Son las cinco de la mañana del día domingo y observo el techo pensativo, analizando cada lugar en mi mente e imaginando cual nos quedaría mejor para el encuentro de hoy.
Luego de pensarlo mucho, elijo el lugar al que la llevaré.
Son las ocho con veinte minutos cuando decido partir, debía encontrar la casa y probablemente me llevaría tiempo, así que subo al coche y me pongo en marcha.
Antes, me quedo en una tienda de ropa para comprar bañadores, también aprovecho para ir a algún local y comprar un poco de comida rápida. Luego, sigo mi camino.
Finalmente encuentro la casa, salgo del coche y me acerco a la puerta para presionar el botón del timbre, pero al no encontrarlo, doy unos toques a la puerta, la cual es abierta por un chico que tiene una ligera semejanza con Somali y me mira muy extrañado.
—¿Quién eres? —pregunta imponente.
—Me llamo José Carlos Fonseca, un placer —estrecho la mano con cortesía —. Estoy aquí para ver a...
Maldición, ¡no sé su verdadero nombre!
—¿Acaso buscas a mi hermana? —cuestiona.
—Oh, s-sí —respondo con nerviosismo, rogando que estemos hablando de la misma persona.
—¿Eres otro compañero de la universidad? —levanta la ceja.
El corazón se me encoge de repente, más que una pregunta lo sentí más como una insinuación. ¿A cuántas personas ha traído con esa excusa?
—Oye —suelta, haciéndome espabilar.
—Ah, no, bueno... soy un amigo —sostengo.
—Mi hermana no tiene amigos —dice con expresión perpleja, a lo que empiezo a sentirme nervioso.
De pronto, observo la camiseta que lleva puesta mientras suelto un suspiro de resignación. En el centro, se puede apreciar el diseño de un grupo musical bastante conocido.
—Imagine dragons... —susurro entre dientes.
—¿Eres un fan? —pregunta emocionado.
—En realidad...
—¡Me agradan las personas con gustos buenos! —exclama sin dejarme terminar—. No te quedes ahí parado, adelante.
Su actitud cambió por completo, de un hombre imponente se transformó en un niño.
—¡Sebastián! ¿Qué demonios haces con mi invitado? —expresa Somali luego de ver a su hermano estirándome del brazo.
—No es tu invitado, es mi amigo —suelta, lo que me lleva a mirarlo extrañado—. Le gusta Imagine dragons igual que a mí.
—¿Tienes cinco años? —cuestiona, refiriéndose a su comportamiento infantil —. Además, estás equivocado, a este chico sólo le gustan las canciones antiguas de los '50, '80 y esas cosas—acota.
—¿De verdad? ¿Significa que conoces Alphaville? ¿Elvis Presley? ¿Bon Jovi? ¿Scorpions? —expresa con las cejas levantadas.
Inmediatamente dejo de tener dieciocho años para regresar a los diez.
Este tipo tiene cultura, no me importaría convertirme en su amigo.
—¡Socio! —digo, dándole palmadas en el hombro con entusiasmo.
—¡Suficiente! —exclama Somali, me toma del brazo y me estira hacia la puerta —. ¡Debemos irnos!
Salimos de la casa y nos acercamos al coche, se cruza de brazos y da toques al piso con el pie, luciendo un poco molesta.
—¿Viniste a verme o a hablar de canciones viejas con mi hermano menor? —cuestiona con el ceño fruncido.
—Lo siento, Somali —expreso—. No siempre encuentro a personas con los mismos gustos, así que me dejé llevar.
—Tengo altas expectativas de este día. No me decepciones —alega.
Entra al auto sin esperar a que le abra la puerta. Subo después de ella y arranco para empezar nuestra segunda cita.
Tras conducir por largos minutos, finalmente llegamos a nuestro destino. Salgo del auto, abro la puerta de lado de Somali y la sostengo de la mano para ayudarla a bajar.
Nos encontramos en la entrada de una inmensa playa. Las comisuras de sus labios se extienden de oreja a oreja, se saca los zapatos y comienza a correr sintiendo la calidez de la arena blanca.
—¡Está increíble! Pero no tengo traje de baño aquí —realiza un puchero con los labios.
—¿Crees que te hubiera traído aquí sin prepararme en absoluto? —cuestiono, enseñándole el traje de baño que compré para ella.
Se abalanza sobre mí y me da varios besos en todo el rostro. Toma el traje de baño y va rápidamente a cambiarse.
Al cabo de unos minutos regresa muy entusiasmada. Alcanza mi mano y me estira hacia ella.
—Te ves bien —suelta.
—Tú eres la que se ve fantástica —expreso—. Yo solo llevo puesto un aburrido short.
—Estoy interesada en lo que hay por debajo de ese short —agrega en tono coqueto, acercándose a mi boca.
—Ah, ¿en serio? —le sigo el juego, rozando mis labios con los suyos.
Con las manos enlazadas caminamos sobre el muelle. Mientras se deleita con la belleza del lugar, yo me deleito con la suya. Verla sonreír de esta manera y que la persona que lo haya logrado sea yo, me llena de plenitud.
Conversamos sobre temas triviales observando el hermoso panorama del mar y la arena y el sol tan radiante pero no más que ella. De pronto, se aleja corriendo insinuándome que la siga. La veo arrojarse al agua en lo que voy tras ella, jugamos bajo la frescura de las pequeñas olas, reímos a carcajadas y disfrutamos de nuestra compañía.
Me toma de la mano y me estira, llevándome hacia áreas más profundas y alejadas de la gente. Coloca sus brazos alrededor de mi cuello y se acerca a mi oído.
—Joseca, hagámoslo aquí —susurra.
La miro con recelo.
—Este lugar está repleto de personas, Soma —añado.
—No se darán cuenta de nada, están muy lejos y nos encontramos bajo el agua —sostiene.
—De todos modos es muy arriesgado.
—Joseca... —dice en tono suave pero excitante, rodea mis caderas con sus piernas y me presiona junto a ella mientras se mueve lentamente—. Quiero hacerlo —susurra, pegando sus labios a los míos.
Intenta provocarme y definitivamente estoy a un paso de ceder, pues soy débil ante ella.
—Como tú quieras —digo entre dientes, aproximándome a su cuello para morderlo con suavidad.
En el momento en el que estoy en lo más profundo de su ser, me invade un fuerte deseo de apretarla y moverme con rapidez.
—No, Joseca. Debes disimular —establece en voz baja.
Mi respiración se agita, siento que el corazón atravesará mi pecho y saldrá de la caja torácica para luego explotar, destruyendo todo a su paso.
—Joseca, cálmate... —añade mientras mueve sus caderas.
Definitivamente está jugando conmigo.
Tomo sus nalgas con fuerza y acelero el movimiento, obligándola a soltar unos gemidos.
—Oye, oye —posa sus manos sobre mi torso y traga saliva— eres demasiado obvio —susurra.
Es tarde, ya no puedo detenerme.
Entro y salgo de ella una y otra vez con ímpetu, su piel está tan ardiente que ni toda el agua es capaz de apagar esas llamas, su rostro se vuelve colorado y no puede contener sus expresiones de placer.
Esa cara, esa que hace al entregarse a mí, esa es la que más adoro.
—La gente... nos ve... —dice con esfuerzo.
—Ya no me importa —expongo.
Necesito sacarla de aquí, deshacerme de todo el molesto traje de baño y besar cada centímetro de su cuerpo. Con solo imaginarlo me estremezco.
—Espera, mi amor...
No estoy seguro si fue por su tono de voz tan sensual o el significado de sus palabras, el motivo de mi inevitable y triste desenlace.
—Lo siento, no pude aguantarlo más... —expreso—. Estoy avergonzado...
Se echa a reír y me da un fuerte abrazo.
—No tienes que disculparte por eso, te provoqué a propósito. No podemos hacer esto por largo tiempo aquí —explica—. Saldré primero y luego lo haces tú para no ser demasiado obvios —plantea.
Se levanta y se dirige hacia la arena blanca cuidadosamente. La veo ubicarse bajo una de las sombrillas hechas de paja, insertadas sólidamente en la tierra. Coloca una manta y se recuesta sobre ella, mientras que yo necesito unos minutos más para reponerme de lo que acabábamos de hacer.
Salgo del agua y camino hasta donde se encuentra, notando que se había quedado dormida. Me tiendo a su lado cautelosamente para no despertarla y me dispongo a observarla.
Tiene la piel bastante blanca. Sigo sus curvas con la mirada notando que es realmente delgada, y como se encuentra acostada, se pueden notar fácilmente sus costillas que sobresalen. Sus muslos son firmes y exuberantes.
Luego de unos minutos, me percato de algunas miradas hacia nosotros; más bien, hacia ella. Soy consciente de que su belleza es abrumadora, pero de todas formas, me enfada. Tomo una toalla y se la coloco encima, así no tendrán nada más que ver por aquí.
Yo, más que nadie, sé perfectamente que ésta mujer podría atraer a todo tipo de hombres y, con una sola palabra y una sonrisa, podría cautivarlos. Por lo tanto, ¿porqué estuvo tan empeñada a que saliera con ella? Soy un chico totalmente normal que apenas está empezando la universidad, no tengo nada en especial ni destaco en ningún ámbito. En cualquier momento, podría encontrarse con alguien con mejor status y que será capaz de ofrecerle todo lo que su belleza merece.
De solo pensarlo, de tan solo imaginarla en brazos de otro, me agobia.
Llevamos muy poco tiempo saliendo, pero ya estoy decidido a no dejarla ir. Sería un estúpido si lo hiciera.
Desde la primera vez que la besé y toqué su cuerpo quedé hipnotizado y desde ese momento supe que era un peligro para mí. Lo sabía y aún así, quise y quiero arriesgarme.
—Umm —suelta un quejido repentino mientras frunce el ceño, lo cual me hace aterrizar.
¿Qué le pasa? ¿Tendrá una pesadilla?
La observo con atención cuando de pronto se incorpora de un golpe.
—¿De dónde demonios salió esta toalla? Me estaba muriendo de calor —refunfuña.
—Em... te la puse yo, lo siento —me rasco la cabeza muy avergonzado.
—¿Estabas tratando de matarme? —se queja y se levanta del suelo, echando humos por la nariz. Ingresa al agua y comienza a nadar.
La cubrí con la toalla sin pensarlo, solo me interesaba que dejaran de mirarla, mis celos fueron más fuerte que mi sentido común.
Somali vuelve del mar y toma la toalla para secarse, luego se sienta a mi costado sin decir una palabra.
—¿Estás enfadada? —pregunto.
—Ya no, el agua es un tranquilizante natural. Tienes suerte —suelta.
—Lo siento, no lo hice con mala intención —asevero.
—Te perdonaré con una condición —alega—. Quedémonos aquí toda la noche.