La octava maravilla.

1859 Words
Estoy de pie frente al espejo observando una y otra vez lo que traigo puesto. Miro el reloj, marca las siete con cuarenta minutos. Advirtió sobre su puntualidad, por lo tanto, ya estoy listo desde temprano. Debí insistir en pasar a recogerla. Comienzo a caminar en círculos cuando de pronto suena el timbre de la casa y voy rápidamente para recibirla, abro la puerta y la veo increíblemente radiante. Ella me mira, sonríe y saluda moviendo las manos. Me aproximo bastante nervioso, como si fuera la primera vez que tendré una cita. —Te ves bien —suelta. Pues ella está espléndida. —Gracias, tú estás hermosa —devuelvo el halago. Baja la mirada con una sonrisa tímida mientras coloca un mechón de pelo detrás de su oreja. —¿Nos vamos? —dice, apuntando con la cabeza a un coche estacionado frente a la casa. Asiento y sigo sus pasos hasta llegar a él, abro la puerta del piloto en lo que ella sube y luego me acomodo a su lado. Arranca y nos ponemos en marcha. Nos mantenemos en silencio durante unos minutos, me gustaría fijar los ojos en ella y deleitarme con su belleza, pero estoy observando las calles a través de la ventana. Soy superado por su presencia y su aroma me alcanza con el viento, el cual me extasia, sin embargo, el hecho de pensar que está conduciendo el coche luego de ir recogerme me hace sentir un poco incómodo. —¿En qué piensas? —pregunta. —Insisto en que debí pasar por ti —sostengo. —¿Porqué eres tan obstinado? —No se trata de eso, es solo que me siento un poco incómodo luego de dejar que fueras a recogerme de mi casa y ahora estás conduciendo el auto —argumento. —No seas anticuado. ¿Qué tiene de malo lo que estamos haciendo? No lo pienses demasiado y disfruta el momento —manifiesta. Suelto un suspiro de resignación y guardo silencio de nuevo. —Puedes elegir alguna música en la radio, la que sea que te guste —sugiere. Presiono el botón de la radio y comienzo a cambiar de emisora hasta seleccionar una canción de mi agrado. Su nombre es "Take my breath away" de Berlin. Somali gira la cabeza hacia mi dirección y me mira extrañada. —¿Acaso vienes de otro siglo? —suelta. —Dijiste que podía escuchar lo que quisiera —sonrío. —No pensé que ese tipo de música fuera tu estilo, ¿eres un anciano con cirugías plásticas o algo así? Suelto una risa. —No sabía que eras tan despectiva —expreso. —No lo soy, pero démosle una oportunidad —añade. Varios minutos después, ingresamos a un espacio poblado de coches con cierto distanciamiento entre ellos. Estacionamos más o menos en el centro y nos mantenemos dentro del vehículo. —¿Qué es este lugar? —pregunto. Una gran pantalla se enciende por delante de nosotros, indicando que una película iniciará a continuación. —Es un autocinema —responde—. ¿Nunca has ido a uno? —En realidad no —expongo. —Wow, ¡qué privilegio! —exclama—. Ten, mira esto —me entrega un folleto acerca del lugar con su información detallada y la película que se transmitirá. Luego de un rato, la película comienza. Al principio me costó trabajo concentrarme en el filme debido a que todos mis sentidos se encontraban al tanto de sus reacciones y movimientos, sin embargo, la trama llamó tanto mi atención que terminé contemplando la pantalla ignorando mi alrededor. De repente, la siento recostarse sobre mi hombro y rodear mi brazo, lo cual me trae de vuelta a la tierra. —¿No estás incómoda? —pregunto. —Estoy bien —asevera. No puedo seguir concentrado. Mi respiración se vuelve pesada y comienzo a sudar, intento disimularlo pero es en vano. —¿Sucede algo? —dice, deslizando su dedo por encima de mi camiseta en la zona del torso, luego sube hasta el cuello y llega a la oreja, en donde se aproxima para situar un suave beso. Dirijo la mirada hacia su dirección y me mantengo observándola fijamente mientras me invade un deseo por hacerla mía. Segundos después, me encuentro besándola con fuerza. No puedo recordar el momento exacto en que lo decidí, simplemente ya lo estaba haciendo. Me estira hacia ella mientras presiona mis labios contra los suyos. Siento sus manos introducirse por debajo de mi camiseta, me acaricia la espalda entre tanto intento subir sobre ella, pero rápidamente coloca sus manos sobre mi pecho para detenerme. —¡Espera! —¿Qué sucede? —pregunto extasiado. —Seguimos en el autocinema —expone. Maldición, lo olvidé por completo. Regreso a mi asiento y me acomodo el alborotado pelo mientras mi respiración se tranquiliza. —Tienes razón, lo siento —agrego. Se inclina levemente hacia mí para susurrar. —Podemos ir a otro sitio —dice mientras me acaricia la oreja. —¿No terminaremos la película? —¿Qué importa la película? —besa mi mejilla para luego arrancar. Salimos del autocinema y nos alejamos del centro de la ciudad, llegando a una zona poco poblada. Estacionamos en un área oscura pero siendo iluminados por la luz de la luna, rodeados de pastos y un gran árbol en medio. Sale del coche y me invita a bajar. Al hacerlo, la veo abrir la puerta de atrás mientras que con el dedo índice me insta a seguirla. Rodeo el coche hasta llegar a ella, la veo recostada a lo largo del asiento con las piernas ligeramente abiertas, intentando provocarme. Se forma una sonrisa torcida en mis labios y me arrimo suavemente sobre ella, alcanzando su boca. Nos besamos apasionadamente, sus piernas me presionan a ella y sus manos recorren mi espalda, me despoja de la camiseta y hunde sus uñas en mi piel. Paseo sobre su cuello con mis labios, llegando a sus clavículas, estiro su blusa hacia abajo dejando sus senos al descubierto, los cuales acaricio con la lengua. Al darse cuenta de que la blusa es un estorbo se la quita rápidamente, en lo que logro disfrutar mejor del panorama. Sus senos son tan suaves y firmes que me gustaría vivir en ellos. Sus costillas sobresalen ligeramente mientras que su abdomen se hunde. Mediante besos saboreo su piel, la cual es exquisita. Bajo cada vez más hasta llegar a la clemayera de sus jeans, la abro y me deshago de ellos. Beso la parte interna de sus muslos y luego recorro el borde de su ropa interior con la nariz, me asomo al centro y paso la lengua por encima de la braga. Aquello le produce tanto placer que arquea la espalda, coloca sus manos sobre mi cabeza y me toma del pelo, soltando unos leves gemidos. Alcanzo su seno con la mano mientras continuo complaciéndola, notando que por debajo se va humedeciendo. Hago a un lado la braga estirando de ella hacia un costado para masajear su punto más sensible con los labios, lo que hace que sus gemidos sean más intensos, mueve sus caderas y rodea mi cabeza con sus piernas. Después de varios minutos, me jala hacia arriba y me besa con frenesí. —No lo soporto más, hazlo de una vez —impone con la respiración agitada mientras baja mi clemayera para despojarme de los pantalones. Sus manos se posan sobre mis nalgas mientras la embisto. Sus expresiones de placer me encienden aún más, llevándome al extremo de no poder contenerme. Luego de aquella espectacular escena, entendí que admirarla mientras la hago mía lo podría considerar como la octava maravilla del mundo. Tendidos en el asiento, apretados y desnudos, sin nadie más a nuestro alrededor, observamos el cielo estrellado a través de la puerta que se encuentra abierta. —¿No crees que ya es tiempo de que me digas tu verdadero nombre? —pregunto. Coloca la barbilla por encima de mi torso y me mira con ternura. —Quiero que sigas llamándome Somali —expresa—. Me gusta ese nombre. Además, lo usarás exclusivamente tú —me besa con dulzura. —Como quieras —respondo en susurros y beso su mano, a lo que ella sonríe. —Me gustaría quedarme contigo, pero ya debemos volver —suelta, haciendo pucheros. —Haré lo que me digas, eres la dueña de esta noche —agrego, acariciando su mejilla. Fue difícil volver a ponernos la ropa pues no dejábamos de besarnos o intentar sacarnosla de nuevo. Finalmente, nos ponemos en marcha. Tras llegar a mi casa debíamos despedirnos, sin embargo, me quedo en silencio por un momento, separando los labios con la intención de decir algo, pero no me atrevo. —¿Qué pasa? —cuestiona al darse cuenta. Inhalo y exhalo aire, llenándome de valor. —Quiero verte de nuevo mañana —expreso. Se la ve sorprendida, como si no lo esperase para nada. —¿Estás seguro? —agrega. —Por supuesto. En realidad, si fuera por mí, me gustaría verte pasado mañana y el día siguiente a ese, toda la semana y todo el mes, sin saltarme un solo día —sostengo. Las comisuras de sus labios se extienden resaltando sus pronunciados pómulos que se han enrojecido. —Eres todo un galán —dice en tono coqueto, se aproxima y rodea mi cintura con los brazos—. Si es lo que deseas, con todo gusto —me da un beso en los labios. —Pero esta vez iré yo a recogerte —aclaro. Se queda observándome durante unos segundos y luego me da una respuesta. —Está bien —asiente —. Sin embargo, me buscarás de la casa de mis padres —aclara. —¿Volviste a mudarte? —pregunto curioso. —No, no es eso. En ocasiones paso la noche con ellos para que no me extrañen demasiado —expone, sonriendo de nuevo. —Me parece bien. Entonces, dame tu número de celular para mantenernos en contacto —sugiero. —N-No —dice rápidamente. —¿Porqué no? —pregunto perplejo. —Porque... —piensa por unos segundos—. Q-Quiero intentar algo. —¿Algo como qué? —traigo la expresión confusa. —Me recogerás de la casa de mis padres, me llevarás al lugar que tú quieras pero nada de llamadas y mensajes. Veremos si funciona —explica, con una mirada juguetona. —¿No sabré nada de ti hasta mañana? —la idea me desagrada. —No supiste nada de mí desde que te invité a una cita —sostiene—. Además, mientras menos sepas, más ganas tendrás de verme —rodea mi cuello con sus brazos y me besa en los labios. Sellaba sus frases con un beso para que no tuviera la fuerza para negarme. —Está bien, como prefieras —continúo besándola mientras la sostengo de la cintura. Le entrego mi celular y anota la dirección de sus padres en el bloc de notas. —Te espero a las nueve de la mañana. Sé puntual, ya lo sabes —advierte. Se despide con más besos para luego marcharse.
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