Llegué super cansada luego de una agotadora jornada de trabajo, recuerdo perfectamente haber saludado a mi esposo con un beso corto en los labios.
—¿Cómo está Santiago? —le pregunté por nuestro querido hijo mientras colgaba mi abrigo en el perchero —¿Ya se durmió?
—Sí, amor —me aseguró él, cruzado de brazos al pié de la escalera—. Yo te estaba esperando para hacer lo mismo —confesó para acto seguido, soltar un bostezo que me fue contagiado.
—Bien, vamos —le contesté con una sonrisa, entrelazando mi mano con la suya para luego encerrarnos en la habitación.
—¿Existe alguna posibilidad de que no trabajes hasta estas horas? Me angustia la idea de que transites por el pueblo tan tarde.
—Ay, amor —lo miré con un ligero pesar—. Sabes que, mientras no esté prohibido, tendré que seguir trabajando de esta manera. Además, las horas extras nos traen buenos ingresos —le recordé, comenzando a quitarme el uniforme para reemplazarlo por un pijama.
—No está prohibido, pero dicen las malas lenguas que recoges malas vibras al andar por ahí tan de noche —insistió mi esposo, acomodándose sobre el colchón—. Y a esta hora, el agua siempre está helada como para que te duches e intentes así, despojarte de las malezas que arrastra tu sombra por el camino.
Volví a insistirle en que lo hacía por el bien de ambos y de nuestro hijo otro par de veces, luego me acurruqué a su lado, lista para tomar una mediana siesta. No obstante, la voz de Santiago, mi hijo, hizo que desistiera momentáneamente de la idea de apagar la lámpara.
Quité la sábana de mi cuerpo y salí de mi habitación para acudir a su llamado. Quizás quería un vaso de agua, o había tenido una pesadilla, como es de costumbre cuando su padre le cuenta pequeños relatos espeluznantes para niños.
Ya reprendería a mi esposo por estar asustando al niño en mi ausencia.
—¡Mami! —se oía espantado, su timbre de voz estaba casi entrecortado, no me fue difícil adivinar que estaba a punto de llorar.
Al abrir la puerta de su cuarto y accionar el interruptor de la luz, pude observar su semblante espantado. Mi corazón cayó a mis piés al ver a mi niño con lágrimas en sus mejillas y su barbilla temblando de pavor.
—M-mami, ha-hay una cosa fea e-en mi arm-mario —sus tartamudeos hicieron que me sentara a la orilla de su cama para dar leves caricias a sus piernas, asegurándole que todo estaba bien.
—Es por esos cuentos raros que te lee papá, ¿verdad? —inquirí, negando con desapruebo a la vez—. Sabes que no hay nada allí, son solo fantasías de miedo que te dejan esos relatos, cobran una especie de vida en tus sueños al ser el último tema de conversación que tuviste antes de dormir —bostecé, llevándome un puño a la boca mientras arrugaba los ojos y mis fosas nasales se agrandaban—. ¿Quieres que te cante una canción de cuna?
Mi consentido asintió lentamente, sorbiendo por la naríz.
Comencé a tararear la canción de "Estrellita, ¿dónde estas?" a mi pequeño de seis años. Me mecía de adelante hacia atrás a medida que intentaba tranquilizar a Santi con la voz más armoniosa que logré reunir.
Me recosté a su lado y rodeé su pequeño cuerpo con uno de mis brazos, a ver si así se rendía por completo y se entregaba al mundo de los sueños bonitos y el descanso temporal. Sin darme cuenta, me quedé dormida yo también, vaya que sí estaba muy exhausta.
Fue la voz de mi hijo la que me hizo despertar nuevamente. Poniendo una mueca, parpadeé un par de veces antes de poder espabilar por completo, no habrían pasado ni cuarenta minutos desde que caí rendida tontamente sobre la pequeña cama.
—Ma-mami, tengo mucho miedo —Santi se sacudía el brazo con desesperación, al borde de las lágrimas—. Hay algo en mi armario.
Cansada de tener que repetir la misma rutina de algunas noches atrás, me levanté del colchón a pasos perezosos y abrí el armario para demostrarle a Santiago que no tenía por qué tener miedo, que el supuesto monstruo era producto de su imaginación y los cuentos crueles de su padre. Pero quedé estática al intentar demostrarle lo que quería. De pronto, mi cansancio extremo se disipó en el aire y fue reemplazado por una nueva sensación que se implantó en mi pecho e hizo latir mi corazón hasta el punto de amenazar con salir disparado de mi pecho.
Al abrir las puertas del armario de par en par, sentí unos pequeños brazos aferrarse a mis piernas con una necesidad indescriptible. Al mirar hacia abajo, mis ojos se abrieron al límite, puedo jurar que sentí estar sofocada de un momento a otro, presa del pánico.
¿Por qué? Sencillo e inexplicable, fui muy testaruda al ignorar las palabras de mi esposo. Había traído las malas vibras de Coldrick a mi casa y ahora me estaban pegando el mayor susto de mi vida como consecuencia.
—Ma-mami, ha-hay algo raro en m-mi cama —balbuceó el pequeño aferrado a mis piernas mientras yo imploraba piedad a la tétrica jugada que me estaba lanzando el destino.
En ese momento, consideré muy seriamente la idea de cambiar a un trabajo donde saliese más temprano para regresar pura —dentro de lo que cabe— a mi casa, y para no volver a espantar a mi hijo por culpa de mi irresponsabilidad.