banco, revisando su celular. Cuando me dispongo a acercarme, aquel chico que una vez dijo ser su novio se acerca a ella repentinamente. Me detengo por instinto y no pretendo dar un paso más. Decido observar desde lejos. Parecen hablar normalmente, como amigos cercanos diría yo. ¿No es un tanto extraño tanta cercanía hacia un ex-novio? En lo que a mí concierne, termino cortando toda comunicación una vez que termina una relación pues soy fiel creyente de que es lo más sano para ambos. El chico toma asiento a su lado y siguen conversando, mientras Somali extiende su celular hacia él como mostrándole algo en la pantalla. ¿Qué significa esto? De repente, Somali se levanta del banco y el chico la toma de la muñeca para detenerla, con tanta confianza que me colma de una ira incomprensible. Si no puedo soportar que otros la miren, menos puedo quedarme de brazos cruzados mientras otro le pone la mano encima, y además, tratándose precisamente de él me enfurece aún más. Comienzo a caminar por impulso, llego hasta ellos y lo empujo violentamente para apartarlo de Somali. Me coloco frente a ella con el propósito de protegerla. —Aléjate —impongo con autoridad. —¿Tú? —dice con asombro. Aparentemente me reconoce de manera inmediata. —Así es —afirmo sin miedo. —¿Cuál es tu problema, estás mal de la cabeza? —cuestiona muy confundido. Al no reaccionar a mi empuje con algún golpe hacia mí, logro darme cuenta de que no es del tipo agresivo, lo cual me otorga aún más seguridad. —No vuelvas a tocarla, déjala en paz. Ustedes ya terminaron, acéptalo —sostengo con firmeza. —¿De qué estás hablando? —pregunta, luciendo realmente perplejo. Observa a Somali que se encuentra detrás de mí, como esperando alguna respuesta. —¿Qué estás haciendo? —cuestiona ella. En ese mismo instante, toda la seguridad que traía encima la pierdo en un pestañeo. Por alguna razón, no puedo deducir si aquella pregunta va dirigida a ese tipo, o a mí. Doy media vuelta con un cierto temor, rogando por que me tome del brazo y salgamos corriendo de allí; sin embargo, se muestra airada y sus ojos se clavan en los míos, como reprochándome con la mirada. —Quítate de en medio —impone. No logro articular palabra, no estoy seguro de qué es lo que está sucediendo exactamente. —¿Este hombre te ha seguido fastidiando? —pregunta el chico, refiriéndose a mí. —Sí, Bruce —es el nombre de aquel joven—. Este tipo sigue acosándome con el estúpido pretexto de que me parezco a una chica que conoció en un bar —agrega. Bruce coloca su mano sobre mi hombro y me insta a voltear hacia su dirección para mirarme a la cara. —Ya oíste a la dama —resalta—. Tú eres quien debe dejarla en paz.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD