Aquella condición, a pesar de que me agrada, no la podré cumplir. Tal hecho me lleva a adoptar una expresión seria.
—¿No quieres? —cuestiona.
—Me gustaría pero el auto no es mío, sino de mi padre —aclaro.
—Hum... sabía que debí haberte buscado con mi coche, así no habríamos tenido ningún problema —suelta un bufido.
—Se habría arruinado la sorpresa. Además, mañana tenemos clases de nuevo.
—¡Olvídate de eso! —exclama—. Olvídate de la universidad y quédate aquí conmigo —se aferra a mi brazo.
—Pero, el auto...
—Solo será por esta noche —insiste—. Estoy segura de que eres un chico bueno que nunca hace enojar a sus padres, así que te perdonarán fácilmente.
—No se trata de eso... —aún no estoy del todo convencido.
Nos quedamos en silencio durante unos minutos, en lo que exhala ruidosamente, como si finalmente se hubiera resignado.
—Está bien, fue una idea tonta —suelta.
—No, claro que no, al contrario. Me alegra que quieras pasar más tiempo conmigo —expreso intentando tomar su rostro con mis manos, pero me esquiva y se aparta.
—¿Nos vamos de una vez? —dice con una voz rígida.
—Pero es temprano...
—No tiene caso quedarnos más, de todos modos tendremos que irnos —se levanta sin esperar respuesta y comienza a caminar con la intención de ir al baño para cambiarse, en lo que me levanto rápidamente y la tomo de la mano.
—Está bien. Quedémonos aquí —termino accediendo.
—Olvídalo, ya no quiero —quita su mano y sigue caminando, en lo que la abrazo fuertemente por la espalda y me aferro a su cuello.
—Quiero quedarme aquí contigo —asevero.
Da media vuelta, estando en este momento frente a frente. Toma mi rostro con sus manos y me mira con ternura.
—¿De verdad? —dice con suavidad. Su fría actitud cambió de un segundo a otro.
—Sí, de verdad —afirmo.
Es tanta su felicidad que se le achinan los ojos al sonreír y da un brinco hacia mí.
En lo que las horas pasaban, devoramos todo lo que había llevado. Entrábamos y salíamos del agua una y otra vez, incluso dormíamos sobre la arena durante algunos minutos. Mientras más se oscurecía el cielo, más desolada quedaba la playa debido a que las personas iban abandonando el lugar.
Finalmente, estamos completamente solos en la negrura de la noche. No se oye nada más que las fuertes olas del mar, hasta nuestras voces se pierden en ellas.
Estamos acostados sobre la manta, abrazados, con su cabeza sobre mi pecho y observando las estrellas.
—Esto es tan cursi —suelta de repente.
—Es lo que querías, ¿no? —asevero mientras la sostengo.
—A decir verdad, no es todo lo que quiero —confiesa.
—¿Eso qué significa? —pregunto intrigado.
Se incorpora, levanta una pierna y se acomoda sobre mí. Desata el nudo del traje de baño que cubren sus senos y se lo quita.
—¿Te gusta lo que ves? —dice de repente.
—No solo me gusta, estoy hechizado por ésta espléndida vista —expreso.
Sonríe con timidez, pero al mismo tiempo, con orgullo.
La tengo sobre mí de nuevo como aquella primera vez, pero en esta ocasión, luce diferente. El mar se encuentra detrás de ella y el cielo colmado de brillantes astros iluminan su silueta aludiendo a un ser celestial. Mi mirada no puede evitar demostrar tanta admiración y devoción, llevando escrito en todo mi rostro que muero por hacerla mía una y otra vez, sin descanso, mientras que Somali denota satisfacción debido a aquel efecto que produce en mí.
Sus ojos están resplandecientes, estoy seguro de que en este momento está al tanto de que me tiene en sus manos, flechado y deslumbrado, dispuesto a venerar a quien podría proclamarla mi diosa.
Se acerca a mis labios y me besa apasionadamente. Su saliva tiene un toque de sal a causa del mar, sin embargo, sus besos no pierden su dulzura habitual.
Nos dejamos llevar por la pasión desenfrenada. Da igual si en algún rincón alguien nos está observando, está muy lejos de preocuparme. En este instante, solo quiero poseerla, no pretendo dejar un solo espacio de su piel sin un rastro de mis besos.
En verdad ya no quisiera pasar el resto de mis días sin la calidez de ésta mujer. Necesito que me otorgue el título de propiedad.
—Somali —pronuncio entre gemidos— quédate conmigo —expreso.
—Estoy aquí, contigo —responde sin comprender el verdadero significado de mis palabras. Me detengo por un rato y la miro a los ojos.
—Quiero estar contigo de verdad —confieso mientras tomo su mano y la beso.
—¿Qué quieres decir? —pregunta con intriga.
Inhalo y exhalo con fuerza para armarme de valor.
—Quiero que tengamos una relación —sostengo.
En realidad estaba preparado para verla sorprendida, sin embargo, luce bastante desconcertada.
—E-Entiendo que es demasiado rápido para que demos ese paso... —comienzo a ponerme nervioso.
—Si lo entiendes, ¿porqué lo propones? —su actitud se torna fría.
Demonios, ahora estoy acobardado.
—Quería correr el riesgo —suelto, sintiéndome como si hubiera echado a perder nuestro momento—. No quiero forzarte a nada pero me gustaría que lo pienses. Tómate todo el tiempo que necesites, yo esperaré —añado.
Somali no articula palabra. Más bien, se mantiene en modo pensativa, como si no estuviese presente en realidad.
—Si me pides que me aleje, intentaré hacerlo, pero al menos quería saber si tenía la oportunidad de...
—Shhh, no digas más —me interrumpe, colocando su dedo índice sobre mis labios para luego besarme con suavidad.
Durante varios segundos, no despega sus labios de los míos, como si tratara de borrar todas aquellas palabras dichas recientemente.
Finalmente, se detiene.
—Joseca, vamos a un ritmo más lento, ¿está bien? Sin prisa —expresa—. Tenemos tanta vida para conocernos pero si aceleramos el paso podríamos cometer algún error. Despacio y con cautela, tomémonos todo el tiempo del mundo para disfrutarnos, ya veremos si en un futuro forjamos un lazo más fuerte y terminamos juntos para toda la vida —añade, denotando ternura en su mirada.
Odio admitirlo, pero tiene razón. He acelerado tanto el paso que siento que acabo de chocar contra un muro gigante que no había logrado ver. En realidad, hasta ahora solo había pensado en mis propios sentimientos y no en los suyos. Reconozco que fui egoísta, pero no pude contenerme. Tenía que intentarlo aunque fracasara.
—Está bien —acepto a regañadientes.
Comienza a darme pequeños besos en todo el rostro, como un premio consuelo. De pronto, rodea mis caderas con sus piernas moviendo en círculos las suyas, me besa el cuello y recorre mi espalda con el borde de sus uñas.
—¿En qué estábamos? —suelta, con una sonrisa traviesa.
Procedo a continuar lo que había dejado pendiente a causa de esa patética propuesta. No quiero seguir pensando en ello, solo pretendo aprovechar de éste deseo correspondido.
—A partir de ahora, no quiero escuchar ni una sola palabra salir de tu boca a excepción de mi nombre —declara.
Un voto de silencio, una promesa de placer.
No lograba quedar saciado, quería más y más a medida que avanzaban las horas; sin embargo, aunque no quería reconocerlo, me encontraba exhausto y ella también debido a que, además de poseernos tantas veces, habíamos jugado bastante dentro del agua. Caemos dormidos plácidamente sobre la arena mientras aún era de noche.
La negrura del cielo se despide y es reemplazada por un tono celeste vivo, dando aviso a que se aproxima el amanecer, pero estamos tan cansados que no lo percibimos. De pronto, escucho voces de personas, lo cual me despierta.
¿Qué hora es? No puedo saberlo pues dejé el celular en el coche. De todos modos, deberíamos partir.
Somali se encuentra a mi lado, aún dormida. Comienzo a besarla en el cuello y le susurro al oído.
—Soma, despierta. Es hora de irnos —digo.
Frunce el ceño como quien no quiere abrir los ojos.
—Umm... —suelta, empujándome para que deje de tocarla.
—Vamos, nena. Debemos volver a casa —insisto.
—Déjame dormir —gira para el otro lado, dándome la espalda.
—Puedes seguir durmiendo dentro del coche —sostengo.
—Um... quedémonos un día más —sugiere de repente.
No puedo evitar sonreír, aquello me causa ternura.
—No podemos hacer eso.
—Ya deja de hablar —refunfuña.
Definitivamente no tiene pensado levantarse, por lo tanto, la cargo en brazos con intención de llevarla al coche, pero se molesta.
—¡¿Qué estás haciendo?! —sacude las piernas y me da unos golpes ligeros con los puños, obligándome a bajarla.
—No seas terca, debemos volver a la ciudad. Toma, ve a cambiarte —le entrego la ropa que traía puesta al llegar aquí.
—Eres un traidor —se queja mientras se dirige al baño.
Voy al coche y me pongo la ropa que guardé allí, reviso el celular para darme cuenta de que no tengo cobertura en este lugar. Probablemente Somali esté molesta pero esta vez no pienso darle el gusto pues estoy bastante preocupado. No avisé a nadie que estaría fuera todo el día de ayer y mucho menos que no dormiría en la casa. Traje el auto de mi padre así que debe estar realmente furioso. Antes de que la situación se torne aún peor, tenemos que regresar.
Somali vuelve del baño y sube al coche sin pronunciar palabra, arranco y me dispongo a abandonar la playa. No dice nada durante un buen rato, hasta que finalmente enciende la radio y busca algo de música. Aquel incómodo silencio parece fastidiarla.
—Por cierto, no me lleves a casa de mis padres. Llévame a mi casa —aclara.
—¿Estás segura? ¿No tendrás problemas con ellos? —pregunto.
—En absoluto. Ya les había dicho que probablemente dormiría en otro lado —aclara.
Aquello me sorprende por demás y no puedo ocultar mi expresión de asombro.
—¿Tenías pensado dormir fuera de casa desde un principio? —pregunto impresionado.
—Había planeado quedarme a dormir contigo en donde fuere: En tu casa, en el auto, en la calle o en cualquier lugar, pero juntos —confiesa.
—Qué traviesa eres —suelto con una sonrisa.
Finalmente llegamos a su casa. Le abro la puerta del coche, baja y la escolto hasta la entrada.
—Gracias por traerme —dice, me abraza y me besa en los labios. Me dirijo al auto y me pongo en marcha. Espero que en mi casa las cosas no estén tan mal como presiento.